martes, 10 de marzo de 2026

Mil Pasos por Ragone: Si hemos servido, volveremos

 


Por Fernando Pequeño Ragone,
Asistido con NotebookLM y Claude [i]
Salta, 10 de marzo de 2026

Contenidos

 Introducción:El mapa que caminamos

I.Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no puede ser estática

II.Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El espacio íntimo como archivo político

III.En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de Arredez: Donde cayó

IV.Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico: Memoria, burocracia y futuro

Conclusión:Cincuenta años no son nada si la memoria se trabaja

 

 

Introducción: El mapa que caminamos


Hoy es martes 10 de marzo de 2026. Mañana se cumplen cincuenta años del secuestro y desaparición forzada de mi abuelo, Miguel Ragone, exgobernador de Salta. Caminamos. No marchamos. No desfilamos. Caminamos, que es distinto. Caminar es reconstruir con los pies lo que la memoria tiene el riesgo de archivar y olvidar.

La caminata que llamamos Mil Pasos por Ragone convoca hoy, un día antes de la conmemoración oficial, a militantes, periodistas y miembros de organizaciones de derechos humanos. El itinerario no es caprichoso: es una cartografía del crimen y de la resistencia. Comenzamos en las escalinatas del Monumento a Güemes, frente al Juzgado Federal 3, donde la justicia debería ser el testigo permanente de lo que ocurrió. Desde allí avanzamos hacia el Pasaje Puló 146, la casa donde vivió mi abuelo, la casa de mi familia. Luego el corazón del recorrido: el Pasaje del Milagro, frente al almacén del fallecido Arredez, el sitio exacto donde Miguel Ragone cayó. Y cerramos al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973, en el Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero.

Este recorrido no es solo un homenaje. Es una herramienta. Una herramienta de auditoría ética y política en un momento histórico que nos exige la mayor claridad: vivimos bajo un gobierno nacional que transitó del negacionismo abierto a la reivindicación explícita del terrorismo de Estado. Vivimos bajo un gobierno salteño que impulsa el extractivismo —particularmente la actividad minera— como modelo de desarrollo, entregando el territorio a unos pocos, alineado completamente con esa lógica nacional de vaciamiento institucional. En este contexto, caminar por donde caminó Ragone no es nostalgia. Es resistencia.

Llevo veinte años en este trabajo de memoria y reconstrucción. "Yo estoy hace 20 años en esta memoria y reconstruyendo y todos los días también de alguna manera haciendo un duelo, ¿no? porque nunca termina de pasar". Eso digo cuando alguien me pregunta cómo llevo esto. No termina de pasar porque no está terminado. El régimen que mató a mi abuelo no está liquidado; se transformó. Y nosotros, hoy, lo nombramos.

I. Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no puede ser estática

Las escalinatas del Monumento a Güemes tienen una gravedad particular esta mañana. El cielo salteño es limpio, de ese azul intenso que parece indiferente a lo que ocurre bajo él. A mis espaldas está el Juzgado Federal 3: el edificio donde se procesó, décadas después, una parte de la responsabilidad jurídica por lo que ocurrió con mi abuelo. Frente a mí, la gente que eligió estar aquí. Eso me sostiene.

Andrés Gauffin, periodista y docente de la Universidad Católica de Salta, miembro de la Asociación de Periodistas, toma la palabra. Escucharlo siempre me genera algo parecido a la gratitud intelectual: Andrés no habla de Ragone como si lo lamentara; habla de él como si lo analizara, y esa diferencia es fundamental para nosotros, para los que no queremos un panteón sino una comprensión.

Su núcleo argumental es claro: "La memoria que tenemos que guardar la tenemos que recrear, renovar... no puede ser algo estático, sino que se tiene que reverdecer siempre". La imagen del reverdecimiento me parece exacta. Una planta que no se riega se seca aunque haya sido poderosa. La memoria es un ser vivo que requiere trabajo, presencia, cuestionamiento. Gauffin propone el método periodístico de Rodolfo Walsh —volver al lugar de los hechos— como el motor de esa renovación. Ver con los propios ojos, pisar la baldosa, mirar el almacén que todavía existe. Eso genera preguntas nuevas sobre una historia que, aunque tenga condenas judiciales, sigue abierta políticamente.

Vincula el crimen de mi abuelo con un cambio estructural en el mapa político de Salta y subraya la necesidad de entender este magnicidio en conexión con los asesinatos previos de otros militantes: Fronda, Burgos. No fue un hecho aislado. Fue una cadena. En términos de Elizabeth Jelin, Gauffin actúa aquí como un emprendedor de la memoria: alguien que realiza un trabajo constante de actualización de sentidos, que se niega a que la figura de Ragone sea una pieza estática del pasado. Gauffin no construye un monumento; construye un mapa dinámico para las nuevas generaciones.


También interviene Blanca Lescano, referente histórica de los derechos humanos en Salta, hija de un desaparecido del Operativo Independencia. Su interlocución tiene la autoridad de quien también carga una herida. Blanca introduce una exigencia analítica que el documento de la caminata registra con nitidez: "Si no ligamos los dos golpes de estado y los años... en el medio, no vamos a entender realmente por qué en esa etapa... se mató tanta gente". El secuestro de mi abuelo ocurrió en democracia, el 11 de marzo de 1976, catorce días antes del golpe. Comprender eso exige mirar el período 1973-1975 con la misma intensidad con que miramos la dictadura.

El Operativo Independencia, el Pozo de Vargas en Tucumán —treinta metros de profundidad, entre ciento diez y ciento veinte restos identificados, aproximadamente veinte sin identificar—, las brigadas clandestinas que operaban con la anuencia del Estado: todo eso ya existía. La represión no empezó el 24 de marzo de 1976. Empezó antes, y el crimen de Ragone es parte de esa prehistoria que el relato oficial ha preferido silenciar. Michael Pollak diría que estos silencios son memorias subterráneas que la historia oficial intenta estabilizar. Hoy, al pie del Monumento a Güemes, las sacamos a la superficie.



II. Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El espacio íntimo como archivo político


Llegar a la casa de mi abuelo en el Pasaje Puló 146 es siempre una experiencia contradictoria. Me sucede lo mismo que cuando intento explicar lo inexplicable: hay una satisfacción al ver que la gente viene, que el recorrido tiene sentido colectivo; y hay una angustia que no cede, un duelo permanente que se mitiga con la compañía pero que nunca desaparece. Esta casa fue construida hacia fines de la década de 1950. Antes de 1976, era un espacio de reuniones masivas, festejos de hasta cincuenta personas, principalmente de la familia extendida de origen italiano. Después del golpe, esas reuniones cesaron definitivamente.

Andrés Gauffin guía la reflexión con una herramienta pedagógica que reconozco como eficaz porque la he visto funcionar con estudiantes: el Peugeot amarillo. "Yo siempre me imagino cuando hago la actividad con los alumnos, yo les digo que Ragone es con un Peugeot amarillo". Un auto cotidiano, concreto, con color. No una estatua. Un médico que conducía un Peugeot amarillo por las calles de Salta y que tenía, además, una vocación de poder clara y legítima. Eso es lo que los procesos represivos intentan borrar: la humanidad política del sujeto que eliminan.

Porque mi abuelo no era solo una víctima. Era un político con proyecto. Gauffin señala que apenas cuatro días antes de su desaparición, Ragone había decidido presentarse en las elecciones internas del partido, buscando recuperar la presidencia del PJ salteño para proyectarse nuevamente hacia la gobernación. "Él tenía vocación de poder... quería volver a ser presidente del PJ o ser presidente del PJ para después ser gobernador en ese proyecto. Ahí lo matan". Ahí lo matan. Esa secuencia temporal —cuatro días— es la prueba más contundente del carácter estrictamente político del crimen.

La composición ideológica del entorno de Ragone era notable en su diversidad: militantes del PRT como Chicho Gallardo, integrantes de Montoneros, sectores de la derecha peronista tradicional, funcionarios institucionales como Hortensia Porcel. Esa capacidad de articular fuerzas diversas era, según Gauffin, tanto su fortaleza como su peligrosidad para los poderes establecidos. Un político que tendía puentes entre sectores contrapuestos era un político difícil de contener.

Esta casa recibió también, en años más recientes, visitas que marcaron la historia política argentina. Néstor Kirchner estuvo aquí, en calidad de presidente, y utilizó el comedor de la casa para hacer declaraciones sobre el cambio institucional del país. También Eduardo Luis Duhalde visitó esta sala. La casa de un gobernador desaparecido se convirtió, con el tiempo, en un sitio de memoria y de política viva. Siguiendo a Ludmila Catela da Silva, la territorialización de la memoria ocurre precisamente en este desplazamiento: el espacio físico se transforma en un documento que ancla la subjetividad política de quienes lo habitan y lo visitan.

Hay una memoria que se teje en paralelo a la del gobernador y que merece ser nombrada en este mismo espacio: la de Lucía Ragone, su hermana. Elena, licenciada en Trabajo Social y excolega de Lucía en el área de salud pública, la evoca durante la caminata con una precisión que sacude. En los años ochenta, cuando el VIH/SIDA era todavía un estigma sin nombre oficial en Salta, cuando el miedo paralizaba a los equipos de salud y la falta de protocolos dejaba a los enfermos sin asistencia ni atención, Lucía Ragone estaba allí. Elena lo dice sin adornos: "Nosotros somos el equipo que hemos encontrado la gran cantidad de personas que no estaban siendo asistidas ni atendidas". Esa frase condensa una ética que no necesita panfleto. Lucía recorría los márgenes de la provincia —sus suburbios, sus silencios sanitarios— para llegar a quienes el sistema no quería ver. La ética médica de Miguel Ragone no murió con él en el Pasaje del Milagro; sobrevivió en su hermana, en los pasillos de los hospitales públicos, en la disposición de dar la cara cuando el miedo dominaba. Diana Maffia diría que esta es una subjetividad política construida desde la ética del cuidado: una forma de resistencia que no ocupa las tribunas pero que sostiene el tejido social desde adentro, desafiando las lógicas de poder que durante la represión y también en la democracia prefirieron mirar hacia otro lado.

Marcelo López Arias, exfuncionario judicial y estrecho colaborador del proyecto político de Ragone en 1973, aporta una dimensión que me parece crucial para entender a mi abuelo más allá de la victimología: la reforma institucional como práctica política. Ragone lo nombró Defensor Oficial Penal con una misión estratégica explícita: "Yo quiero que usted se haga defensor oficial penal para que me ayude a controlar la policía con todas las cosas que han hecho". López Arias describe esa labor como inspecciones a las comisarías a medianoche, una auditoría permanente sobre el aparato represivo. Él mismo lo define, retrospectivamente, como "la antesala del comité para la prevención de la tortura". Mi abuelo estaba construyendo, en 1973, un mecanismo de control democrático sobre la violencia policial, décadas antes de que eso se convirtiera en política nacional.

III. En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de Arredez: Donde cayó

Estamos parados en el lugar exacto. Frente al almacén que perteneció al fallecido Arredez, en el Pasaje del Milagro. Este almacén sigue aquí, como un testigo mudo que no puede hablar pero tampoco puede irse. Aquí fue donde el Peugeot 504 gris de mi abuelo quedó detenido el 11 de marzo de 1976. Aquí fue donde lo interceptaron.

Yo digo lo que sé y lo que siento: "Donde estamos parados es justamente el lugar en el que él cayó". Y agrego lo que más importa: "Miguel Ragone sí lo mataron, pero todos los que estamos nosotros presentes acá... sembramos cosas permanentemente". La presencia aquí es un acto político. No estamos de visita. Estamos ocupando el espacio que el crimen quiso vaciar.

Un cronista de noticiero me intercepta. La entrevista se produce en este punto geográfico de alta carga simbólica. Describo mis sensaciones como contradictorias. Por un lado, la satisfacción profunda de ver que la memoria sigue viva, que caminar junto a compañeros permite recrear el recorrido cotidiano de mi abuelo como una forma de pregunta desde el presente. Por otro lado, la persistencia de un duelo permanente y una angustia que solo se mitiga con la compañía colectiva.

El periodista me pregunta por la figura jurídica de mi abuelo: ¿asesinado o desaparecido? Navego esa complejidad con honestidad. Como asesinado, soy tajante: a Miguel Ragone lo mataron. Esa certeza se apoya en los relatos de testigos que vieron el ataque en esta esquina, que vieron el cuerpo herido del comerciante Arredez cuando intentó ayudarlo. Como desaparecido, reconozco que política y jurídicamente Ragone sigue siendo esa figura, la que en Argentina posee un valor simbólico fundamental: el cuerpo ausente que genera una necesidad permanente de búsqueda y de duelo.

Esa condición me llevó a buscar un sitio para el duelo, independientemente de la resolución judicial. Y encontré algo. Pude cerrar muchas cosas gracias al testimonio de un testigo arrepentido, un policía que tenía veinte años en el momento del operativo. Su relato: tras abandonar el auto en Cerrillos, se formó una caravana que avanzó hacia el Dique Cabra Corral. El cuerpo de mi abuelo habría sido colocado en un cajón de cemento. Ese cajón fue desplazado desde una de las orillas del puente y arrojado al fondo del espejo de agua. Critico que el exjuez Medina descartó este testimonio de la investigación oficial. Para la justicia, ese relato no tiene validez jurídica. Para mí, representó un hito que me permitió vincular la vida con la muerte en ese paisaje. A veces la verdad judicial y la verdad humana no coinciden.

Blanca Lescano interviene para ampliar el encuadre político de la desaparición. Ella vincula lo ocurrido con mi abuelo directamente con el Operativo Independencia: "La hipótesis realmente de lo de Ragone en el contexto político de Argentina... pertenecía a lo que era el operativo de independencia". Lo que ocurrió aquí, en este Pasaje del Milagro, no fue un hecho local y aislado. Fue parte de una gestión represiva que ya se había legalizado formalmente en 1975 bajo el mando de figuras como Antonio Domingo Bussi.

Blanca habla también de su propio padre. Desapareció apenas dos días después del golpe, con características idénticas a las de Ragone. Pero a diferencia del caso salteño, los investigadores en Tucumán lograron identificar sus restos en el Pozo de Vargas. Para Blanca, ese sitio es el símbolo de lo que la identificación puede significar frente a la incertidumbre de la desaparición. Y dice algo que me resuena hondo: la falta de un cuerpo no anula la identidad política del sujeto desaparecido. La hace permanente.


Desde la perspectiva teórica que venimos trabajando, la esquina del Pasaje del Milagro es lo que Catela da Silva llamaría una huella que ancla la subjetividad política de la comunidad. El poste, las placas, el almacén: son objetos que materializan la historia y resisten el olvido. Michael Pollak diría que estos espacios físicos son los soportes materiales de las memorias subterráneas que el sistema intentó enterrar. Que sigamos aquí, de pie, frente al almacén de Arredez, es la demostración de que esas memorias no se dejaron enterrar.

Marcelo López Arias interviene con la dimensión político-institucional del colapso del gobierno de Ragone en 1974-1975. Identifica al diario El Tribuno y a sectores de la derecha peronista como actores que deslegitimaron activamente al gobierno antes de la intervención federal. Nombra a Roberto Romero como uno de los principales beneficiarios políticos de la caída de Ragone. Y critica la hipocresía del decreto de intervención que alegaba "acefalía" cuando el poder había sido activamente socavado: "El decreto de intervención de la provincia tiene la hipocresía... de decir que se decreta la intervención de la provincia por la acefalía". No hubo vacío de poder. Hubo despojo.

IV. Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico: Memoria, burocracia y futuro


Llegamos al Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero, al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973. Gauffin ya había señalado en el Monumento a Güemes que este Congreso, realizado un año y medio antes del crimen de Ragone, debe entenderse como uno de los elementos que prepararon el terreno político y simbólico para lo que vino después. La cruz es, entonces, un signo ambivalente: religioso en su forma, político en su historia.

Este último tramo de la caminata se carga de una tensión diferente. Blanca Lescano expresa lo que muchos sentimos pero no siempre decimos con esta claridad: la institucionalización de la memoria en la Subsecretaría de Derechos Humanos ha vaciado de contenido político la lucha, convirtiéndola en una "lectura lavadita y romántica" que ignora a los familiares vivos. Critica la falta de firma política de las nuevas generaciones de gestores, que prefieren el refugio de lo académico sobre el compromiso militante: "Todo lo académico, pero no la firma política". Y lanza una frase que duele porque es exacta: "Parece que como ya no pueden cobrar no les sirve la memoria".

Yo también expreso lo que observo con inquietud: algunos de los sujetos históricos que encarnan esta memoria institucional están desapareciendo junto con su salud física. Esa dureza del testimonio directo "posiblemente esté en un proceso de pérdida de memoria". Y me preocupa la estética de los actos: no quiero que esta marcha parezca "un cortejo fúnebre", un cementerio itinerante. La memoria debe ser viva y pedagógica. Propongo que hagamos cosas para que la gente sepa quiénes fueron los desaparecidos. Para que los transeúntes que no vinieron a la caminata también se enteren. Para que la calle sea un aula.

El diálogo en este punto final revela lo que Elizabeth Jelin llamaría una disputa por el capital simbólico de la memoria: entre quienes la gestionan desde el Estado y quienes la exigen desde la familia y la militancia. Los primeros buscan una memoria que trascienda a los familiares —lo que en los hechos significa despojarlos de su centralidad y de su exigencia de justicia—. Los segundos sostenemos que la memoria sin exigencia ética es decoración. Pollak diría que la gestión institucional del silencio busca precisamente neutralizar las memorias subterráneas de los familiares para imponer una narrativa estatal controlada.

También en este punto Gauffin cierra su aporte pedagógico con una síntesis que me parece justa: mientras Blanca Lescano y yo lidiamos con la parálisis burocrática y el deterioro físico de los testigos históricos, Gauffin apuesta a la difusión masiva y al relevo generacional. Su discurso integra la anécdota biográfica con el análisis macropolítico, asegurando que la figura de mi abuelo no sea solo un recuerdo de mayores, sino un motor de conciencia ciudadana para el futuro.

Conclusión: Cincuenta años no son nada si la memoria se trabaja


Cuando termina la caminata y la gente se dispersa lentamente por el Paseo Güemes, quedo unos minutos parado mirando la Cruz. Pienso en lo que significa estar aquí hoy, en 2026, cincuenta años después. Pienso en lo que Gauffin dijo al comienzo: la memoria debe reverdecerse. No puede ser un monumento. No puede ser una fecha en el calendario. Debe ser una praxis, un método, una pregunta que se renueva.

La caminata de los Mil Pasos por Ragone es exactamente eso. Es la aplicación concreta de lo que Gauffin llama el retorno al lugar de los hechos: volver físicamente, pisar la tierra, mirar el almacén de Arredez, pararse frente a la casa de Puló 146, recorrer con el cuerpo lo que el crimen quiso clausurar. Cada paso es una pregunta. Cada parada es una respuesta provisoria que genera nuevas preguntas. Así funciona la memoria activa, según la tradición que venimos trabajando: no como un archivo sino como un proceso, no como un dato sino como una interpretación que se actualiza.

La importancia de este acto se multiplica en el contexto que vivimos. Un gobierno nacional que pasó del negacionismo a la reivindicación explícita del terrorismo de Estado convierte cada acto de memoria en un acto de resistencia política. Un gobierno salteño que entrega el territorio a la minería y el extractivismo, alineado completamente con esa lógica nacional, reproduce la misma estructura que denunciaba mi abuelo: pocos que concentran la riqueza mientras la pobreza se socializa. La dicotomía que Ragone planteaba entre liberación o dependencia, alineado con el programa de gobierno de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, no es historia antigua. Es el mapa del presente.


El régimen desaparecedor de los años setenta no fue liquidado. Se transformó. Hoy se manifiesta en la degradación institucional, en el vaciamiento de los mecanismos de control democrático, en el pragmatismo de jóvenes profesionales del derecho y el periodismo que "negocian con el poder" como si eso fuera una virtud. La democracia "maquillada" que yo denuncio es aquella que tiene las formas pero no los contenidos, que celebra los cincuenta años del golpe con actos protocolares mientras desmantela los organismos que deberían garantizar que eso no vuelva a ocurrir.

Por eso volvemos. Por eso caminamos. Por eso nos paramos frente al almacén de Arredez y decimos en voz alta: aquí cayó. Porque nombrar es el primer acto político. Porque como dijo Fernando Pequeño —que soy yo, que es mi nombre completo cuando hablo para la historia—, "Miguel Ragone sí lo mataron, pero todos los que estamos nosotros presentes acá... sembramos cosas permanentemente".

La caminata de los Mil Pasos por Ragone es una semilla. Una semilla que se planta en la ciudad de Salta, en las baldosas de sus pasajes, en el asfalto de sus avenidas, en la memoria de quienes la caminaron y en la de quienes todavía no saben que deberían hacerlo. Cincuenta años no son un cierre. Son una convocatoria. Si hemos servido, volveremos.





[i] Orden Claude: Construye un ensayo extenso (máximo de 5000 palabras) basado en el documento adjunto sobre la "Caminata de los Mil Pasos por Ragone". Escribe en primera persona y tiempo presente, desde la perspectiva del narrador Fernando Pequeño Ragone, con un tono reflexivo, militante y conmemorativo. El objetivo principal es difundir la caminata como acto de memoria activa, en el contexto de los 50 años del golpe militar de 1976 en Salta y Argentina. Enfatiza el contraste con el gobierno nacional actual, que pasó del negacionismo a reivindicar el terrorismo de Estado, y el gobierno salteño, que impulsa el extractivismo (especialmente minero) para enriquecer a unos pocos, alineándose totalmente con el nacional.

Estructura obligatoria del ensayo:

1.        Introducción (300-400 palabras): Presenta la caminata del martes 10 de marzo de 2026 como respuesta viva a la memoria de Miguel Ragone, un día antes de la conmemoración de su asesinato. Contextualiza la espacialidad simbólica del recorrido en Salta: inicia en las escalinatas del Monumento a Güemes (frente al Juzgado Federal 3), pasa por la casa de Ragone en Pasaje Puló 146, el sitio del secuestro en Pasaje del Milagro (frente al almacén de Arredez), y concluye a los pies de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973 (Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero). Vincula esto al panorama político actual de negacionismo y extractivismo.

2.       Desarrollo extenso de cada encuentro: Dedica una sección a cada parada, narrando en primera persona lo vivido. Para cada una:

o    Describe el sitio con detalle sensorial y simbólico (espacialidad histórica y urbana).

o    Identifica a los interlocutores clave (nombres, roles: militantes, periodistas, DDHH, etc.).

o    Desarrolla extensamente sus intervenciones: cita diálogos literales o parafraseados del documento, incorpora teorías citadas (e.g., estudios de memoria, masculinidades, derechos humanos), y comparaciones discursivas presentes.

o    Integra emociones, memorias colectivas y mi perspectiva personal como narrador.

o    Monumento a Güemes: Enfoca intervenciones iniciales.

o    Casa de Ragone (Pasaje Puló 146): Detalla recuerdos íntimos y alocuciones.

o    Pasaje del Milagro (frente al almacén de Arredez): Recupera extensamente la entrevista a Fernando Pequeño con Blanca Lescano. Contextualízala en el secuestro ("caída") de Ragone; incorpora alusiones a la línea teórica trabajada (humanidades, derechos humanos, masculinidades post-hegemónicas).

o    Cruz del Congreso Eucarístico: Cierra el ciclo con reflexiones eucarísticas y políticas.

3.       Conclusión (300-400 palabras): Reflexiona sobre el valor de la caminata en los 50 años del golpe: como práctica de memoria activa contra el olvido oficial. Alude a la propuesta de Gauffin sobre cómo trabajar y evocar la memoria (detalla si está en el documento). Termina con una llamada a la acción militante, proyectando hacia futuras resistencias al extractivismo y negacionismo.

Estilo y requisitos generales:

  • Lenguaje vívido, narrativo y analítico; usa metáforas urbanas y referencias locales salteñas.
  • Integra citas textuales del documento entre comillas o en cursiva.
  • Mantén coherencia temporal en presente; incluye transiciones fluidas entre secciones.
  • Evita repeticiones; enfócate en profundidad emocional e intelectual.
  • Formato: Títulos de secciones con headers (e.g., ### Encuentro en el Monumento a Güemes).

Usa solo información del documento adjunto; no inventes datos.

 

jueves, 19 de febrero de 2026

Generaciones de militantes de la memoria en Salta

 

Org de DDHH participando en la Segunda Marcha Federal Antifascita y Antiracista, Salta.


 

Generaciones de militantes de la memoria en Salta

Permanencias y renovaciones en un proceso vivo

Ensayo de divulgación para las organizaciones integrantes de la Mesa de Derechos Humanos y la Comisión Provincial de la Memoria de Salta

Salta, febrero de 2026

 

Contenidos

I.Las fracturas que nos preceden: historia de un movimiento dividido y sinembargo vivo

II. Los marcos sociales de la memoria y la identidad delas generaciones veteranas

III. El posicionamiento intergeneracional: la disidenciade Nenina Lescano como síntoma

IV. El Comité de Prevención de la Tortura: la últimaherramienta genuina

V. Tensiones que no hay que resolver sino procesar:propuestas para evitar la fragmentación

Conclusión: a cincuenta años, la memoria como protocolovivo

 

 

 

Síntesis uno

 

 

I. Las fracturas que nos preceden: historia de un movimiento dividido y sin embargo vivo

La historia del movimiento de derechos humanos en Argentina es, antes que cualquier otra cosa, una historia de fragmentaciones productivas. Desde sus orígenes en los años más oscuros de la dictadura, las organizaciones que dieron voz al horror nunca fueron una sola voz. Fueron muchas, tensionadas entre sí, a veces incompatibles, y sin embargo capaces de producir —a pesar de sus diferencias y en muchos casos gracias a ellas— algunos de los logros más extraordinarios en materia de justicia transicional que el mundo haya conocido.

Recordarlo no es un ejercicio nostálgico: es una advertencia y una fuente de esperanza. Las Madres de Plaza de Mayo se dividieron en 1986 entre la Asociación y la Línea Fundadora, una ruptura dolorosa que generó incomprensión y duelo en quienes las miraban desde afuera. Sin embargo, ambas ramas continuaron su camino con identidades diferenciadas y ambas contribuyeron, desde lugares distintos, a sostener la memoria cuando el Estado buscaba enterrarla bajo las leyes de impunidad. La división no las destruyó: las transformó.

Síntesis dos

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Algo similar ocurrió a lo largo de las décadas con HIJOS, con APDH, con las distintas agrupaciones de ex presos políticos. Cada organización construyó su propia lectura del pasado, su propia relación con el Estado, su propio ritmo de memoria. Hubo momentos en que esas diferencias parecían insalvables. Y sin embargo, cuando la justicia llegó —cuando los juicios por crímenes de lesa humanidad comenzaron a producir sentencias— lo hizo sobre la base de décadas de trabajo sostenido por actores que no siempre se hablaban, que no siempre se reconocían como aliados, pero que habían mantenido encendida la llama desde distintos rincones.

En Salta, este proceso tuvo sus propias cadencias. La Asociación Miguel Ragone, los Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Mesa de Derechos Humanos, la Comisión Provincial de la Memoria: cada una de estas instituciones lleva en su cuerpo las marcas de esa historia fragmentada y fecunda. Conocen de primera mano lo que cuesta construir y lo que duele perder. Es desde esa memoria histórica del propio movimiento —no solo del movimiento frente al Estado sino del movimiento frente a sí mismo— que se hace necesario leer la coyuntura de 2026.

Porque la fragmentación que amenaza hoy no es nueva. Es la misma vieja tensión entre quienes entienden la resistencia como pureza y quienes la entienden como estrategia. Entre quienes creen que el contacto con el poder contamina y quienes creen que abandonar los espacios institucionales equivale a regalarlos al adversario. Esa tensión no tiene resolución perfecta. Lo que tiene es historia, y esa historia enseña que la ruptura total rara vez sirve a la causa de los derechos humanos, y que la absorción acrítica por el Estado tampoco.

La pregunta de 2026 no es, entonces, una pregunta nueva. Pero se plantea en un contexto de excepcional gravedad, a cincuenta años del golpe, con el Estado nacional desmantelando activamente las estructuras de memoria y derechos humanos, y con una generación de militantes históricos que siente —con razón— que aquello por lo que lucharon toda su vida está siendo atacado en sus fundamentos. Comprender ese contexto, y comprender lo que Halbwachs llamó los marcos sociales de la memoria, es el punto de partida para encontrar caminos que no nos hagan daño a nosotros mismos mientras el adversario avanza.

II. Los marcos sociales de la memoria y la identidad de las generaciones veteranas

Maurice Halbwachs, sociólogo francés que murió en el campo de concentración de Buchenwald en 1945, nos dejó una herramienta teórica que ilumina con precisión perturbadora lo que está ocurriendo en el movimiento de memoria de Salta. Su proposición central es aparentemente simple pero de consecuencias profundas: no recordamos solos. La memoria individual existe, sí, pero solo cobra forma, solo adquiere consistencia y sentido, dentro de los marcos que nos proveen los grupos a los que pertenecemos. Sin esos marcos —esas comunidades de referencia, esos relatos compartidos, esas fechas y lugares y nombres que un grupo decide custodiar— el recuerdo se disuelve.

Para quienes en Salta han dedicado su vida entera a la militancia de la memoria —quienes buscaron a sus hijos o hermanos o compañeros en los años más oscuros, quienes sostuvieron la memoria cuando nadie quería oír, quienes construyeron las instituciones que hoy están en disputa— el grupo no es un elemento externo a su identidad: es su identidad misma. Su yo está tejido de esa historia colectiva. Su nombre tiene sentido porque pertenece a esa genealogía de lucha. Sus años de militancia son los años de una comunidad moral que les dio forma.

Halbwachs advierte algo crucial: cuando ese marco colectivo se fractura o se percibe amenazado, la reacción no es meramente política. Es existencial. El dolor que el grupo ha procesado colectivamente —el horror de la desaparición, la impunidad de los años noventa, la lenta conquista de la verdad— adquiere lo que Halbwachs llama una "fisonomía colectiva y familiar": un rostro reconocible que permite soportarlo, nombrarlo, transmitirlo. Cuando alguien o algo amenaza ese marco —cuando una institución que debía ser espacio de resistencia parece convertirse en herramienta del poder— la reacción de quienes han construido su identidad sobre esa fisonomía colectiva es de alarma profunda, casi visceral. No se trata de una posición política que pueda revisarse en una reunión. Se trata de algo que toca el núcleo de quiénes son.

Esto es lo que está en juego en la posición de Blanca "Nenina" Lescano. Lescano forma parte de la Comisión Directiva de la Asociación Miguel Ragone, y su posición disidente respecto a otros miembros de esa misma Comisión no puede leerse como mera obstinación o purismo ideológico. Leída a través de Halbwachs, su postura es la de alguien cuyo marco de memoria colectiva está siendo puesto en cuestión desde adentro del propio grupo, y eso produce una fractura que duele de una manera particular y difícil de articular en términos políticos racionales.

Lescano sostiene que participar en la Comisión Provincial de la Memoria bajo la gestión del gobernador Sáenz es reproducir la misma lógica que se ha criticado durante décadas: legitimar con la presencia militante a un gobierno que se alinea con el desguace nacional de los derechos humanos. Su argumento no es caprichoso. En su marco de memoria, el Estado no es un campo de disputa neutro: es históricamente el espacio desde el cual se organizó el terror, y la prudencia elemental exige no confundirse con él. Ese marco fue construido en condiciones extremas, en años en que tal distinción no era una posición política sino una condición de supervivencia física y moral.

Pero hay algo más que Halbwachs ilumina: los marcos de memoria tienden a estabilizarse y a resistir la actualización. Las generaciones que construyeron sus identidades en la resistencia durante la dictadura y los años de impunidad llevan en su cuerpo y en su memoria colectiva un mapa del adversario que fue forjado en condiciones históricas específicas. El Estado-enemigo de ese mapa es el Estado de 1976, el Estado de los indultos, el Estado de la obediencia debida. Ese mapa tiene una coherencia interna poderosa y una legitimidad ganada a un precio altísimo. Pero todo mapa tiene sus límites, y uno de los riesgos del envejecimiento de los marcos sociales de memoria es que pueden volverse menos sensibles a los matices del presente.

Decir esto no es cuestionar la validez de esa memoria ni el lugar que merecen quienes la sostienen. Es reconocer, siguiendo al propio Halbwachs, que la memoria viva necesita siempre actualizarse en diálogo con el presente, o corre el riesgo de convertirse en monumento: hermoso, respetable, y cada vez más distante de la vida que pulsa alrededor.

III. El posicionamiento intergeneracional: la disidencia de Nenina Lescano como síntoma

La situación de Nenina Lescano dentro de la Comisión Directiva de la Asociación Ragone es especialmente reveladora porque pone en primer plano algo que generalmente se mantiene en el trasfondo de los debates políticos: la fractura intergeneracional no ocurre solo entre organizaciones distintas, sino dentro de las mismas organizaciones, entre personas que comparten historia, afecto y compromiso.

Lescano y quienes ocupan posiciones diferentes en la Comisión Directiva no son adversarios ideológicos en el sentido clásico. Son personas que han construido sus vidas en torno a los mismos valores, que llevan la misma historia en el cuerpo, que conocen los mismos nombres de los desaparecidos y los mismos nombres de sus victimarios. Lo que los diferencia no es el fin —la memoria, la justicia, la verdad— sino el diagnóstico sobre cómo construir ese fin en el presente concreto de 2026.

Fernando "Pequeño" Ragone representa, dentro de esta tensión, una postura que podría llamarse de institucionalización estratégica: no se trata de confiar en la gestión de Sáenz ni de rendirse ante el poder provincial, sino de entender que las instituciones de memoria que existen —la Comisión Provincial, el Comité de Prevención de la Tortura— son herramientas que si se abandonan no quedan vacías sino que son ocupadas por otros. En su lectura, lo que no se institucionaliza desaparece, y la desaparición de estas estructuras en el contexto actual equivaldría a una victoria del adversario sin que este haya tenido que batallar.

La disidencia de Lescano frente a esta postura no es, entonces, una resistencia al cambio o a la renovación. Es la expresión de una memoria colectiva que ha aprendido —en años muy duros— a desconfiar profundamente de las instituciones estatales como espacios de resistencia genuina. Su marco histórico le dice que el Estado cooptará, como ha cooptado antes; que la presencia en los actos oficiales se convertirá en legitimación; que la distinción entre participación crítica y colaboración funcional es más difícil de sostener en la práctica de lo que parece en la teoría.

Ambas posiciones tienen razón en algo fundamental. Lescano tiene razón en que el riesgo de cooptación es real y que la historia ofrece demasiados ejemplos de instituciones de derechos humanos absorbidas por lógicas oficiales. Ragone tiene razón en que el abandono de las instituciones no produce pureza sino vacío, y que ese vacío lo llenan quienes tienen interés en que la memoria desaparezca.

Lo que vuelve esta tensión especialmente difícil de procesar es que ocurre dentro de la misma organización, entre personas que se conocen, que se respetan y que sienten que lo que está en juego es demasiado importante para equivocarse. En ese contexto, la divergencia de posiciones no se vive como debate político sino como amenaza a la integridad del grupo mismo, es decir, como amenaza al marco social que da sentido a sus identidades. Y eso, siguiendo a Halbwachs, produce una intensidad emocional que los argumentos racionales solos no alcanzan a resolver.

IV. El Comité de Prevención de la Tortura: la última herramienta genuina

En este panorama, el Comité de Prevención de la Tortura ocupa un lugar singular. Mientras la Comisión Provincial de la Memoria puede disputarse simbólicamente entre actos oficiales y resistencia autónoma, el Comité representa algo más inmediato y urgente: es el mecanismo institucional concreto disponible para levantar voces contra la violencia que ocurre ahora, en las cárceles y comisarías de Salta, en los márgenes donde el Estado ejerce su poder más brutal sobre los cuerpos más vulnerables.

La percepción de que el Comité está siendo vaciado —por la falta de sanciones efectivas, por los mandatos vencidos sin renovación, por la dependencia de una Corte de Justicia que el gobernador Sáenz busca controlar en su mayoría— no es una preocupación abstracta. Es la señal de que el único instrumento disponible para traducir la memoria en protección real y presente está siendo desmantelado.

Aquí la tensión intergeneracional adquiere una dimensión diferente. Las generaciones veteranas del movimiento de memoria construyeron su identidad en la lucha contra una violencia institucional que se ejercía en secreto, en la oscuridad de los centros clandestinos. Las generaciones más jóvenes de militantes —quienes han crecido con el horizonte de los juicios, con la memoria convertida en política pública— enfrentan una violencia institucional que no siempre es clandestina pero que igualmente destruye vidas. El puente entre ambas memorias pasa por el Comité: es donde la historia se vuelve urgencia presente.

Perder ese espacio institucional no sería solo una derrota táctica. Sería borrar el hilo que conecta la memoria del pasado con la protección del presente. Y eso, en el año del cincuentenario del golpe, sería una derrota de una gravedad que no se puede subestimar.

V. Tensiones que no hay que resolver sino procesar: propuestas para evitar la fragmentación

La primera tentación ante una tensión tan profunda es querer resolverla: decidir quién tiene razón, zanjar la discusión, unificar posiciones. Esa tentación debe resistirse. Las tensiones genuinas en un movimiento vivo no se resuelven: se procesan. Lo que se necesita no es que Lescano o Ragone abandonen su posición, sino que la Comisión Directiva de la Asociación Ragone y las demás organizaciones construyan mecanismos para que esas posiciones coexistan sin romper la unidad del movimiento.

Desde esta comprensión, se proponen los siguientes caminos concretos:

1. Acuerdo de fronteras éticas compartidas

Antes de discutir si participar o no en tal o cual acto oficial, las organizaciones necesitan acordar cuáles son las condiciones innegociables de cualquier participación institucional. No como un dogma abstracto sino como un protocolo operativo: ¿qué debe ocurrir para que la participación sea aceptable? ¿Qué tipo de presencia del Estado en un acto lo vuelve inaceptable? Ese acuerdo de "fricción ética" no elimina el desacuerdo, pero lo encuadra: convierte el debate en una discusión sobre condiciones concretas y verificables en lugar de una batalla de principios irreconciliables.

Un ejemplo concreto: acordar que la Asociación Ragone participará en las conmemoraciones del 24 de marzo solo si se cumplen protocolos específicos —rendición de honores a las víctimas bajo supervisión de los organismos, uso de los espacios para transmitir los nombres y las historias, presencia de veedores externos— transforma la participación de un gesto de legitimación en un procedimiento con consecuencias controlables.

2. Estrategia dual: presencia institucional y acción autónoma simultáneas

No hay razón para que la Asociación Ragone o la Mesa de Derechos Humanos tengan que elegir entre participar en los actos de la Comisión Provincial y sostener acciones autónomas en los territorios. La estrategia dual reconoce que ambas cosas son necesarias y que se refuerzan mutuamente: la presencia institucional otorga visibilidad y acceso a recursos; la acción autónoma territorial garantiza que la memoria siga viviendo en los barrios, en los centros culturales, en las escuelas, independientemente de lo que decida el Estado.

El mosaiquismo, los actos en los barrios, las actividades en universidades y gremios no son un segundo plano resignado. Son el corazón de la memoria viva. Y la presencia en los actos oficiales, cuando se hace con los protocolos acordados, no tiene por qué contradecirlos.

3. Programas de mentoría intergeneracional: el pasaje de la posta

Halbwachs advierte que los marcos sociales de la memoria mueren cuando mueren quienes los sostienen, si no se han transferido a nuevos portadores. Esta advertencia es urgente para el movimiento de memoria de Salta: la generación de veteranos que construyó las instituciones y que lleva en su cuerpo la memoria de primera mano no es eterna, y la pregunta sobre quién sostendrá esos marcos cuando ellos ya no puedan hacerlo no puede postergarse.

Un programa de mentoría intergeneracional no significa pedirle a los jóvenes que reproduzcan exactamente los marcos de los veteranos. Significa crear espacios deliberados de transmisión donde la memoria de los veteranos dialogue con las experiencias y las subjetividades de las generaciones más jóvenes —incluyendo militantes LGBT, activistas gremiales, investigadores universitarios, jóvenes de organizaciones barriales— para que esos marcos se actualicen sin perder su esencia crítica.

Ese diálogo intergeneracional necesita ser formalizado: no puede depender de que ocurra espontáneamente. Reuniones regulares entre militantes de distintas generaciones, ejercicios de transmisión oral de la historia, espacios donde los jóvenes puedan hacer preguntas que los veteranos consideren obvias y los veteranos puedan cuestionar certezas que los jóvenes dan por sentadas: estos son los procedimientos concretos que convierten la transmisión de la memoria en un proceso activo y no en un legado que se hereda sin comprender.

4. El Comité de Prevención de la Tortura como prioridad de unidad

Si hay un terreno en el que las distintas posiciones del movimiento pueden encontrarse con mayor facilidad es el de la defensa del Comité de Prevención de la Tortura. Su mandato —controlar la violencia institucional en el presente— no tiene la misma ambigüedad que los actos conmemorativos. Aquí no hay disputa sobre si es legítimo participar o no en espacios estatales: se trata de defender una institución de control cuya extinción beneficiaría exclusivamente a quienes ejercen esa violencia.

Hacer del Comité el terreno prioritario de unidad del movimiento tiene una doble ventaja: por un lado, orienta la energía hacia donde el impacto es más inmediato y concreto; por otro, crea una experiencia de trabajo conjunto entre posiciones divergentes que puede sentar bases para procesar las tensiones en otros terrenos.

5. La autonomía como escudo: identidad salteña de derechos humanos

Frente al avance del negacionismo desde el Estado nacional, las instituciones de memoria de Salta tienen la oportunidad —y la necesidad— de construir una identidad provincial fuerte y reconocible que les permita existir con independencia de lo que ocurra en Buenos Aires. Esa identidad no sería una renuncia a los vínculos nacionales sino un escudo: si la Comisión Provincial de la Memoria es reconocida como parte de la identidad cultural y democrática de Salta, resulta más difícil para cualquier poder político local desactivarla sin costo político.

Construir esa identidad requiere visibilidad, alianzas con sectores que no son los habituales del movimiento —empresas culturales, instituciones educativas, gremios, medios de comunicación— y una narrativa que haga de la memoria de los derechos humanos no solo una causa de las organizaciones sino un valor de la sociedad salteña en su conjunto.

Conclusión: a cincuenta años, la memoria como protocolo vivo

A cincuenta años del golpe, las organizaciones de derechos humanos de Salta se encuentran ante una encrucijada que sus propias historias han atravesado antes bajo formas distintas. El movimiento ha sobrevivido a sus propias fracturas. Ha producido justicia desde la desunión y ha sostenido la memoria desde la pluralidad. No hay razón para creer que no pueda hacerlo nuevamente.

Pero el contexto de 2026 exige algo más que sobrevivir a la fragmentación: exige gestionarla activamente. Exige reconocer que Nenina Lescano y Fernando Ragone no son adversarios sino portadores de dos memorias igualmente legítimas que necesitan encontrar un lenguaje común para coexistir dentro de las mismas instituciones. Exige que las generaciones más jóvenes comprendan la profundidad existencial de las posiciones de sus mayores, y que los veteranos comprendan que las generaciones más jóvenes no son menos comprometidas sino portadoras de una memoria construida en condiciones históricas diferentes.

Halbwachs nos recuerda que la memoria vive mientras haya grupos que la sostengan. La tarea de 2026 —en los meses que preceden al 24 de marzo, en la semana del cincuentenario, en el largo trabajo que sigue después— es mantener vivos esos grupos, con todas sus tensiones adentro, para que la memoria no quede reducida a un monumento sino que siga siendo lo que ha sido en los mejores momentos del movimiento salteño: un protocolo activo, un gesto corporal de refiliación democrática, una práctica de cuidado colectivo que impide que el horror vuelva a repetirse.

 

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Referencia teórica central: Maurice Halbwachs, Los marcos sociales de la memoria (1925) y La memoria colectiva (póstuma, 1950).

domingo, 15 de febrero de 2026

50 años 50 acciones. La campaña de las organizaciones de derechos humanos de Argentina en el contexto de los 50 años del Golpe Militar Civico y Ecleciástico

 

La memoria como acción: Argentina frente a sus 50 años

A medio siglo del golpe de Estado de 1976, Argentina atraviesa un momento paradójico. Mientras el calendario marca la distancia histórica que debería facilitar la reflexión serena, el presente político reabre heridas que muchos creían cerradas. En febrero de 2026, un conjunto de organizaciones de derechos humanos lanza la campaña "50 años ~ 50 acciones", un llamado que trasciende la conmemoración para convertirse en un acto de resistencia cultural.

Logo acordado por la organizaciones


El documento "manifiesto" de la Organizaciones de DDHH de Argentina

Recordar no es suficiente

Durante décadas, el "Nunca Más" funcionó como un consenso nacional: una promesa colectiva de que los horrores del terrorismo de Estado no se repetirían. Sin embargo, las organizaciones firmantes —entre ellas Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, H.I.J.O.S. y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos— advierten que ese consenso está en riesgo. Frente a un gobierno que describen como "negacionista", la memoria deja de ser un ejercicio nostálgico para transformarse en una herramienta de disputa política.

Lo novedoso de esta campaña es su estrategia. No propone un acto masivo en Plaza de Mayo, sino "una gran marea nacional" donde cada comunidad, cada barrio, cada grupo genere sus propias acciones. Es la memoria territorializada: el Siluetazo en una plaza de provincia, un mural en una escuela rural, una proyección en el frente de un municipio. La consigna es clara: el "Nunca Más" no se construye desde un centro que irradia, sino desde múltiples focos que se encienden simultáneamente.

Creatividad contra el olvido

El documento habla de mantener "encendidas las llamas" del legado de los 30.000 desaparecidos. Esa imagen —la llama que se transmite de mano en mano— captura la esencia de la propuesta: ante la ausencia física de muchos referentes históricos, la memoria debe volverse viral, contagiosa, capaz de reinventarse en cada generación.

Aquí aparece un giro interesante. Las organizaciones no piden repetir mecánicamente las formas de protesta del pasado, sino que invitan a la creatividad política. Mencionan acciones históricas como el Siluetazo o Plantar Memoria, pero las ofrecen como inspiración, no como molde. La juventud de 2026 tiene herramientas que no existían en los 70 o los 80: las redes sociales, los recursos audiovisuales, las plataformas digitales. El desafío es usar esas herramientas para que la memoria circule, se viralice, dispute sentido en el ecosistema mediático actual.

La batalla de los relatos

Detrás de esta campaña late una pregunta urgente: ¿quién tiene el poder de contar la historia? Cuando el Estado intenta reescribir el pasado, cuando aparecen discursos que minimizan o justifican la dictadura, las organizaciones de derechos humanos entienden que están librando una batalla narrativa. No se trata solo de preservar archivos o testimonios, sino de mantener viva una interpretación ética de lo ocurrido.

El sociólogo Michael Pollak estudió cómo las memorias "subterráneas" —aquellas que el poder oficial intenta silenciar— resisten y eventualmente emergen. La campaña "50 años ~ 50 acciones" es precisamente eso: una estrategia para que la memoria de las víctimas no quede relegada a museos o ceremonias protocolares, sino que habite el espacio público, interpele a los transeúntes, genere conversaciones incómodas.

Una ética del cuidado colectivo

Lo que distingue a este movimiento es su comprensión de la memoria como responsabilidad compartida. No se trata de que los organismos históricos carguen solos con ese peso, sino de distribuirlo entre toda la sociedad. Cada acción, por pequeña que sea, contribuye a mantener vivo el legado. Cada joven que aprende, cada familia que conversa, cada comunidad que se organiza, fortalece el tejido que sostiene el "Nunca Más".

La filósofa Diana Maffía señalaría que esta propuesta descentralizada construye poder desde la horizontalidad. No hay un líder único que dicte la forma correcta de recordar, sino una red de voces que se potencian mutuamente. El uso del lenguaje inclusivo ("Compañerxs"), la invitación a la diversidad de expresiones, todo apunta a una memoria democrática, plural, viva.

El desafío de transmitir

A 50 años del golpe, Argentina enfrenta el desafío generacional más significativo: ¿cómo transmitir una experiencia límite a quienes no la vivieron? Los sobrevivientes envejecen, los testimonios directos se vuelven menos frecuentes. Sin embargo, las organizaciones insisten en que el legado no depende de la presencia física de sus portadores originales, sino de la capacidad colectiva de mantener encendida esa llama.

Esta campaña propone que la memoria no es un museo donde se conserva el pasado intacto, sino un laboratorio donde se experimenta con nuevas formas de hacerlo presente. Cada generación debe encontrar su propio lenguaje para decir "Nunca Más", su propia manera de conectar con ese dolor fundante que marcó la historia del país.

Memoria y futuro

La campaña "50 años ~ 50 acciones" nos recuerda que la memoria no mira solo hacia atrás. Recordar los crímenes de la dictadura no es un ejercicio de venganza ni de melancolía, sino una forma de cuidar el presente y el futuro. Como afirma el documento, "la única lucha que se pierde es la que se abandona". En tiempos de adversidad política, mantener viva la memoria es un acto de resistencia, pero también de esperanza.

Argentina llega a este aniversario dividida, tensionada por lecturas contrapuestas de su historia reciente. Pero en medio de esa tensión, las organizaciones de derechos humanos proponen algo fundamental: que cada ciudadano, cada comunidad, se convierta en guardián activo de la memoria colectiva. No se trata de imponer una verdad oficial, sino de defender el derecho a recordar, a preguntarse, a construir un futuro donde la dignidad humana sea innegociable.

Cincuenta años después, el "Nunca Más" sigue siendo una tarea pendiente, no un logro cumplido. Y tal vez esa sea su mayor fortaleza: mientras haya quienes se nieguen a olvidar, mientras existan voces que mantengan encendida esa llama, la memoria seguirá siendo un acto de construcción colectiva, una forma de decir que el horror no tendrá la última palabra.

viernes, 13 de febrero de 2026

Análisis Institucional y Estratégico: Tensión Constitutiva en Redes de DDHH


ASOCIACIÓN MIGUEL RAGONE — SALTA

Análisis y Propuesta para la Red contra la Violencia Institucional

Inteligencia Política para una Red que Nace:

Cómo no perderse en el primer caso que llega

Este texto es una propuesta de la Asociación Miguel Ragone de Salta, elaborada a partir de décadas de experiencia en derechos humanos y memoria institucional en el NOA. Lo ponemos a disposición de la Red contra la Violencia Institucional como aporte fraterno para su etapa constitutiva.

Sintesis 


 

1. El primer caso como espejo

Una abogada militante, agredida por la policía en una protesta por la Ley de Glaciares, pide a la Red que difunda su testimonio. No quiere hacer denuncia judicial. No acepta contacto físico. Solo quiere que su voz circule. Varios miembros sienten el impulso de ayudar de inmediato. Eso es exactamente lo que hay que examinar antes de actuar.

Este caso no es una anécdota. Es el primer analizador institucional de la Red: revela, en miniatura, la tensión fundacional entre lo que la organización quiere ser y lo que el entorno le exige ser desde el primer día.

2. El peligro del voluntarismo bien intencionado

Las organizaciones que nacen para combatir la violencia estatal enfrentan, casi sin excepción, la misma trampa: la presión de demostrar que existen las lleva a responder todo, a cualquier costo, con los recursos que no tienen. El sociólogo Philip Selznick llamó a esto desplazamiento de fines: la organización se formó para combatir estructuralmente la violencia (fin político), pero la urgencia la convierte en una agencia de socorro individual (fin asistencial). Una cosa no es mejor que la otra; son simplemente distintas, y confundirlas destruye a ambas.

Enrique Pichon-Rivière describió este fenómeno en los grupos operativos como fantasía de omnipotencia: la ilusión de que la voluntad militante puede suplir la falta de recursos técnicos, legales y económicos. Es un mecanismo de defensa comprensible frente a la angustia que genera enfrentarse al aparato represivo del Estado. Pero actuar desde esa fantasía lleva al agotamiento de los militantes y a la frustración de las víctimas, que ven promesas que la organización no puede cumplir.

3. Lo que enseña la historia

La experiencia de los organismos de derechos humanos en Argentina ofrece lecciones precisas sobre cómo gestionar esta tensión:

      El CELS nunca rechazó lo individual, pero lo politizó. Cada caso era seleccionado por su capacidad de revelar un patrón sistemático: el llamado "caso testigo". Sin denuncia formal, un caso pierde potencia de litigio estratégico y se convierte en un testimonio válido éticamente, pero ineficaz políticamente para cambiar estructuras.

      Las Madres de Plaza de Mayo partieron de la búsqueda individual ("mi hijo"), pero su salto político fue la colectivización: "Todos son nuestros hijos". Pasaron del duelo privado a la impugnación pública del régimen. Una red que se queda en la contención anímica de la víctima reproduce la lógica del duelo privado.

      En Salta hemos visto, una y otra vez, cómo organizaciones sociales bienintencionadas terminaron siendo gestoras del dolor tercerizado por el Estado, perdiendo su filo crítico por no haber definido a tiempo qué eran y qué no eran.

 

4. La asimetría que no se puede ignorar

El Estado provincial tiene el monopolio legítimo de la fuerza (Weber), presupuesto, estructura policial, tiempo burocrático infinito y capacidad de desgaste. La Red tiene capital simbólico, tiempo voluntario y redes sociales. Esta asimetría es brutal y debe planificarse desde ella, no ignorarse.

En este contexto, difundir una nota sin verificación y sin respaldo judicial puede destruir la credibilidad de la Red en su primer mes de vida. Un solo error —una información incorrecta, una demanda por calumnias sin la víctima como parte— y el adversario habrá ganado sin disparar un tiro.

5. Qué hacer: cinco pasos concretos

Paso 1 — Difundir con encuadre político, no a ciegas.

Si se decide difundir el testimonio, hacerlo bajo la voz de la Red, no como ventriloquia de la víctima. El formato debe ser: "Recibimos y difundimos este testimonio. Desde la Red señalamos que este relato es síntoma de la violencia sistemática de las fuerzas de seguridad." Agregar siempre una cláusula explícita: "La Red no representa legalmente a la afectada ni ha verificado pericialmente los hechos, pero defiende el derecho a la protesta y a la libertad de expresión."

Paso 2 — Derivar con responsabilidad.

Acompañar a la víctima no significa sustituir al Estado: significa exigirle que actúe. La Red debe proveer de inmediato los contactos de: Secretaría de Derechos Humanos de la Nación (Delegación Salta), Fiscalía de Derechos Humanos del Ministerio Público Fiscal, Comité Provincial para la Prevención de la Tortura (si está operativo) y el Colegio de Abogados de Salta —que tiene obligación gremial de amparar a una colega agredida en el ejercicio de su profesión.

Paso 3 — Convocar una asamblea interna urgente.

Este caso debe ser el disparador de una conversación pendiente: ¿somos una ONG de asistencia a víctimas o un movimiento político de denuncia? La pregunta no tiene una respuesta incorrecta, pero sí exige una respuesta honesta. Sin ella, cada caso nuevo generará el mismo debate agotador. La asamblea debe producir un acuerdo escrito sobre el tipo de organización que son.

Paso 4 — Redactar un Protocolo de Intervención.

Para evitar que cada caso se convierta en una crisis interna, establecer por escrito un criterio de selección: por ejemplo, "la Red acompañará públicamente solo los casos en que exista denuncia formal ante organismos competentes". Las excepciones deben ser votadas por mayoría calificada, no decididas por la emoción del momento.

Paso 5 — Cuidar la herramienta.

Una Red que se expone legalmente por un tercero que no se compromete deja de existir, y con ella deja de ayudar a cualquiera. Cuidar la organización no es egoísmo institucional: es condición de posibilidad de la lucha.

 

Cierre: la memoria como brújula estratégica

Miguel Ragone fue un hombre de Estado y de militancia que entendía las estructuras de poder. Su desaparición fue posible porque esas estructuras operan desde las sombras y con complicidades judiciales. Enfrentarlas hoy requiere lo mismo que requería entonces: organización, límites claros y frialdad estratégica.

Honrar esa memoria no es solo proclamar sus valores: es practicar la inteligencia política que él mismo ejercía. No sean la ambulancia del sistema. Sean los arquitectos de una nueva legalidad.

Asociación Miguel Ragone

Salta, febrero de 2026

Para la Red contra la Violencia Institucional del NOA



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Memoria, Verdad y Justicia

Análisis Institucional y Propuesta Operativa

La Asociación Miguel Ragone, como organismo histórico de Derechos Humanos en Salta, entiende que la violencia institucional no es un hecho aislado, sino una práctica sistemática que requiere una respuesta organizada y estratégica.

"Nuestra propuesta para la Red contra la violencia institucional de Salta busca profesionalizar el abordaje de las denuncias, garantizando que el acompañamiento a las víctimas no comprometa la integridad de las organizaciones participantes."

Ejes de Intervención Ragone

🛡️

Protección Legal

Sistematización de la prueba y acompañamiento en procesos judiciales para evitar la impunidad.

📢

Impacto Político

Transformar el caso individual en una demanda colectiva que presione a los poderes del Estado.

🤝

Articulación en Red

Coordinación de recursos entre organizaciones para evitar la saturación institucional.

Simulador de Toma de Decisiones

Herramienta dinámica para determinar el nivel de exposición de la Red contra la violencia institucional de Salta según la naturaleza del caso.

Paso 1: Estado Legal

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Metodología de Balance

Nuestra experiencia indica que para que la Red contra la violencia institucional de Salta sea sostenible, debe equilibrar sus acciones según la capacidad técnica instalada:

  • Derivación Responsable: 65% del flujo (Saturación evitada).
  • Litigio Estratégico: 25% del flujo (Impacto legal).
  • Acción Política Directa: 10% del flujo (Visibilización).

Carga Operativa Recomendada

AMR

Asociación Miguel Ragone de Salta

Este documento interactivo es una herramienta de apoyo para la gestión de la Red contra la violencia institucional de Salta. Producido por la Asociación Miguel Ragone.

Mil Pasos por Ragone: Si hemos servido, volveremos

  Por Fernando Pequeño Ragone, Asistido con NotebookLM y Claude [i] Salta, 10 de marzo de 2026 Contenidos   Introducción:El mapa que c...