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| Org de DDHH participando en la Segunda Marcha Federal Antifascita y Antiracista, Salta. |
Generaciones de militantes de la memoria en Salta
Permanencias y renovaciones en un proceso vivo
Ensayo de divulgación para las
organizaciones integrantes de la Mesa de Derechos Humanos y la Comisión
Provincial de la Memoria de Salta
Salta, febrero de 2026
Contenidos
I.Las fracturas que nos preceden: historia de un movimiento dividido y sinembargo vivo
II. Los marcos sociales de la memoria y la identidad delas generaciones veteranas
III. El posicionamiento intergeneracional: la disidenciade Nenina Lescano como síntoma
IV. El Comité de Prevención de la Tortura: la últimaherramienta genuina
V. Tensiones que no hay que resolver sino procesar:propuestas para evitar la fragmentación
Conclusión: a cincuenta años, la memoria como protocolovivo
Síntesis uno
I. Las fracturas que nos preceden: historia de un
movimiento dividido y sin embargo vivo
La historia del movimiento de derechos humanos en Argentina
es, antes que cualquier otra cosa, una historia de fragmentaciones productivas.
Desde sus orígenes en los años más oscuros de la dictadura, las organizaciones
que dieron voz al horror nunca fueron una sola voz. Fueron muchas, tensionadas
entre sí, a veces incompatibles, y sin embargo capaces de producir —a pesar de
sus diferencias y en muchos casos gracias a ellas— algunos de los logros más
extraordinarios en materia de justicia transicional que el mundo haya conocido.
Recordarlo no es un ejercicio nostálgico: es una advertencia
y una fuente de esperanza. Las Madres de Plaza de Mayo se dividieron en 1986
entre la Asociación y la Línea Fundadora, una ruptura dolorosa que generó
incomprensión y duelo en quienes las miraban desde afuera. Sin embargo, ambas
ramas continuaron su camino con identidades diferenciadas y ambas
contribuyeron, desde lugares distintos, a sostener la memoria cuando el Estado
buscaba enterrarla bajo las leyes de impunidad. La división no las destruyó: las
transformó.
Síntesis dos
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Algo similar ocurrió a lo largo de las décadas con HIJOS,
con APDH, con las distintas agrupaciones de ex presos políticos. Cada
organización construyó su propia lectura del pasado, su propia relación con el
Estado, su propio ritmo de memoria. Hubo momentos en que esas diferencias
parecían insalvables. Y sin embargo, cuando la justicia llegó —cuando los
juicios por crímenes de lesa humanidad comenzaron a producir sentencias— lo
hizo sobre la base de décadas de trabajo sostenido por actores que no siempre
se hablaban, que no siempre se reconocían como aliados, pero que habían
mantenido encendida la llama desde distintos rincones.
En Salta, este proceso tuvo sus propias cadencias. La
Asociación Miguel Ragone, los Familiares de Detenidos Desaparecidos, la Mesa de
Derechos Humanos, la Comisión Provincial de la Memoria: cada una de estas
instituciones lleva en su cuerpo las marcas de esa historia fragmentada y
fecunda. Conocen de primera mano lo que cuesta construir y lo que duele perder.
Es desde esa memoria histórica del propio movimiento —no solo del movimiento
frente al Estado sino del movimiento frente a sí mismo— que se hace necesario
leer la coyuntura de 2026.
Porque la fragmentación que amenaza hoy no es nueva. Es la
misma vieja tensión entre quienes entienden la resistencia como pureza y
quienes la entienden como estrategia. Entre quienes creen que el contacto con
el poder contamina y quienes creen que abandonar los espacios institucionales
equivale a regalarlos al adversario. Esa tensión no tiene resolución perfecta.
Lo que tiene es historia, y esa historia enseña que la ruptura total rara vez
sirve a la causa de los derechos humanos, y que la absorción acrítica por el
Estado tampoco.
La pregunta de 2026 no es, entonces, una pregunta nueva.
Pero se plantea en un contexto de excepcional gravedad, a cincuenta años del
golpe, con el Estado nacional desmantelando activamente las estructuras de
memoria y derechos humanos, y con una generación de militantes históricos que
siente —con razón— que aquello por lo que lucharon toda su vida está siendo
atacado en sus fundamentos. Comprender ese contexto, y comprender lo que
Halbwachs llamó los marcos sociales de la memoria, es el punto de partida para
encontrar caminos que no nos hagan daño a nosotros mismos mientras el
adversario avanza.
II. Los marcos sociales de la memoria y la
identidad de las generaciones veteranas
Maurice Halbwachs, sociólogo francés que murió en el campo
de concentración de Buchenwald en 1945, nos dejó una herramienta teórica que
ilumina con precisión perturbadora lo que está ocurriendo en el movimiento de
memoria de Salta. Su proposición central es aparentemente simple pero de
consecuencias profundas: no recordamos solos. La memoria individual
existe, sí, pero solo cobra forma, solo adquiere consistencia y sentido, dentro
de los marcos que nos proveen los grupos a los que pertenecemos. Sin esos marcos
—esas comunidades de referencia, esos relatos compartidos, esas fechas y
lugares y nombres que un grupo decide custodiar— el recuerdo se disuelve.
Para quienes en Salta han dedicado su vida entera a la
militancia de la memoria —quienes buscaron a sus hijos o hermanos o compañeros
en los años más oscuros, quienes sostuvieron la memoria cuando nadie quería
oír, quienes construyeron las instituciones que hoy están en disputa— el grupo
no es un elemento externo a su identidad: es su identidad misma. Su yo
está tejido de esa historia colectiva. Su nombre tiene sentido porque pertenece
a esa genealogía de lucha. Sus años de militancia son los años de una comunidad
moral que les dio forma.
Halbwachs advierte algo crucial: cuando ese marco colectivo
se fractura o se percibe amenazado, la reacción no es meramente política. Es
existencial. El dolor que el grupo ha procesado colectivamente —el horror de la
desaparición, la impunidad de los años noventa, la lenta conquista de la
verdad— adquiere lo que Halbwachs llama una "fisonomía colectiva y
familiar": un rostro reconocible que permite soportarlo, nombrarlo,
transmitirlo. Cuando alguien o algo amenaza ese marco —cuando una institución
que debía ser espacio de resistencia parece convertirse en herramienta del
poder— la reacción de quienes han construido su identidad sobre esa fisonomía
colectiva es de alarma profunda, casi visceral. No se trata de una posición
política que pueda revisarse en una reunión. Se trata de algo que toca el
núcleo de quiénes son.
Esto es lo que está en juego en la posición de Blanca
"Nenina" Lescano. Lescano forma parte de la Comisión Directiva de
la Asociación Miguel Ragone, y su posición disidente respecto a otros miembros
de esa misma Comisión no puede leerse como mera obstinación o purismo
ideológico. Leída a través de Halbwachs, su postura es la de alguien cuyo marco
de memoria colectiva está siendo puesto en cuestión desde adentro del propio
grupo, y eso produce una fractura que duele de una manera particular y difícil
de articular en términos políticos racionales.
Lescano sostiene que participar en la Comisión Provincial de
la Memoria bajo la gestión del gobernador Sáenz es reproducir la misma lógica
que se ha criticado durante décadas: legitimar con la presencia militante a un
gobierno que se alinea con el desguace nacional de los derechos humanos. Su
argumento no es caprichoso. En su marco de memoria, el Estado no es un campo de
disputa neutro: es históricamente el espacio desde el cual se organizó el
terror, y la prudencia elemental exige no confundirse con él. Ese marco fue
construido en condiciones extremas, en años en que tal distinción no era una
posición política sino una condición de supervivencia física y moral.
Pero hay algo más que Halbwachs ilumina: los marcos de
memoria tienden a estabilizarse y a resistir la actualización. Las generaciones
que construyeron sus identidades en la resistencia durante la dictadura y los
años de impunidad llevan en su cuerpo y en su memoria colectiva un mapa del
adversario que fue forjado en condiciones históricas específicas. El
Estado-enemigo de ese mapa es el Estado de 1976, el Estado de los indultos, el
Estado de la obediencia debida. Ese mapa tiene una coherencia interna poderosa
y una legitimidad ganada a un precio altísimo. Pero todo mapa tiene sus
límites, y uno de los riesgos del envejecimiento de los marcos sociales de
memoria es que pueden volverse menos sensibles a los matices del presente.
Decir esto no es cuestionar la validez de esa memoria ni el
lugar que merecen quienes la sostienen. Es reconocer, siguiendo al propio
Halbwachs, que la memoria viva necesita siempre actualizarse en diálogo con el
presente, o corre el riesgo de convertirse en monumento: hermoso, respetable, y
cada vez más distante de la vida que pulsa alrededor.
III. El posicionamiento intergeneracional: la
disidencia de Nenina Lescano como síntoma
La situación de Nenina Lescano dentro de la Comisión
Directiva de la Asociación Ragone es especialmente reveladora porque pone en
primer plano algo que generalmente se mantiene en el trasfondo de los debates
políticos: la fractura intergeneracional no ocurre solo entre organizaciones
distintas, sino dentro de las mismas organizaciones, entre personas que
comparten historia, afecto y compromiso.
Lescano y quienes ocupan posiciones diferentes en la
Comisión Directiva no son adversarios ideológicos en el sentido clásico. Son
personas que han construido sus vidas en torno a los mismos valores, que llevan
la misma historia en el cuerpo, que conocen los mismos nombres de los
desaparecidos y los mismos nombres de sus victimarios. Lo que los diferencia no
es el fin —la memoria, la justicia, la verdad— sino el diagnóstico sobre cómo
construir ese fin en el presente concreto de 2026.
Fernando "Pequeño" Ragone representa, dentro de
esta tensión, una postura que podría llamarse de institucionalización
estratégica: no se trata de confiar en la gestión de Sáenz ni de rendirse
ante el poder provincial, sino de entender que las instituciones de memoria que
existen —la Comisión Provincial, el Comité de Prevención de la Tortura— son
herramientas que si se abandonan no quedan vacías sino que son ocupadas por
otros. En su lectura, lo que no se institucionaliza desaparece, y la
desaparición de estas estructuras en el contexto actual equivaldría a una
victoria del adversario sin que este haya tenido que batallar.
La disidencia de Lescano frente a esta postura no es,
entonces, una resistencia al cambio o a la renovación. Es la expresión de una
memoria colectiva que ha aprendido —en años muy duros— a desconfiar
profundamente de las instituciones estatales como espacios de resistencia
genuina. Su marco histórico le dice que el Estado cooptará, como ha cooptado
antes; que la presencia en los actos oficiales se convertirá en legitimación;
que la distinción entre participación crítica y colaboración funcional es más difícil
de sostener en la práctica de lo que parece en la teoría.
Ambas posiciones tienen razón en algo fundamental. Lescano
tiene razón en que el riesgo de cooptación es real y que la historia ofrece
demasiados ejemplos de instituciones de derechos humanos absorbidas por lógicas
oficiales. Ragone tiene razón en que el abandono de las instituciones no
produce pureza sino vacío, y que ese vacío lo llenan quienes tienen interés en
que la memoria desaparezca.
Lo que vuelve esta tensión especialmente difícil de procesar
es que ocurre dentro de la misma organización, entre personas que se conocen,
que se respetan y que sienten que lo que está en juego es demasiado importante
para equivocarse. En ese contexto, la divergencia de posiciones no se vive como
debate político sino como amenaza a la integridad del grupo mismo, es decir,
como amenaza al marco social que da sentido a sus identidades. Y eso, siguiendo
a Halbwachs, produce una intensidad emocional que los argumentos racionales
solos no alcanzan a resolver.
IV. El Comité de Prevención de la Tortura: la
última herramienta genuina
En este panorama, el Comité de Prevención de la Tortura
ocupa un lugar singular. Mientras la Comisión Provincial de la Memoria puede
disputarse simbólicamente entre actos oficiales y resistencia autónoma, el
Comité representa algo más inmediato y urgente: es el mecanismo institucional
concreto disponible para levantar voces contra la violencia que ocurre ahora,
en las cárceles y comisarías de Salta, en los márgenes donde el Estado ejerce
su poder más brutal sobre los cuerpos más vulnerables.
La percepción de que el Comité está siendo vaciado —por la
falta de sanciones efectivas, por los mandatos vencidos sin renovación, por la
dependencia de una Corte de Justicia que el gobernador Sáenz busca controlar en
su mayoría— no es una preocupación abstracta. Es la señal de que el único
instrumento disponible para traducir la memoria en protección real y presente
está siendo desmantelado.
Aquí la tensión intergeneracional adquiere una dimensión
diferente. Las generaciones veteranas del movimiento de memoria construyeron su
identidad en la lucha contra una violencia institucional que se ejercía en
secreto, en la oscuridad de los centros clandestinos. Las generaciones más
jóvenes de militantes —quienes han crecido con el horizonte de los juicios, con
la memoria convertida en política pública— enfrentan una violencia
institucional que no siempre es clandestina pero que igualmente destruye vidas.
El puente entre ambas memorias pasa por el Comité: es donde la historia se
vuelve urgencia presente.
Perder ese espacio institucional no sería solo una derrota
táctica. Sería borrar el hilo que conecta la memoria del pasado con la
protección del presente. Y eso, en el año del cincuentenario del golpe, sería
una derrota de una gravedad que no se puede subestimar.
V. Tensiones que no hay que resolver sino procesar:
propuestas para evitar la fragmentación
La primera tentación ante una tensión tan profunda es querer
resolverla: decidir quién tiene razón, zanjar la discusión, unificar
posiciones. Esa tentación debe resistirse. Las tensiones genuinas en un
movimiento vivo no se resuelven: se procesan. Lo que se necesita no es que
Lescano o Ragone abandonen su posición, sino que la Comisión Directiva de la
Asociación Ragone y las demás organizaciones construyan mecanismos para que
esas posiciones coexistan sin romper la unidad del movimiento.
Desde esta comprensión, se proponen los siguientes caminos
concretos:
1. Acuerdo de fronteras éticas
compartidas
Antes de discutir si participar o no en tal o cual acto
oficial, las organizaciones necesitan acordar cuáles son las condiciones
innegociables de cualquier participación institucional. No como un dogma
abstracto sino como un protocolo operativo: ¿qué debe ocurrir para que la
participación sea aceptable? ¿Qué tipo de presencia del Estado en un acto lo
vuelve inaceptable? Ese acuerdo de "fricción ética" no elimina
el desacuerdo, pero lo encuadra: convierte el debate en una discusión sobre
condiciones concretas y verificables en lugar de una batalla de principios
irreconciliables.
Un ejemplo concreto: acordar que la Asociación Ragone
participará en las conmemoraciones del 24 de marzo solo si se cumplen
protocolos específicos —rendición de honores a las víctimas bajo supervisión de
los organismos, uso de los espacios para transmitir los nombres y las
historias, presencia de veedores externos— transforma la participación de un
gesto de legitimación en un procedimiento con consecuencias controlables.
2. Estrategia dual: presencia
institucional y acción autónoma simultáneas
No hay razón para que la Asociación Ragone o la Mesa de
Derechos Humanos tengan que elegir entre participar en los actos de la Comisión
Provincial y sostener acciones autónomas en los territorios. La estrategia dual
reconoce que ambas cosas son necesarias y que se refuerzan mutuamente: la
presencia institucional otorga visibilidad y acceso a recursos; la acción
autónoma territorial garantiza que la memoria siga viviendo en los barrios, en
los centros culturales, en las escuelas, independientemente de lo que decida el
Estado.
El mosaiquismo, los actos en los barrios, las actividades en
universidades y gremios no son un segundo plano resignado. Son el corazón de la
memoria viva. Y la presencia en los actos oficiales, cuando se hace con los
protocolos acordados, no tiene por qué contradecirlos.
3. Programas de mentoría
intergeneracional: el pasaje de la posta
Halbwachs advierte que los marcos sociales de la memoria
mueren cuando mueren quienes los sostienen, si no se han transferido a nuevos
portadores. Esta advertencia es urgente para el movimiento de memoria de Salta:
la generación de veteranos que construyó las instituciones y que lleva en su
cuerpo la memoria de primera mano no es eterna, y la pregunta sobre quién
sostendrá esos marcos cuando ellos ya no puedan hacerlo no puede postergarse.
Un programa de mentoría intergeneracional no significa
pedirle a los jóvenes que reproduzcan exactamente los marcos de los veteranos.
Significa crear espacios deliberados de transmisión donde la memoria de los
veteranos dialogue con las experiencias y las subjetividades de las
generaciones más jóvenes —incluyendo militantes LGBT, activistas gremiales,
investigadores universitarios, jóvenes de organizaciones barriales— para que
esos marcos se actualicen sin perder su esencia crítica.
Ese diálogo intergeneracional necesita ser formalizado: no
puede depender de que ocurra espontáneamente. Reuniones regulares entre
militantes de distintas generaciones, ejercicios de transmisión oral de la
historia, espacios donde los jóvenes puedan hacer preguntas que los veteranos
consideren obvias y los veteranos puedan cuestionar certezas que los jóvenes
dan por sentadas: estos son los procedimientos concretos que convierten la
transmisión de la memoria en un proceso activo y no en un legado que se hereda
sin comprender.
4. El Comité de Prevención de la
Tortura como prioridad de unidad
Si hay un terreno en el que las distintas posiciones del
movimiento pueden encontrarse con mayor facilidad es el de la defensa del
Comité de Prevención de la Tortura. Su mandato —controlar la violencia
institucional en el presente— no tiene la misma ambigüedad que los actos
conmemorativos. Aquí no hay disputa sobre si es legítimo participar o no en
espacios estatales: se trata de defender una institución de control cuya
extinción beneficiaría exclusivamente a quienes ejercen esa violencia.
Hacer del Comité el terreno prioritario de unidad del
movimiento tiene una doble ventaja: por un lado, orienta la energía hacia donde
el impacto es más inmediato y concreto; por otro, crea una experiencia de
trabajo conjunto entre posiciones divergentes que puede sentar bases para
procesar las tensiones en otros terrenos.
5. La autonomía como escudo:
identidad salteña de derechos humanos
Frente al avance del negacionismo desde el Estado nacional,
las instituciones de memoria de Salta tienen la oportunidad —y la necesidad— de
construir una identidad provincial fuerte y reconocible que les permita existir
con independencia de lo que ocurra en Buenos Aires. Esa identidad no sería una
renuncia a los vínculos nacionales sino un escudo: si la Comisión Provincial de
la Memoria es reconocida como parte de la identidad cultural y democrática de
Salta, resulta más difícil para cualquier poder político local desactivarla sin
costo político.
Construir esa identidad requiere visibilidad, alianzas con
sectores que no son los habituales del movimiento —empresas culturales,
instituciones educativas, gremios, medios de comunicación— y una narrativa que
haga de la memoria de los derechos humanos no solo una causa de las
organizaciones sino un valor de la sociedad salteña en su conjunto.
Conclusión: a cincuenta años, la memoria como
protocolo vivo
A cincuenta años del golpe, las organizaciones de derechos
humanos de Salta se encuentran ante una encrucijada que sus propias historias
han atravesado antes bajo formas distintas. El movimiento ha sobrevivido a sus
propias fracturas. Ha producido justicia desde la desunión y ha sostenido la
memoria desde la pluralidad. No hay razón para creer que no pueda hacerlo
nuevamente.
Pero el contexto de 2026 exige algo más que sobrevivir a la
fragmentación: exige gestionarla activamente. Exige reconocer que Nenina
Lescano y Fernando Ragone no son adversarios sino portadores de dos memorias
igualmente legítimas que necesitan encontrar un lenguaje común para coexistir
dentro de las mismas instituciones. Exige que las generaciones más jóvenes
comprendan la profundidad existencial de las posiciones de sus mayores, y que
los veteranos comprendan que las generaciones más jóvenes no son menos comprometidas
sino portadoras de una memoria construida en condiciones históricas diferentes.
Halbwachs nos recuerda que la memoria vive mientras haya
grupos que la sostengan. La tarea de 2026 —en los meses que preceden al 24 de
marzo, en la semana del cincuentenario, en el largo trabajo que sigue después—
es mantener vivos esos grupos, con todas sus tensiones adentro, para que la
memoria no quede reducida a un monumento sino que siga siendo lo que ha sido en
los mejores momentos del movimiento salteño: un protocolo activo, un gesto
corporal de refiliación democrática, una práctica de cuidado colectivo que
impide que el horror vuelva a repetirse.
———
Referencia teórica central: Maurice
Halbwachs, Los marcos sociales de la memoria (1925) y La memoria
colectiva (póstuma, 1950).

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