lunes, 18 de mayo de 2026

La memoria que no quiso nombrarse

 

La memoria que no quiso nombrarse

Un ensayo sobre la despolitización de la memoria histórica en el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio

 


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

 

 

 

Contenidos:

 

Introducción: el contexto de una exigencia

La lógica de la neutralidad: entre la pedagogía y el balance financiero

La contradicción estructural: enseñar a un militante sin la militancia

El contexto nacional: negacionismo y la funcionalidad defensiva de la neutralidad

El riesgo de la despolitización: memoria ceremonial y vacía

Conclusión: posibles salidas al problema de la despolitización

Referencias

 

Llegué al Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio invitado a acompañar una muestra escolar sobre la vida de mi abuelo, Miguel Ragone, en el marco del mandato ministerial que impulsa en las escuelas salteñas actividades de Memoria, Verdad y Justicia. La actividad se concretó más tarde en el año que el tradicional 24 de marzo, pero conservó su sentido: seis grupos de estudiantes habían investigado, durante meses, distintos aspectos de la vida de mi abuelo, y yo iba a recorrer sus stands y a participar, después, de un conversatorio en el salón de usos múltiples. No esperaba que, en el trayecto entre uno y otro momento, una conversación con Gloria Abraham, representante legal de la institución, me obligara a pensar un problema que excedía largamente esa mañana escolar: el de una memoria histórica a la que se le exige, como condición de entrada al aula, despojarse de la política que la produjo.

Gloria Abraham me explicó, con una claridad que le agradezco porque no ocultó nada, los términos en los que el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio autorizaba la muestra sobre mi abuelo. Podía hablarse de Ragone, dijo, siempre que esa historia trascendiera "la significación política o partidaria" y no se redujera a relatar "luchas o violencia política"; la función de la escuela era permitir que los estudiantes "fueran creando criterio" propio, y hasta bromeó, con cierta socarronería, sobre la idea de que enseñar la historia de mi abuelo pudiera terminar convirtiendo a todo el curso en peronista. En ese momento me pareció un comentario menor. Con el correr de la tarde entendí que era, en realidad, la clave de todo lo que estaba en juego. Lo que sigue es mi intento de pensar, con la ayuda de la teoría argentina sobre memoria y justicia transicional que la Asociación viene trabajando en otras actividades, por qué esa exigencia de neutralidad me pareció, a la vez, comprensible y profundamente problemática, y qué salidas encontré para pensar el problema sin resignar ni la escuela ni la memoria.

Gloria Abraham no defendió su posición solo en términos pedagógicos. Me explicó que el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio integraba la red de dieciséis instituciones del Arzobispado de Salta y funcionaba como "colegio conveniado al cien por ciento": el Estado provincial financiaba en su totalidad los sueldos del personal docente, mientras que la infraestructura, el mantenimiento, la luz, el gas y los salarios de los cinco ordenanzas de maestranza se sostenían exclusivamente con la cuota estudiantil, que ella describió como "cuota cero" para las familias en términos de gasto adicional. Me contó también que la institución había nacido en 1965 de la mano de la monja Blanca Conde y los salesianos, y que la apertura hacia figuras como mi abuelo o como el recordado Padre Marteareana se sostenía en la tradición social de la Iglesia: una justicia social entendida como valor humanitario y asistencial, despojada de cualquier referencia al conflicto de clases o a la militancia revolucionaria de la que mi abuelo formó parte.

Entendí, escuchándola, que su exigencia de neutralidad no era un capricho doctrinario sino una estrategia racional de supervivencia institucional. Un colegio que depende en un cien por ciento del financiamiento estatal para pagar a sus docentes no puede exponerse livianamente a una acusación de adoctrinamiento ideológico, menos aún en un momento político nacional en el que el propio discurso oficial venía calificando a la agenda de derechos humanos de "curro" o de "adoctrinamiento", estigmatizándola en lugar de sostenerla. Guillermo O'Donnell (1972) describió cómo las instituciones, bajo presión de un poder político que desconfía de ellas, tienden a adoptar posturas defensivas que privilegian su propia continuidad burocrática por sobre cualquier otro objetivo; lo que vi en el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, guardando todas las proporciones, fue una versión escolar de esa misma lógica: la neutralidad como escudo antes que como convicción.

Pero por más que comprendí las razones de Gloria Abraham, no pude dejar de señalarle, ahí mismo, la contradicción que su posición encerraba. Mi abuelo no fue un humanista abstracto que la historia decidió perseguir por azar: fue gobernador electo en 1973 encabezando la Lista Verde del Partido Justicialista, y su secuestro y desaparición estuvieron determinados, de manera directa, por la lucha política, partidaria e ideológica de aquellos años. Pedir que su figura "trascienda la política partidaria" no es un gesto de prudencia pedagógica: es exigir que se enseñe la consecuencia sin la causa. Elizabeth Jelin (2002) sostiene que la memoria histórica es, por definición, un terreno de disputa política, y que toda pretensión de una memoria neutral es, en rigor, una posición más dentro de esa disputa, no una posición por fuera de ella; el pedido de Gloria Abraham, entonces, no despolitizaba la memoria de mi abuelo, sino que la politizaba de otra manera, silenciosa y menos visible: la convertía en el relato de un buen samaritano perseguido sin motivo claro.

Tampoco me pareció casual que el fantasma que Gloria Abraham quiso conjurar fuera el peronismo como bloque monolítico capaz de "convertir" a todo un curso. Alejandro Horowicz (1986) mostró hace tiempo que el peronismo nunca fue una identidad única, sino la superposición de al menos cuatro tradiciones internas, muchas veces enfrentadas entre sí; mi propio abuelo, dentro de ese universo, intentó sostener una posición diferenciada y crítica. Temer que contar su historia produjera automáticamente "peronistas" era, además de un error histórico, una simplificación que la propia complejidad del movimiento desmiente.

No pude, tampoco, dejar de pensar en el escenario político nacional en el que esta conversación tenía lugar. Hacia 2026, el discurso oficial del gobierno nacional venía impugnando de manera sistemática la agenda de Memoria, Verdad y Justicia, describiéndola en clave de negocio o de manipulación ideológica antes que como una política de Estado sostenida durante cuatro décadas. En ese clima, la insistencia de una escuela confesional, subsidiada en un cien por ciento por el Estado, en presentarse como "neutral" dejaba de ser solo una cautela pedagógica para convertirse en una respuesta defensiva frente a un riesgo real de auditorías, ataques mediáticos o pérdida de financiamiento. Marina Franco (2012) documentó cómo, en la Argentina previa al golpe de 1976, la erosión discursiva del lenguaje de derechos —su desvalorización progresiva en el debate público— funcionó como condición de posibilidad de la violencia estatal posterior; sin querer establecer una equivalencia entre ambos momentos, que son de una gravedad completamente distinta, sí me pareció necesario señalar la analogía estructural: cuando el propio Estado desacredita el lenguaje de los derechos humanos, las instituciones que dependen de ese Estado aprenden, silenciosamente, a callar.

Vale la pena recordar, en este punto, que ya en tiempos de mi abuelo hubo familias y sindicatos que quemaron documentación propia por miedo a la represión estatal, según me contó el propio historiador Daniel Escotorín durante esta misma jornada. La neutralidad de una escuela en 2026 no es, desde luego, comparable en intensidad al miedo de esas familias en 1976: nadie corre hoy riesgo de vida por enseñar la historia de Ragone. Pero el mecanismo —el silencio como estrategia de protección frente a un poder que se percibe hostil— es el mismo, y me pareció importante nombrarlo con esa honestidad, sin exagerar la comparación pero sin minimizarla tampoco.

Lo que más me preocupó, escuchando a Gloria Abraham, no fue tanto su posición institucional —que entendí y hasta respeté— sino el resultado que esa posición podía producir en los propios estudiantes. Una memoria despojada de su dimensión política corre el riesgo de volverse un objeto ceremonial: se recuerda a Ragone una vez al año, se lo nombra con adjetivos amables, pero no se explica por qué lo desaparecieron ni quién lo hizo ni con qué proyecto político disputaba el poder. Michael Pollak (2006) llamó a esto el encuadramiento oficial de la memoria: una versión domesticada, aceptable para todos, que pierde precisamente aquello que la volvía significativa. Beatriz Sarlo (1994) advirtió, por su parte, sobre el vaciamiento que produce una cultura dispuesta a consumir el pasado como anécdota sensible sin exigirle ningún compromiso analítico; una memoria neutral, en ese sentido, no es más profunda que una memoria trivial: es, apenas, una forma distinta de vaciarla.

No salí de esa conversación con la intención de exigirle al Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio que renunciara a su prudencia institucional, porque entendí que esa prudencia respondía a una amenaza real. Salí, en cambio, pensando en algunas salidas posibles, que quiero dejar planteadas aquí, no como recetas cerradas sino como puntos de partida para seguir discutiendo con la propia institución y con otras escuelas que atraviesan el mismo dilema.

La primera es conceptual, y me parece la más urgente: distinguir con claridad entre adoctrinamiento partidario y politización democrática. Adoctrinar es exigir una adhesión; politizar, en el sentido que le doy aquí, es simplemente restituir a los hechos históricos el contexto político real en el que ocurrieron, sin pedirle a nadie que milite en ningún partido por eso. Se puede enseñar que mi abuelo fue gobernador peronista, que su secuestro respondió a una disputa de poder concreta, y que existieron sectores de izquierda y de derecha dentro de su propio espacio político, sin que ese relato obligue a ningún estudiante a adherir a ninguna de esas posiciones. Esa distinción, si se explicita, le habría permitido a Gloria Abraham sostener su compromiso con el pluralismo sin necesidad de vaciar la historia de su contenido político.

La segunda salida es institucional y excede a esta escuela: hacen falta protocolos ministeriales claros que blinden a los establecimientos conveniados frente a acusaciones arbitrarias de adoctrinamiento cuando enseñan hechos documentados en el marco del mandato de Memoria, Verdad y Justicia. Si la propia normativa educativa estableciera con precisión qué distingue la enseñanza de la historia política de la militancia partidaria en el aula, escuelas como el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio no tendrían que resolver esa frontera con sus propios recursos discursivos, expuestas a cualquier viento político de turno.

La tercera es de alianza, y tiene que ver con mi propio rol y el de organizaciones como la Asociación Miguel Ragone. Si una escuela confesional siente que no puede cargar sola con el peso político de una figura como la de mi abuelo, quizás la salida sea que ese peso lo sostengan, en conjunto, organizaciones de la sociedad civil y las propias instituciones educativas, de modo que ninguna de las dos partes quede sola frente a una eventual represalia. Diana Maffía (2016) insiste en que las agendas de derechos humanos se fortalecen cuando logran tejer alianzas amplias en lugar de sostenerse en actores aislados; pienso que mi presencia en el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, más que una visita protocolar, puede pensarse como un ensayo de esa alianza: la escuela abre la puerta, la Asociación aporta el contenido político que la institución no puede asumir sola.

La cuarta salida, finalmente, excede la escuela y me compete a mí y a organizaciones como la mía: mientras el discurso público nacional siga deslegitimando la agenda de derechos humanos, ninguna solución puramente pedagógica va a alcanzar. Alejandro Grimson (2019) advierte que la salida de la polarización no está en fingir que no existe, sino en construir espacios de consenso mínimo sobre hechos verificables —Ragone fue elegido, fue gobernador, fue desaparecido por el Estado— que puedan sostenerse más allá de las posiciones partidarias de cada momento. Ese consenso mínimo no se construye en un colegio aislado: requiere que las organizaciones de derechos humanos, la universidad pública y el propio Estado, cuando lo permitan sus gobiernos, sostengan sin ambigüedad que enseñar esa historia con su política incluida no es adoctrinar, sino simplemente enseñar historia. Mientras esa disputa nacional no se resuelva, seguiré pensando que cada escuela que, como el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, decide abrir sus puertas aun bajo el resguardo de la neutralidad, está haciendo lo que puede con las herramientas que tiene, y que la tarea de organizaciones como la mía es, precisamente, ayudarlas a necesitar cada vez menos ese resguardo.

  1. Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y "subversión", 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.
  2. Grimson, A. (2019). ¿Qué es la grieta? Ilusiones y realidades de la polarización argentina. Siglo Veintiuno Editores.
  3. Horowicz, A. (1986). Los cuatro peronismos. Editorial Legasa.
  4. Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores.
  5. Maffía, D. (2016). Feminismos y epistemologías críticas: Debates para pensar la desigualdad. CLACSO.
  6. O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Editorial Paidós.
  7. Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
  8. Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Editorial Ariel.

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