Por Fernando Pequeño Ragone,Asistido con NotebookLM y Claude [i]
Por Fernando Pequeño Ragone,
Salta, 10 de marzo de 2026
Contenidos
I.Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no puede ser estática
II.Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El espacio íntimo como archivo político
III.En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de Arredez: Donde cayó
IV.Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico: Memoria, burocracia y futuro
Conclusión:Cincuenta años no son nada si la memoria se trabaja
Introducción: El mapa que caminamos
Hoy es martes 10 de marzo de 2026. Mañana se cumplen cincuenta años del secuestro y desaparición forzada de mi abuelo, Miguel Ragone, exgobernador de Salta. Caminamos. No marchamos. No desfilamos. Caminamos, que es distinto. Caminar es reconstruir con los pies lo que la memoria tiene el riesgo de archivar y olvidar.
La caminata que llamamos Mil Pasos
por Ragone convoca hoy, un día antes de la conmemoración oficial, a
militantes, periodistas y miembros de organizaciones de derechos humanos. El
itinerario no es caprichoso: es una cartografía del crimen y de la resistencia.
Comenzamos en las escalinatas del Monumento a Güemes, frente al Juzgado Federal
3, donde la justicia debería ser el testigo permanente de lo que ocurrió. Desde
allí avanzamos hacia el Pasaje Puló 146, la casa donde vivió mi abuelo, la casa
de mi familia. Luego el corazón del recorrido: el Pasaje del Milagro, frente al
almacén del fallecido Arredez, el sitio exacto donde Miguel Ragone cayó. Y
cerramos al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973, en el Paseo
Güemes, frente al Club 20 de Febrero.
Este recorrido no es solo un homenaje.
Es una herramienta. Una herramienta de auditoría ética y política en un momento
histórico que nos exige la mayor claridad: vivimos bajo un gobierno nacional
que transitó del negacionismo abierto a la reivindicación explícita del
terrorismo de Estado. Vivimos bajo un gobierno salteño que impulsa el
extractivismo —particularmente la actividad minera— como modelo de desarrollo,
entregando el territorio a unos pocos, alineado completamente con esa lógica
nacional de vaciamiento institucional. En este contexto, caminar por donde
caminó Ragone no es nostalgia. Es resistencia.
Llevo veinte años en este trabajo de
memoria y reconstrucción. "Yo estoy hace 20 años en esta memoria y
reconstruyendo y todos los días también de alguna manera haciendo un duelo,
¿no? porque nunca termina de pasar". Eso digo cuando alguien me
pregunta cómo llevo esto. No termina de pasar porque no está terminado. El
régimen que mató a mi abuelo no está liquidado; se transformó. Y nosotros, hoy,
lo nombramos.
I. Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no
puede ser estática
Las escalinatas del Monumento a Güemes
tienen una gravedad particular esta mañana. El cielo salteño es limpio, de ese
azul intenso que parece indiferente a lo que ocurre bajo él. A mis espaldas
está el Juzgado Federal 3: el edificio donde se procesó, décadas después, una
parte de la responsabilidad jurídica por lo que ocurrió con mi abuelo. Frente a
mí, la gente que eligió estar aquí. Eso me sostiene.
Andrés Gauffin, periodista y docente de
la Universidad Católica de Salta, miembro de la Asociación de Periodistas, toma
la palabra. Escucharlo siempre me genera algo parecido a la gratitud
intelectual: Andrés no habla de Ragone como si lo lamentara; habla de él como
si lo analizara, y esa diferencia es fundamental para nosotros, para los que no
queremos un panteón sino una comprensión.
Su núcleo argumental es claro: "La
memoria que tenemos que guardar la tenemos que recrear, renovar... no puede ser
algo estático, sino que se tiene que reverdecer siempre". La imagen
del reverdecimiento me parece exacta. Una planta que no se riega se seca
aunque haya sido poderosa. La memoria es un ser vivo que requiere trabajo,
presencia, cuestionamiento. Gauffin propone el método periodístico de Rodolfo
Walsh —volver al lugar de los hechos— como el motor de esa renovación. Ver con
los propios ojos, pisar la baldosa, mirar el almacén que todavía existe. Eso
genera preguntas nuevas sobre una historia que, aunque tenga condenas
judiciales, sigue abierta políticamente.
Vincula el crimen de mi abuelo con un
cambio estructural en el mapa político de Salta y subraya la necesidad de
entender este magnicidio en conexión con los asesinatos previos de otros
militantes: Fronda, Burgos. No fue un hecho aislado. Fue una cadena. En
términos de Elizabeth Jelin, Gauffin actúa aquí como un emprendedor de la
memoria: alguien que realiza un trabajo constante de actualización de
sentidos, que se niega a que la figura de Ragone sea una pieza estática del
pasado. Gauffin no construye un monumento; construye un mapa dinámico para las
nuevas generaciones.
También interviene Blanca Lescano, referente histórica de los derechos humanos en Salta, hija de un desaparecido del Operativo Independencia. Su interlocución tiene la autoridad de quien también carga una herida. Blanca introduce una exigencia analítica que el documento de la caminata registra con nitidez: "Si no ligamos los dos golpes de estado y los años... en el medio, no vamos a entender realmente por qué en esa etapa... se mató tanta gente". El secuestro de mi abuelo ocurrió en democracia, el 11 de marzo de 1976, catorce días antes del golpe. Comprender eso exige mirar el período 1973-1975 con la misma intensidad con que miramos la dictadura.
El Operativo Independencia, el Pozo de
Vargas en Tucumán —treinta metros de profundidad, entre ciento diez y ciento
veinte restos identificados, aproximadamente veinte sin identificar—, las
brigadas clandestinas que operaban con la anuencia del Estado: todo eso ya
existía. La represión no empezó el 24 de marzo de 1976. Empezó antes, y el
crimen de Ragone es parte de esa prehistoria que el relato oficial ha preferido
silenciar. Michael Pollak diría que estos silencios son memorias subterráneas
que la historia oficial intenta estabilizar. Hoy, al pie del Monumento a
Güemes, las sacamos a la superficie.
II. Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El
espacio íntimo como archivo político
Llegar a la casa de mi abuelo en el
Pasaje Puló 146 es siempre una experiencia contradictoria. Me sucede lo mismo
que cuando intento explicar lo inexplicable: hay una satisfacción al ver que la
gente viene, que el recorrido tiene sentido colectivo; y hay una angustia que
no cede, un duelo permanente que se mitiga con la compañía pero que nunca
desaparece. Esta casa fue construida hacia fines de la década de 1950. Antes de
1976, era un espacio de reuniones masivas, festejos de hasta cincuenta
personas, principalmente de la familia extendida de origen italiano. Después
del golpe, esas reuniones cesaron definitivamente.
Andrés Gauffin guía la reflexión con una
herramienta pedagógica que reconozco como eficaz porque la he visto funcionar
con estudiantes: el Peugeot amarillo. "Yo siempre me imagino cuando
hago la actividad con los alumnos, yo les digo que Ragone es con un Peugeot
amarillo". Un auto cotidiano, concreto, con color. No una estatua. Un
médico que conducía un Peugeot amarillo por las calles de Salta y que tenía,
además, una vocación de poder clara y legítima. Eso es lo que los procesos
represivos intentan borrar: la humanidad política del sujeto que eliminan.
Porque mi abuelo no era solo una
víctima. Era un político con proyecto. Gauffin señala que apenas cuatro días
antes de su desaparición, Ragone había decidido presentarse en las elecciones
internas del partido, buscando recuperar la presidencia del PJ salteño para
proyectarse nuevamente hacia la gobernación. "Él tenía vocación de
poder... quería volver a ser presidente del PJ o ser presidente del PJ para
después ser gobernador en ese proyecto. Ahí lo matan". Ahí lo matan.
Esa secuencia temporal —cuatro días— es la prueba más contundente del carácter
estrictamente político del crimen.
La composición ideológica del entorno de
Ragone era notable en su diversidad: militantes del PRT como Chicho Gallardo,
integrantes de Montoneros, sectores de la derecha peronista tradicional,
funcionarios institucionales como Hortensia Porcel. Esa capacidad de articular
fuerzas diversas era, según Gauffin, tanto su fortaleza como su peligrosidad
para los poderes establecidos. Un político que tendía puentes entre sectores
contrapuestos era un político difícil de contener.
Esta casa recibió también, en años más
recientes, visitas que marcaron la historia política argentina. Néstor Kirchner
estuvo aquí, en calidad de presidente, y utilizó el comedor de la casa para
hacer declaraciones sobre el cambio institucional del país. También Eduardo
Luis Duhalde visitó esta sala. La casa de un gobernador desaparecido se
convirtió, con el tiempo, en un sitio de memoria y de política viva. Siguiendo
a Ludmila Catela da Silva, la territorialización de la memoria ocurre
precisamente en este desplazamiento: el espacio físico se transforma en un
documento que ancla la subjetividad política de quienes lo habitan y lo
visitan.
Hay una memoria que se teje en paralelo
a la del gobernador y que merece ser nombrada en este mismo espacio: la de
Lucía Ragone, su hermana. Elena, licenciada en Trabajo Social y excolega de
Lucía en el área de salud pública, la evoca durante la caminata con una
precisión que sacude. En los años ochenta, cuando el VIH/SIDA era todavía un
estigma sin nombre oficial en Salta, cuando el miedo paralizaba a los equipos
de salud y la falta de protocolos dejaba a los enfermos sin asistencia ni
atención, Lucía Ragone estaba allí. Elena lo dice sin adornos: "Nosotros
somos el equipo que hemos encontrado la gran cantidad de personas que no
estaban siendo asistidas ni atendidas". Esa frase condensa una ética
que no necesita panfleto. Lucía recorría los márgenes de la provincia —sus
suburbios, sus silencios sanitarios— para llegar a quienes el sistema no quería
ver. La ética médica de Miguel Ragone no murió con él en el Pasaje del Milagro;
sobrevivió en su hermana, en los pasillos de los hospitales públicos, en la
disposición de dar la cara cuando el miedo dominaba. Diana Maffia diría que
esta es una subjetividad política construida desde la ética del cuidado: una
forma de resistencia que no ocupa las tribunas pero que sostiene el tejido
social desde adentro, desafiando las lógicas de poder que durante la represión
y también en la democracia prefirieron mirar hacia otro lado.
Marcelo López Arias, exfuncionario
judicial y estrecho colaborador del proyecto político de Ragone en 1973, aporta
una dimensión que me parece crucial para entender a mi abuelo más allá de la
victimología: la reforma institucional como práctica política. Ragone lo nombró
Defensor Oficial Penal con una misión estratégica explícita: "Yo quiero
que usted se haga defensor oficial penal para que me ayude a controlar la
policía con todas las cosas que han hecho". López Arias describe esa
labor como inspecciones a las comisarías a medianoche, una auditoría permanente
sobre el aparato represivo. Él mismo lo define, retrospectivamente, como "la
antesala del comité para la prevención de la tortura". Mi abuelo
estaba construyendo, en 1973, un mecanismo de control democrático sobre la
violencia policial, décadas antes de que eso se convirtiera en política
nacional.
III. En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de
Arredez: Donde cayó
Estamos parados en el lugar exacto.
Frente al almacén que perteneció al fallecido Arredez, en el Pasaje del
Milagro. Este almacén sigue aquí, como un testigo mudo que no puede hablar pero
tampoco puede irse. Aquí fue donde el Peugeot 504 gris de mi abuelo quedó
detenido el 11 de marzo de 1976. Aquí fue donde lo interceptaron.
Yo digo lo que sé y lo que siento: "Donde
estamos parados es justamente el lugar en el que él cayó". Y agrego lo
que más importa: "Miguel Ragone sí lo mataron, pero todos los que
estamos nosotros presentes acá... sembramos cosas permanentemente". La
presencia aquí es un acto político. No estamos de visita. Estamos ocupando el
espacio que el crimen quiso vaciar.
Un cronista de noticiero me intercepta.
La entrevista se produce en este punto geográfico de alta carga simbólica.
Describo mis sensaciones como contradictorias. Por un lado, la
satisfacción profunda de ver que la memoria sigue viva, que caminar junto a
compañeros permite recrear el recorrido cotidiano de mi abuelo como una forma
de pregunta desde el presente. Por otro lado, la persistencia de un duelo
permanente y una angustia que solo se mitiga con la compañía colectiva.
El periodista me pregunta por la figura
jurídica de mi abuelo: ¿asesinado o desaparecido? Navego esa complejidad con
honestidad. Como asesinado, soy tajante: a Miguel Ragone lo mataron. Esa
certeza se apoya en los relatos de testigos que vieron el ataque en esta
esquina, que vieron el cuerpo herido del comerciante Arredez cuando intentó
ayudarlo. Como desaparecido, reconozco que política y jurídicamente Ragone
sigue siendo esa figura, la que en Argentina posee un valor simbólico
fundamental: el cuerpo ausente que genera una necesidad permanente de
búsqueda y de duelo.
Esa condición me llevó a buscar un sitio
para el duelo, independientemente de la resolución judicial. Y encontré algo.
Pude cerrar muchas cosas gracias al testimonio de un testigo arrepentido, un
policía que tenía veinte años en el momento del operativo. Su relato: tras
abandonar el auto en Cerrillos, se formó una caravana que avanzó hacia el Dique
Cabra Corral. El cuerpo de mi abuelo habría sido colocado en un cajón de
cemento. Ese cajón fue desplazado desde una de las orillas del puente y
arrojado al fondo del espejo de agua. Critico que el exjuez Medina descartó
este testimonio de la investigación oficial. Para la justicia, ese relato no
tiene validez jurídica. Para mí, representó un hito que me permitió vincular la
vida con la muerte en ese paisaje. A veces la verdad judicial y la verdad
humana no coinciden.
Blanca Lescano interviene para ampliar
el encuadre político de la desaparición. Ella vincula lo ocurrido con mi abuelo
directamente con el Operativo Independencia: "La hipótesis realmente de
lo de Ragone en el contexto político de Argentina... pertenecía a lo que era el
operativo de independencia". Lo que ocurrió aquí, en este Pasaje del
Milagro, no fue un hecho local y aislado. Fue parte de una gestión represiva
que ya se había legalizado formalmente en 1975 bajo el mando de figuras como
Antonio Domingo Bussi.
Blanca habla también de su propio padre.
Desapareció apenas dos días después del golpe, con características idénticas a
las de Ragone. Pero a diferencia del caso salteño, los investigadores en
Tucumán lograron identificar sus restos en el Pozo de Vargas. Para Blanca, ese
sitio es el símbolo de lo que la identificación puede significar frente a la
incertidumbre de la desaparición. Y dice algo que me resuena hondo: la falta de
un cuerpo no anula la identidad política del sujeto desaparecido. La hace permanente.
Marcelo López Arias interviene con la
dimensión político-institucional del colapso del gobierno de Ragone en
1974-1975. Identifica al diario El Tribuno y a sectores de la derecha peronista
como actores que deslegitimaron activamente al gobierno antes de la
intervención federal. Nombra a Roberto Romero como uno de los principales
beneficiarios políticos de la caída de Ragone. Y critica la hipocresía del
decreto de intervención que alegaba "acefalía" cuando el poder
había sido activamente socavado: "El decreto de intervención de la
provincia tiene la hipocresía... de decir que se decreta la intervención de la
provincia por la acefalía". No hubo vacío de poder. Hubo despojo.
IV. Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico:
Memoria, burocracia y futuro
Este último tramo de la caminata se
carga de una tensión diferente. Blanca Lescano expresa lo que muchos sentimos
pero no siempre decimos con esta claridad: la institucionalización de la
memoria en la Subsecretaría de Derechos Humanos ha vaciado de contenido
político la lucha, convirtiéndola en una "lectura lavadita y
romántica" que ignora a los familiares vivos. Critica la falta de
firma política de las nuevas generaciones de gestores, que prefieren el refugio
de lo académico sobre el compromiso militante: "Todo lo académico, pero
no la firma política". Y lanza una frase que duele porque es exacta: "Parece
que como ya no pueden cobrar no les sirve la memoria".
El diálogo en este punto final revela lo
que Elizabeth Jelin llamaría una disputa por el capital simbólico de la
memoria: entre quienes la gestionan desde el Estado y quienes la exigen desde
la familia y la militancia. Los primeros buscan una memoria que trascienda
a los familiares —lo que en los hechos significa despojarlos de su centralidad
y de su exigencia de justicia—. Los segundos sostenemos que la memoria sin
exigencia ética es decoración. Pollak diría que la gestión institucional del
silencio busca precisamente neutralizar las memorias subterráneas de los
familiares para imponer una narrativa estatal controlada.
También en este punto Gauffin cierra su
aporte pedagógico con una síntesis que me parece justa: mientras Blanca Lescano
y yo lidiamos con la parálisis burocrática y el deterioro físico de los
testigos históricos, Gauffin apuesta a la difusión masiva y al relevo
generacional. Su discurso integra la anécdota biográfica con el análisis
macropolítico, asegurando que la figura de mi abuelo no sea solo un recuerdo de
mayores, sino un motor de conciencia ciudadana para el futuro.
Conclusión: Cincuenta años no son nada si la
memoria se trabaja
Cuando termina la caminata y la gente se dispersa lentamente por el Paseo Güemes, quedo unos minutos parado mirando la Cruz. Pienso en lo que significa estar aquí hoy, en 2026, cincuenta años después. Pienso en lo que Gauffin dijo al comienzo: la memoria debe reverdecerse. No puede ser un monumento. No puede ser una fecha en el calendario. Debe ser una praxis, un método, una pregunta que se renueva.
La caminata de los Mil Pasos por Ragone
es exactamente eso. Es la aplicación concreta de lo que Gauffin llama el
retorno al lugar de los hechos: volver físicamente, pisar la tierra, mirar el
almacén de Arredez, pararse frente a la casa de Puló 146, recorrer con el
cuerpo lo que el crimen quiso clausurar. Cada paso es una pregunta. Cada parada
es una respuesta provisoria que genera nuevas preguntas. Así funciona la
memoria activa, según la tradición que venimos trabajando: no como un archivo
sino como un proceso, no como un dato sino como una interpretación que se
actualiza.
La importancia de este acto se
multiplica en el contexto que vivimos. Un gobierno nacional que pasó del
negacionismo a la reivindicación explícita del terrorismo de Estado convierte
cada acto de memoria en un acto de resistencia política. Un gobierno salteño
que entrega el territorio a la minería y el extractivismo, alineado
completamente con esa lógica nacional, reproduce la misma estructura que
denunciaba mi abuelo: pocos que concentran la riqueza mientras la pobreza se
socializa. La dicotomía que Ragone planteaba entre liberación o dependencia,
alineado con el programa de gobierno de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima,
no es historia antigua. Es el mapa del presente.
El régimen desaparecedor de los años setenta no fue liquidado. Se transformó. Hoy se manifiesta en la degradación institucional, en el vaciamiento de los mecanismos de control democrático, en el pragmatismo de jóvenes profesionales del derecho y el periodismo que "negocian con el poder" como si eso fuera una virtud. La democracia "maquillada" que yo denuncio es aquella que tiene las formas pero no los contenidos, que celebra los cincuenta años del golpe con actos protocolares mientras desmantela los organismos que deberían garantizar que eso no vuelva a ocurrir.
Por eso volvemos. Por eso caminamos. Por
eso nos paramos frente al almacén de Arredez y decimos en voz alta: aquí
cayó. Porque nombrar es el primer acto político. Porque como dijo Fernando
Pequeño —que soy yo, que es mi nombre completo cuando hablo para la historia—, "Miguel
Ragone sí lo mataron, pero todos los que estamos nosotros presentes acá...
sembramos cosas permanentemente".
La caminata de los Mil Pasos por Ragone
es una semilla. Una semilla que se planta en la ciudad de Salta, en las
baldosas de sus pasajes, en el asfalto de sus avenidas, en la memoria de
quienes la caminaron y en la de quienes todavía no saben que deberían hacerlo.
Cincuenta años no son un cierre. Son una convocatoria. Si hemos servido,
volveremos.
[i]
Orden Claude: Construye un ensayo extenso (máximo
de 5000 palabras) basado en el documento adjunto sobre la "Caminata de los
Mil Pasos por Ragone". Escribe en primera persona y tiempo presente, desde
la perspectiva del narrador Fernando Pequeño Ragone, con un tono reflexivo,
militante y conmemorativo. El objetivo principal es difundir la caminata como
acto de memoria activa, en el contexto de los 50 años del golpe militar de 1976
en Salta y Argentina. Enfatiza el contraste con el gobierno nacional actual,
que pasó del negacionismo a reivindicar el terrorismo de Estado, y el gobierno
salteño, que impulsa el extractivismo (especialmente minero) para enriquecer a
unos pocos, alineándose totalmente con el nacional.
Estructura obligatoria del
ensayo:
1.
Introducción
(300-400 palabras): Presenta la caminata del martes 10 de marzo de 2026 como
respuesta viva a la memoria de Miguel Ragone, un día antes de la conmemoración
de su asesinato. Contextualiza la espacialidad simbólica del recorrido en
Salta: inicia en las escalinatas del Monumento a Güemes (frente al Juzgado
Federal 3), pasa por la casa de Ragone en Pasaje Puló 146, el sitio del
secuestro en Pasaje del Milagro (frente al almacén de Arredez), y concluye a
los pies de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973 (Paseo Güemes, frente al
Club 20 de Febrero). Vincula esto al panorama político actual de negacionismo y
extractivismo.
2.
Desarrollo
extenso de cada encuentro: Dedica una sección a cada parada, narrando en
primera persona lo vivido. Para cada una:
o
Describe
el sitio con detalle sensorial y simbólico (espacialidad histórica y urbana).
o
Identifica
a los interlocutores clave (nombres, roles: militantes, periodistas, DDHH,
etc.).
o
Desarrolla
extensamente sus intervenciones: cita diálogos literales o parafraseados del
documento, incorpora teorías citadas (e.g., estudios de memoria,
masculinidades, derechos humanos), y comparaciones discursivas presentes.
o
Integra
emociones, memorias colectivas y mi perspectiva personal como narrador.
o
Monumento
a Güemes: Enfoca intervenciones iniciales.
o
Casa
de Ragone (Pasaje Puló 146): Detalla recuerdos íntimos y alocuciones.
o
Pasaje
del Milagro (frente al almacén de Arredez): Recupera extensamente la entrevista
a Fernando Pequeño con Blanca Lescano. Contextualízala en el secuestro
("caída") de Ragone; incorpora alusiones a la línea teórica trabajada
(humanidades, derechos humanos, masculinidades post-hegemónicas).
o
Cruz
del Congreso Eucarístico: Cierra el ciclo con reflexiones eucarísticas y
políticas.
3.
Conclusión
(300-400 palabras): Reflexiona sobre el valor de la caminata en los 50 años del
golpe: como práctica de memoria activa contra el olvido oficial. Alude a la propuesta
de Gauffin sobre cómo trabajar y evocar la memoria (detalla si está en el
documento). Termina con una llamada a la acción militante, proyectando hacia
futuras resistencias al extractivismo y negacionismo.
Estilo y requisitos generales:
- Lenguaje
vívido, narrativo y analítico; usa metáforas urbanas y referencias locales
salteñas.
- Integra
citas textuales del documento entre comillas o en cursiva.
- Mantén
coherencia temporal en presente; incluye transiciones fluidas entre
secciones.
- Evita
repeticiones; enfócate en profundidad emocional e intelectual.
- Formato:
Títulos de secciones con headers (e.g., ### Encuentro en el Monumento a
Güemes).
Usa solo información del
documento adjunto; no inventes datos.










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