Responder desde la propia
orfandad
El
cierre del conversatorio sobre Miguel Ragone en el Colegio Betancur y la
metodología de la memoria activa en formato de pregunta abierta
Contenidos:
Introducción: el cierre como dispositivo distinto
La pregunta de Santiago: la transparencia como virtud entrenable
La pregunta de Gonzalo: el peso del apellido y la renuncia a la
cooptación
La pregunta de la alumna de quinto año: la fragmentación de la memoria
familiar
La pregunta de Sebastián: el "no matarás" y la fe
democrática
La reflexión de cierre: de víctima a sujeto activo de la historia
Conclusión: qué aporta el formato de pregunta abierta al campo de la
memoria
El conversatorio
"Recuperar la vida y la obra del Dr. Miguel Ragone", desarrollado en
el salón de usos múltiples del Colegio Betancur, no termina cuando los
panelistas concluyen sus exposiciones. Termina, en realidad, veinte minutos
después, cuando el profesor Juan José cede la palabra a los propios estudiantes
y estos formulan a Fernando Pequeño Ragone las preguntas que habían estado
guardando durante toda la jornada. Ese tramo final —asambleario, directo, sin
guion previo— constituye un dispositivo pedagógico distinto al que se observó
en el recorrido por los stands o en las exposiciones iniciales del panel: ya no
es Fernando quien elige la pregunta para orientar la conversación hacia la
memoria activa, sino los estudiantes quienes deciden, con total libertad, qué
quieren saber de él.
Cinco
intervenciones estructuran este cierre. Santiago, de tercer año, pregunta cómo
le gustaría a Fernando que la nueva generación recuerde a su abuelo. Gonzalo,
de quinto año, pregunta qué significa llevar el apellido Ragone. Una alumna de
quinto año pregunta cómo se vive la memoria de Miguel Ragone puertas adentro de
la familia. Sebastián, un exalumno invitado, pregunta cuál es el mensaje para
los jóvenes desde la conmemoración del 24 de marzo. Y Thiago, con su inquietud
sobre qué motiva a Fernando a narrar la vida de su abuelo, provoca la reflexión
de cierre de toda la jornada. Este ensayo describe cada una de esas cinco
respuestas y, en su tramo final, evalúa qué aporta este formato de pregunta
abierta —y qué riesgos asume— como metodología específica de la memoria activa.
A la pregunta de
Santiago —cómo le gustaría que se recuerde a su abuelo— Fernando responde
reafirmando el eje que atravesó toda la jornada: el verdadero valor de Miguel
Ragone está en sus obras en vida, no en las circunstancias de su muerte, aunque
reconoce sin ocultarlo el impacto afectivo que esa muerte le produjo. Pero
agrega un matiz que no había aparecido con la misma nitidez en los stands: pide
que se lo recuerde, sobre todo, por la transparencia, y define esa
transparencia no como una cualidad moral innata sino como una disciplina que se
entrena, que exige valentía y que constituye la base misma de la vida
democrática.
Convertir la
transparencia en un valor entrenable, y no en un atributo heroico del pasado,
es una operación pedagógica precisa: traslada el homenaje desde la admiración
pasiva hacia una práctica que los propios estudiantes pueden ejercitar todos
los días. Elizabeth Jelin (2002) llama memoria ejemplar a este tipo de
construcción, que extrae del pasado una lección transferible al presente en
lugar de una identificación cerrada con una figura o un partido; en la misma
línea, situar la transparencia como virtud democrática y no partidaria permite
que la lección alcance a estudiantes de cualquier simpatía política, reforzando
el mismo movimiento de desvinculación de la grieta que Alejandro Grimson (2019)
describe como necesario para sostener consensos mínimos por encima de la
polarización.
Gonzalo pregunta
qué significa, en términos concretos, llevar el apellido Ragone. Fernando no
minimiza la carga: la describe como "un peso más o menos horrible"
que se aprende a gestionar con el tiempo. Y ofrece, a partir de ahí, el relato
más políticamente denso de todo el cierre: cuenta que en algún momento fue
invitado a trabajar en el gobierno, que esa experiencia le permitió entender
por dentro el funcionamiento del poder estatal, y que decidió retirarse de esa
estructura —"salvarme de la cooptación", en sus palabras— porque
entendió que solo desde la sociedad civil podía conservar la libertad de decir
la verdad con transparencia. Cierra la respuesta definiendo el sentido último
de honrar a su abuelo: trabajar por la emancipación, entendida como la acción
colectiva para que toda la comunidad pueda vivir mejor.
Este relato
retoma, ahora en primera persona y ante un auditorio de estudiantes, la misma
tesis de autonomía de la sociedad civil frente al Estado que Fernando había
planteado en la conversación itinerante sobre el "embronzamiento" de
las organizaciones tradicionales de derechos humanos. Guillermo O'Donnell
(1972) advirtió que los aparatos estatales latinoamericanos tienden, incluso en
democracia, a absorber a los actores críticos ofreciéndoles funciones dentro de
su propia estructura, neutralizando así su capacidad de cuestionamiento; la
respuesta de Fernando puede leerse como un testimonio directo de esa tensión y
como una decisión explícita de resistirla. El giro final hacia la
"emancipación" —una palabra que no aparece en el resto de la jornada
con esa fuerza— sitúa el homenaje familiar en un terreno colectivo y no
meramente personal, en sintonía con lo que Pilar Calveiro (2005) describe como
la reconstrucción de una subjetividad política activa después de la violencia
estatal: no una identidad definida por el daño sufrido, sino por el proyecto
que ese daño no logró impedir.
La pregunta más
íntima del cierre es también la más incómoda de responder: cómo se vive, dentro
de la propia familia, la memoria de Miguel Ragone. Fernando no ofrece una
respuesta armónica. Describe la convivencia familiar como "el lío",
un proceso conflictivo en el que pertenecer a la misma sangre no garantizó
nunca compartir los mismos valores. Explica que, tras la desaparición del
gobernador, sus hijos tomaron rumbos contrapuestos: algunas ramas de la familia
se volcaron a posiciones neoliberales orientadas a la acumulación económica,
mientras que la línea de su madre —hija mayor de Ragone— asumió la defensa
activa de sus ideales. Agrega que esa reivindicación pública tuvo un costo
social alto y que la familia atravesó largos períodos de miedo por el riesgo
represivo que implicaba, durante la dictadura, sostener públicamente ese
apellido.
Esta respuesta
es, de las cinco, la que mejor ilustra lo que Michael Pollak (2006) llama las
memorias subterráneas: versiones del pasado que circulan puertas adentro de una
familia, en tensión entre sí, y que rara vez encuentran un canal público para
expresarse sin editar. Que Fernando decida no ocultar esa fragmentación ante un
auditorio escolar —admitir que ni siquiera su propia familia comparte una
lectura única de Miguel Ragone— es una decisión metodológica en sí misma: le
muestra a los estudiantes que la memoria histórica no es un bloque homogéneo ni
siquiera para quienes la heredan de manera más directa, y que las divergencias
ideológicas dentro de una misma familia son también materia legítima de la
historia. Elizabeth Jelin (2002) coincide en que la transmisión
intergeneracional de la memoria nunca es lineal ni unánime, sino un proceso
activo, disputado y frecuentemente doloroso, incluso dentro del núcleo más
cercano al hecho traumático.
Sebastián, exalumno del colegio, pregunta cuál es el mensaje para los jóvenes en torno al 24 de marzo. Fernando responde evocando su propia formación secundaria en el Colegio Belgrano, donde el aprendizaje del mandamiento "no matarás" marcó, según relata, su formación ética. Define la participación en las marchas de esa fecha como un voto de fe democrática: un acto que renueva el compromiso con la no violencia en la política y reafirma la confianza en la democracia como método. Sostiene, con una frase que condensa el resto de su argumento, que la violencia desatada en 1976 no resolvió ningún problema social, y que por eso el límite infranqueable de cualquier discusión pública debe ser siempre la preservación de la vida.
Al formular el
mensaje en términos de un mandamiento ético universal y no de una consigna
partidaria, Fernando repite la misma estrategia de desvinculación de la grieta
que había desplegado frente a la pregunta de Santiago: convierte una fecha que
en la Argentina contemporánea suele leerse en clave de disputa política en un
piso ético mínimo, compartible más allá de las posiciones de cada estudiante.
Alejandro Grimson (2019) sostiene que la salida de la polarización no está en
negar las diferencias, sino en identificar consensos básicos que puedan
sostenerse por encima de ellas; la fórmula "no matarás" funciona, en
boca de Fernando, exactamente como ese tipo de consenso mínimo, capaz de
convocar a un auditorio escolar plural sin exigirle una adhesión ideológica
previa.
La pregunta de
Thiago sobre qué motiva a Fernando a narrar la vida de su abuelo abre la
reflexión que cierra todo el conversatorio. Fernando recuerda que, a los ocho
años, cuando secuestraron a Miguel Ragone, no pudo elegir enfrentar esa
tragedia: la tragedia lo eligió a él. Pero sostiene que su paso por la
Universidad Nacional de Salta le proporcionó los marcos teóricos necesarios
para decidir, ya de adulto, no posicionarse como víctima sino como sujeto
activo de la historia. Manifiesta orgullo por haber logrado, en sus palabras,
"salir de la zona del dolor" y del duelo paralizante, y por haber
canalizado esa energía hacia la creación de proyectos comunitarios desde la
sociedad civil.
Esta reflexión
final funciona como síntesis de todo el cierre y, en rigor, de toda la jornada:
la educación pública universitaria aparece nombrada explícitamente como la
herramienta que permitió transformar una experiencia de victimización en una
posición de agencia política. Pilar Calveiro (2005) describe precisamente ese
tránsito —de la posición de víctima pasiva a la de sujeto político activo— como
la tarea central de la reelaboración subjetiva de la violencia estatal, y
advierte que esa reelaboración rara vez es espontánea: requiere mediaciones
institucionales, en este caso la universidad pública, que ofrezcan un marco
conceptual capaz de nombrar la experiencia de otro modo. Que Fernando cierre el
conversatorio con ese testimonio, y no con una conclusión abstracta sobre la
memoria en general, confirma que la metodología que atravesó toda la jornada
—anclar cada idea en una experiencia personal concreta— se sostiene hasta el
último minuto.
El cierre del
conversatorio permite valorar una dimensión de la metodología de Fernando
Pequeño Ragone que el recorrido por los stands no había puesto tan claramente
en evidencia: su disposición a responder, sin editar de antemano el contenido,
a lo que los propios estudiantes deciden preguntarle. Elizabeth Jelin (2002)
insiste en que la memoria solo se sostiene en el tiempo si cada generación
puede interrogarla con sus propias preguntas y no limitarse a recibir un relato
ya cerrado; el formato asambleario del cierre —sin guion previo, con preguntas
que van desde lo más íntimo hasta lo más ético-político— es, en ese sentido,
una aplicación consecuente de ese principio, y quizás la evidencia más clara de
toda la jornada de que la memoria activa no es un contenido que se transmite,
sino un ejercicio que se practica en el propio intercambio.
El aporte
específico de este cierre al campo de los estudios sobre memoria es haber
mostrado que la transparencia como método pedagógico puede extenderse hasta
zonas que muchos adultos preferirían resguardar: el conflicto familiar, la
tentación de la cooptación estatal, el propio duelo no resuelto durante años.
Beatriz Sarlo (1994) advertiría, con razón, que apoyar la transmisión de la
memoria casi exclusivamente en el testimonio personal conlleva el riesgo de que
la empatía narrativa reemplace al análisis histórico; pero en este cierre,
igual que en los ejes ya identificados en el resto de la jornada, ese riesgo se
ve matizado porque cada testimonio de Fernando remite a una decisión
institucional verificable —la universidad pública, la renuncia a un cargo de
gobierno, la participación sistemática en las marchas del 24 de marzo— y no
queda flotando como anécdota emotiva aislada. Con ese matiz, el cierre del
conversatorio merece leerse como una pieza metodológica valiosa y transferible:
la prueba de que la memoria activa se completa no cuando el adulto termina de
hablar, sino cuando acepta, sin resguardos, responder lo que los jóvenes
realmente quieren saber.
- Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Grupo Editorial Norma.
- Grimson, A. (2019). ¿Qué es la grieta? Ilusiones y realidades de la polarización argentina. Siglo Veintiuno Editores.
- Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores.
- O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Editorial Paidós.
- Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
- Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Editorial Ariel.
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