La memoria como acción: Argentina frente a sus 50 años
A medio siglo del golpe de Estado de 1976, Argentina atraviesa un momento paradójico. Mientras el calendario marca la distancia histórica que debería facilitar la reflexión serena, el presente político reabre heridas que muchos creían cerradas. En febrero de 2026, un conjunto de organizaciones de derechos humanos lanza la campaña "50 años ~ 50 acciones", un llamado que trasciende la conmemoración para convertirse en un acto de resistencia cultural.
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| Logo acordado por la organizaciones |
El documento "manifiesto" de la Organizaciones de DDHH de Argentina
Recordar no es suficiente
Durante décadas, el "Nunca Más" funcionó como un consenso nacional: una promesa colectiva de que los horrores del terrorismo de Estado no se repetirían. Sin embargo, las organizaciones firmantes —entre ellas Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, H.I.J.O.S. y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos— advierten que ese consenso está en riesgo. Frente a un gobierno que describen como "negacionista", la memoria deja de ser un ejercicio nostálgico para transformarse en una herramienta de disputa política.
Lo novedoso de esta campaña es su estrategia. No propone un acto masivo en Plaza de Mayo, sino "una gran marea nacional" donde cada comunidad, cada barrio, cada grupo genere sus propias acciones. Es la memoria territorializada: el Siluetazo en una plaza de provincia, un mural en una escuela rural, una proyección en el frente de un municipio. La consigna es clara: el "Nunca Más" no se construye desde un centro que irradia, sino desde múltiples focos que se encienden simultáneamente.
Creatividad contra el olvido
El documento habla de mantener "encendidas las llamas" del legado de los 30.000 desaparecidos. Esa imagen —la llama que se transmite de mano en mano— captura la esencia de la propuesta: ante la ausencia física de muchos referentes históricos, la memoria debe volverse viral, contagiosa, capaz de reinventarse en cada generación.
Aquí aparece un giro interesante. Las organizaciones no piden repetir mecánicamente las formas de protesta del pasado, sino que invitan a la creatividad política. Mencionan acciones históricas como el Siluetazo o Plantar Memoria, pero las ofrecen como inspiración, no como molde. La juventud de 2026 tiene herramientas que no existían en los 70 o los 80: las redes sociales, los recursos audiovisuales, las plataformas digitales. El desafío es usar esas herramientas para que la memoria circule, se viralice, dispute sentido en el ecosistema mediático actual.
La batalla de los relatos
Detrás de esta campaña late una pregunta urgente: ¿quién tiene el poder de contar la historia? Cuando el Estado intenta reescribir el pasado, cuando aparecen discursos que minimizan o justifican la dictadura, las organizaciones de derechos humanos entienden que están librando una batalla narrativa. No se trata solo de preservar archivos o testimonios, sino de mantener viva una interpretación ética de lo ocurrido.
El sociólogo Michael Pollak estudió cómo las memorias "subterráneas" —aquellas que el poder oficial intenta silenciar— resisten y eventualmente emergen. La campaña "50 años ~ 50 acciones" es precisamente eso: una estrategia para que la memoria de las víctimas no quede relegada a museos o ceremonias protocolares, sino que habite el espacio público, interpele a los transeúntes, genere conversaciones incómodas.
Una ética del cuidado colectivo
Lo que distingue a este movimiento es su comprensión de la memoria como responsabilidad compartida. No se trata de que los organismos históricos carguen solos con ese peso, sino de distribuirlo entre toda la sociedad. Cada acción, por pequeña que sea, contribuye a mantener vivo el legado. Cada joven que aprende, cada familia que conversa, cada comunidad que se organiza, fortalece el tejido que sostiene el "Nunca Más".
La filósofa Diana Maffía señalaría que esta propuesta descentralizada construye poder desde la horizontalidad. No hay un líder único que dicte la forma correcta de recordar, sino una red de voces que se potencian mutuamente. El uso del lenguaje inclusivo ("Compañerxs"), la invitación a la diversidad de expresiones, todo apunta a una memoria democrática, plural, viva.
El desafío de transmitir
A 50 años del golpe, Argentina enfrenta el desafío generacional más significativo: ¿cómo transmitir una experiencia límite a quienes no la vivieron? Los sobrevivientes envejecen, los testimonios directos se vuelven menos frecuentes. Sin embargo, las organizaciones insisten en que el legado no depende de la presencia física de sus portadores originales, sino de la capacidad colectiva de mantener encendida esa llama.
Esta campaña propone que la memoria no es un museo donde se conserva el pasado intacto, sino un laboratorio donde se experimenta con nuevas formas de hacerlo presente. Cada generación debe encontrar su propio lenguaje para decir "Nunca Más", su propia manera de conectar con ese dolor fundante que marcó la historia del país.
Memoria y futuro
La campaña "50 años ~ 50 acciones" nos recuerda que la memoria no mira solo hacia atrás. Recordar los crímenes de la dictadura no es un ejercicio de venganza ni de melancolía, sino una forma de cuidar el presente y el futuro. Como afirma el documento, "la única lucha que se pierde es la que se abandona". En tiempos de adversidad política, mantener viva la memoria es un acto de resistencia, pero también de esperanza.
Argentina llega a este aniversario dividida, tensionada por lecturas contrapuestas de su historia reciente. Pero en medio de esa tensión, las organizaciones de derechos humanos proponen algo fundamental: que cada ciudadano, cada comunidad, se convierta en guardián activo de la memoria colectiva. No se trata de imponer una verdad oficial, sino de defender el derecho a recordar, a preguntarse, a construir un futuro donde la dignidad humana sea innegociable.
Cincuenta años después, el "Nunca Más" sigue siendo una tarea pendiente, no un logro cumplido. Y tal vez esa sea su mayor fortaleza: mientras haya quienes se nieguen a olvidar, mientras existan voces que mantengan encendida esa llama, la memoria seguirá siendo un acto de construcción colectiva, una forma de decir que el horror no tendrá la última palabra.

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