lunes, 18 de mayo de 2026

La memoria que no quiso nombrarse

 

La memoria que no quiso nombrarse

Un ensayo sobre la despolitización de la memoria histórica en el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio

 


Por Fernando Pequeño Ragone
asistido por Gemini Notebook, Gemini Pro y Claude IA

 

 

 

Contenidos:

 

Introducción: el contexto de una exigencia

La lógica de la neutralidad: entre la pedagogía y el balance financiero

La contradicción estructural: enseñar a un militante sin la militancia

El contexto nacional: negacionismo y la funcionalidad defensiva de la neutralidad

El riesgo de la despolitización: memoria ceremonial y vacía

Conclusión: posibles salidas al problema de la despolitización

Referencias

 

Llegué al Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio invitado a acompañar una muestra escolar sobre la vida de mi abuelo, Miguel Ragone, en el marco del mandato ministerial que impulsa en las escuelas salteñas actividades de Memoria, Verdad y Justicia. La actividad se concretó más tarde en el año que el tradicional 24 de marzo, pero conservó su sentido: seis grupos de estudiantes habían investigado, durante meses, distintos aspectos de la vida de mi abuelo, y yo iba a recorrer sus stands y a participar, después, de un conversatorio en el salón de usos múltiples. No esperaba que, en el trayecto entre uno y otro momento, una conversación con Gloria Abraham, representante legal de la institución, me obligara a pensar un problema que excedía largamente esa mañana escolar: el de una memoria histórica a la que se le exige, como condición de entrada al aula, despojarse de la política que la produjo.

Gloria Abraham me explicó, con una claridad que le agradezco porque no ocultó nada, los términos en los que el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio autorizaba la muestra sobre mi abuelo. Podía hablarse de Ragone, dijo, siempre que esa historia trascendiera "la significación política o partidaria" y no se redujera a relatar "luchas o violencia política"; la función de la escuela era permitir que los estudiantes "fueran creando criterio" propio, y hasta bromeó, con cierta socarronería, sobre la idea de que enseñar la historia de mi abuelo pudiera terminar convirtiendo a todo el curso en peronista. En ese momento me pareció un comentario menor. Con el correr de la tarde entendí que era, en realidad, la clave de todo lo que estaba en juego. Lo que sigue es mi intento de pensar, con la ayuda de la teoría argentina sobre memoria y justicia transicional que la Asociación viene trabajando en otras actividades, por qué esa exigencia de neutralidad me pareció, a la vez, comprensible y profundamente problemática, y qué salidas encontré para pensar el problema sin resignar ni la escuela ni la memoria.

Gloria Abraham no defendió su posición solo en términos pedagógicos. Me explicó que el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio integraba la red de dieciséis instituciones del Arzobispado de Salta y funcionaba como "colegio conveniado al cien por ciento": el Estado provincial financiaba en su totalidad los sueldos del personal docente, mientras que la infraestructura, el mantenimiento, la luz, el gas y los salarios de los cinco ordenanzas de maestranza se sostenían exclusivamente con la cuota estudiantil, que ella describió como "cuota cero" para las familias en términos de gasto adicional. Me contó también que la institución había nacido en 1965 de la mano de la monja Blanca Conde y los salesianos, y que la apertura hacia figuras como mi abuelo o como el recordado Padre Marteareana se sostenía en la tradición social de la Iglesia: una justicia social entendida como valor humanitario y asistencial, despojada de cualquier referencia al conflicto de clases o a la militancia revolucionaria de la que mi abuelo formó parte.

Entendí, escuchándola, que su exigencia de neutralidad no era un capricho doctrinario sino una estrategia racional de supervivencia institucional. Un colegio que depende en un cien por ciento del financiamiento estatal para pagar a sus docentes no puede exponerse livianamente a una acusación de adoctrinamiento ideológico, menos aún en un momento político nacional en el que el propio discurso oficial venía calificando a la agenda de derechos humanos de "curro" o de "adoctrinamiento", estigmatizándola en lugar de sostenerla. Guillermo O'Donnell (1972) describió cómo las instituciones, bajo presión de un poder político que desconfía de ellas, tienden a adoptar posturas defensivas que privilegian su propia continuidad burocrática por sobre cualquier otro objetivo; lo que vi en el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, guardando todas las proporciones, fue una versión escolar de esa misma lógica: la neutralidad como escudo antes que como convicción.

Pero por más que comprendí las razones de Gloria Abraham, no pude dejar de señalarle, ahí mismo, la contradicción que su posición encerraba. Mi abuelo no fue un humanista abstracto que la historia decidió perseguir por azar: fue gobernador electo en 1973 encabezando la Lista Verde del Partido Justicialista, y su secuestro y desaparición estuvieron determinados, de manera directa, por la lucha política, partidaria e ideológica de aquellos años. Pedir que su figura "trascienda la política partidaria" no es un gesto de prudencia pedagógica: es exigir que se enseñe la consecuencia sin la causa. Elizabeth Jelin (2002) sostiene que la memoria histórica es, por definición, un terreno de disputa política, y que toda pretensión de una memoria neutral es, en rigor, una posición más dentro de esa disputa, no una posición por fuera de ella; el pedido de Gloria Abraham, entonces, no despolitizaba la memoria de mi abuelo, sino que la politizaba de otra manera, silenciosa y menos visible: la convertía en el relato de un buen samaritano perseguido sin motivo claro.

Tampoco me pareció casual que el fantasma que Gloria Abraham quiso conjurar fuera el peronismo como bloque monolítico capaz de "convertir" a todo un curso. Alejandro Horowicz (1986) mostró hace tiempo que el peronismo nunca fue una identidad única, sino la superposición de al menos cuatro tradiciones internas, muchas veces enfrentadas entre sí; mi propio abuelo, dentro de ese universo, intentó sostener una posición diferenciada y crítica. Temer que contar su historia produjera automáticamente "peronistas" era, además de un error histórico, una simplificación que la propia complejidad del movimiento desmiente.

No pude, tampoco, dejar de pensar en el escenario político nacional en el que esta conversación tenía lugar. Hacia 2026, el discurso oficial del gobierno nacional venía impugnando de manera sistemática la agenda de Memoria, Verdad y Justicia, describiéndola en clave de negocio o de manipulación ideológica antes que como una política de Estado sostenida durante cuatro décadas. En ese clima, la insistencia de una escuela confesional, subsidiada en un cien por ciento por el Estado, en presentarse como "neutral" dejaba de ser solo una cautela pedagógica para convertirse en una respuesta defensiva frente a un riesgo real de auditorías, ataques mediáticos o pérdida de financiamiento. Marina Franco (2012) documentó cómo, en la Argentina previa al golpe de 1976, la erosión discursiva del lenguaje de derechos —su desvalorización progresiva en el debate público— funcionó como condición de posibilidad de la violencia estatal posterior; sin querer establecer una equivalencia entre ambos momentos, que son de una gravedad completamente distinta, sí me pareció necesario señalar la analogía estructural: cuando el propio Estado desacredita el lenguaje de los derechos humanos, las instituciones que dependen de ese Estado aprenden, silenciosamente, a callar.

Vale la pena recordar, en este punto, que ya en tiempos de mi abuelo hubo familias y sindicatos que quemaron documentación propia por miedo a la represión estatal, según me contó el propio historiador Daniel Escotorín durante esta misma jornada. La neutralidad de una escuela en 2026 no es, desde luego, comparable en intensidad al miedo de esas familias en 1976: nadie corre hoy riesgo de vida por enseñar la historia de Ragone. Pero el mecanismo —el silencio como estrategia de protección frente a un poder que se percibe hostil— es el mismo, y me pareció importante nombrarlo con esa honestidad, sin exagerar la comparación pero sin minimizarla tampoco.

Lo que más me preocupó, escuchando a Gloria Abraham, no fue tanto su posición institucional —que entendí y hasta respeté— sino el resultado que esa posición podía producir en los propios estudiantes. Una memoria despojada de su dimensión política corre el riesgo de volverse un objeto ceremonial: se recuerda a Ragone una vez al año, se lo nombra con adjetivos amables, pero no se explica por qué lo desaparecieron ni quién lo hizo ni con qué proyecto político disputaba el poder. Michael Pollak (2006) llamó a esto el encuadramiento oficial de la memoria: una versión domesticada, aceptable para todos, que pierde precisamente aquello que la volvía significativa. Beatriz Sarlo (1994) advirtió, por su parte, sobre el vaciamiento que produce una cultura dispuesta a consumir el pasado como anécdota sensible sin exigirle ningún compromiso analítico; una memoria neutral, en ese sentido, no es más profunda que una memoria trivial: es, apenas, una forma distinta de vaciarla.

No salí de esa conversación con la intención de exigirle al Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio que renunciara a su prudencia institucional, porque entendí que esa prudencia respondía a una amenaza real. Salí, en cambio, pensando en algunas salidas posibles, que quiero dejar planteadas aquí, no como recetas cerradas sino como puntos de partida para seguir discutiendo con la propia institución y con otras escuelas que atraviesan el mismo dilema.

La primera es conceptual, y me parece la más urgente: distinguir con claridad entre adoctrinamiento partidario y politización democrática. Adoctrinar es exigir una adhesión; politizar, en el sentido que le doy aquí, es simplemente restituir a los hechos históricos el contexto político real en el que ocurrieron, sin pedirle a nadie que milite en ningún partido por eso. Se puede enseñar que mi abuelo fue gobernador peronista, que su secuestro respondió a una disputa de poder concreta, y que existieron sectores de izquierda y de derecha dentro de su propio espacio político, sin que ese relato obligue a ningún estudiante a adherir a ninguna de esas posiciones. Esa distinción, si se explicita, le habría permitido a Gloria Abraham sostener su compromiso con el pluralismo sin necesidad de vaciar la historia de su contenido político.

La segunda salida es institucional y excede a esta escuela: hacen falta protocolos ministeriales claros que blinden a los establecimientos conveniados frente a acusaciones arbitrarias de adoctrinamiento cuando enseñan hechos documentados en el marco del mandato de Memoria, Verdad y Justicia. Si la propia normativa educativa estableciera con precisión qué distingue la enseñanza de la historia política de la militancia partidaria en el aula, escuelas como el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio no tendrían que resolver esa frontera con sus propios recursos discursivos, expuestas a cualquier viento político de turno.

La tercera es de alianza, y tiene que ver con mi propio rol y el de organizaciones como la Asociación Miguel Ragone. Si una escuela confesional siente que no puede cargar sola con el peso político de una figura como la de mi abuelo, quizás la salida sea que ese peso lo sostengan, en conjunto, organizaciones de la sociedad civil y las propias instituciones educativas, de modo que ninguna de las dos partes quede sola frente a una eventual represalia. Diana Maffía (2016) insiste en que las agendas de derechos humanos se fortalecen cuando logran tejer alianzas amplias en lugar de sostenerse en actores aislados; pienso que mi presencia en el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, más que una visita protocolar, puede pensarse como un ensayo de esa alianza: la escuela abre la puerta, la Asociación aporta el contenido político que la institución no puede asumir sola.

La cuarta salida, finalmente, excede la escuela y me compete a mí y a organizaciones como la mía: mientras el discurso público nacional siga deslegitimando la agenda de derechos humanos, ninguna solución puramente pedagógica va a alcanzar. Alejandro Grimson (2019) advierte que la salida de la polarización no está en fingir que no existe, sino en construir espacios de consenso mínimo sobre hechos verificables —Ragone fue elegido, fue gobernador, fue desaparecido por el Estado— que puedan sostenerse más allá de las posiciones partidarias de cada momento. Ese consenso mínimo no se construye en un colegio aislado: requiere que las organizaciones de derechos humanos, la universidad pública y el propio Estado, cuando lo permitan sus gobiernos, sostengan sin ambigüedad que enseñar esa historia con su política incluida no es adoctrinar, sino simplemente enseñar historia. Mientras esa disputa nacional no se resuelva, seguiré pensando que cada escuela que, como el Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, decide abrir sus puertas aun bajo el resguardo de la neutralidad, está haciendo lo que puede con las herramientas que tiene, y que la tarea de organizaciones como la mía es, precisamente, ayudarlas a necesitar cada vez menos ese resguardo.

  1. Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y "subversión", 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.
  2. Grimson, A. (2019). ¿Qué es la grieta? Ilusiones y realidades de la polarización argentina. Siglo Veintiuno Editores.
  3. Horowicz, A. (1986). Los cuatro peronismos. Editorial Legasa.
  4. Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores.
  5. Maffía, D. (2016). Feminismos y epistemologías críticas: Debates para pensar la desigualdad. CLACSO.
  6. O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Editorial Paidós.
  7. Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
  8. Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Editorial Ariel.

Enseñar sin bronce

 

Enseñar sin bronce

La metodología de la memoria activa de Fernando Pequeño Ragone en su diálogo con los estudiantes del Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio


Contenidos:

Introducción: el problema pedagógico de la memoria

Primer eje: el encuadre de la memoria activa frente al "prócer de bronce"

Segundo eje: la reconfiguración del modo relacional

Tercer eje: la validación crítica de la tecnología

Cuarto eje: la estrategia de generación empática

La apropiación juvenil como indicador de eficacia

Conclusión: valor y límites de una metodología de la memoria activa

Referencias

 

La devolución anterior de esta Asociación recorrió el conjunto de la jornada realizada en el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio: los seis stands de investigación estudiantil y el panel del salón de usos múltiples. Este segundo texto se detiene en un objeto más específico y, en cierto sentido, más difícil de asir: no en lo que los estudiantes descubrieron sobre Miguel Ragone, sino en cómo Fernando Pequeño Ragone logró que lo descubrieran. El interés no es anecdótico. La transmisión de un pasado violento a generaciones que no lo vivieron —ni siquiera a través de sus padres, sino apenas de sus abuelos— es uno de los problemas centrales de los estudios sobre memoria y transición democrática en la Argentina, y una escuela confesional de Salta, con estudiantes de tercero a quinto año, es un laboratorio tan válido como cualquier otro para observarlo en funcionamiento.

El riesgo que enfrenta cualquier adulto que se presenta ante jóvenes como portador de una memoria dolorosa es doble. Por un lado, la solemnidad ritual que convierte al desaparecido en una estatua inaccesible, lo que Fernando mismo llama, en otros pasajes de esta misma jornada, el "embronzamiento" de la memoria: un pasado tan monumentalizado que ya no interpela a nadie. Por otro lado, la banalización que, en el afán de acercar el pasado a la juventud, lo diluye en anécdota sin peso histórico. Entre esos dos riesgos, Fernando despliega con los seis grupos de estudiantes una metodología reconocible, con reglas propias, que puede describirse en cuatro dimensiones: un encuadre narrativo que privilegia la vida sobre la muerte, una reconfiguración horizontal del vínculo pedagógico, una validación crítica de las herramientas tecnológicas y una estrategia deliberada de generación empática construida sobre su propio testimonio familiar. Este ensayo reconstruye cada una de esas dimensiones y, en su cierre, evalúa qué aporta —y qué tensiones abre— como modelo pedagógico de la memoria activa.

La operación más visible de Fernando es de encuadre: decide, antes de cualquier otra cosa, qué pregunta va a hacerle a cada grupo de estudiantes. En lugar de indagar sobre el secuestro o la desaparición, repite en distintos stands variantes de la misma pregunta: "¿Qué les queda de lo que hacía cuando estaba vivo?", "¿Por qué es más importante recordar la vida que la muerte?". Con esa insistencia, desplaza el eje de la conversación desde la víctima hacia el sujeto histórico activo: el médico, el gobernador, el neurocirujano, el gestor de un hospital. Michael Pollak (2006) describe este tipo de intervención como un trabajo de encuadramiento de la memoria: toda selección de preguntas es también una selección de lo que una comunidad decidirá recordar, y Fernando encuadra deliberadamente hacia la obra y no hacia la herida.

Ese encuadre tiene, además, una función política explícita: al presentar a su abuelo como un humanista de la salud pública cuya ética trasciende las luchas partidarias, Fernando busca desvincular la figura de Ragone del dogmatismo de la grieta contemporánea que describe Alejandro Grimson (2019). No es un gesto neutro —ninguna forma de memoria lo es—, pero sí es un gesto coherente: si el objetivo es que la figura circule en una escuela confesional con estudiantes de distintas simpatías políticas, colocarla por fuera de la disputa partidaria es, probablemente, la única forma de que llegue a todos por igual. Elizabeth Jelin (2002) llamaría a esto una construcción de memoria ejemplar: aquella que extrae del pasado una lección transferible, en este caso la honestidad y el compromiso social, antes que una identificación partidaria cerrada.

Fernando no se presenta ante los estudiantes como una autoridad que evalúa desde un estrado, sino que se desplaza físicamente al nivel de los alumnos y adopta un registro coloquial y afectuoso —"chicos", "chicas", "me encanta", "espectacular"— que rompe de entrada la formalidad esperable de una visita institucional. El gesto más elocuente de esa horizontalidad es su relación con la evaluación escolar: relata su propia fobia infantil a los exámenes e insiste, con una franqueza deliberadamente desprolija, en que "la nota me chupa un huevo" y que no hay que "darle bola a la nota". El efecto buscado es preciso: liberar a los estudiantes de la necesidad de complacer académicamente al visitante, para que hablen desde la curiosidad y no desde el temor a la calificación.

Esta horizontalidad conviene leerla, sin embargo, con una tensión que el propio material de la jornada permite advertir. Diana Maffía (2016) sostiene que buena parte de las organizaciones sociales y de derechos humanos reproduce puertas adentro las lógicas verticalistas que denuncia puertas afuera; la apuesta de Fernando por un vínculo simétrico puede leerse como un intento consciente de evitar exactamente ese vicio. Pero la simetría que propone es, en rigor, una simetría actuada: su autoridad frente al grupo no proviene de un cargo docente ni de un saber disciplinar, sino precisamente de su condición de nieto mayor del gobernador desaparecido, es decir, de una jerarquía de sangre y de historia que la horizontalidad discursiva no anula sino que dosifica. No es una contradicción que invalide la estrategia —al contrario, es lo que la vuelve efectiva—, pero merece nombrarse: la cercanía funciona porque hay, de fondo, una autoridad legitimada por el propio pasado que se quiere transmitir.

Frente al uso que los distintos grupos hicieron de Gemini y de NotebookLM —para restaurar fotografías, sintetizar textos o comparar información—, Fernando no adopta la posición sancionatoria habitual del sistema educativo tradicional, sino que celebra la herramienta y llega a recomendar activamente NotebookLM como dispositivo de estudio. Del mismo modo, valora con entusiasmo los formatos creativos ideados por los propios alumnos, como la historieta giratoria sobre el contexto de la Guerra Fría o la trivia con caramelos sobre la militancia política de su abuelo.

Beatriz Sarlo (1994) advirtió tempranamente que una cultura mediática orientada a la imagen rápida y al consumo ágil corre el riesgo de vaciar de profundidad histórica aquello que pretende divulgar; ese riesgo existe también aquí, y sería ingenuo negarlo. Pero la posición de Fernando no es de entrega acrítica a la herramienta: la condiciona, en el propio relato de la jornada, a que la investigación y la lectura previa la antecedan, y felicita explícitamente a los grupos que usaron la inteligencia artificial "con criterio y chequeo crítico de fuentes". La metodología no resuelve la tensión que señala Sarlo, pero la administra: convierte la tecnología en un acelerador de la investigación y no en su sustituto, siempre que la mediación adulta —docente o visitante— sostenga ese límite explícitamente, como aquí ocurre.

El núcleo más elaborado de la metodología de Fernando es la construcción deliberada de empatía, que se despliega en cuatro momentos reconocibles a lo largo del recorrido. El primero es la revelación progresiva del lazo de sangre: Fernando no abre la conversación anunciando su condición de nieto, sino que la introduce de manera contingente, en medio del diálogo —"yo sé porque yo soy el nieto mayor... tenía ocho años cuando lo raptaron"—, de modo que la investigación teórica que los alumnos venían desarrollando se transforma, en ese instante, en un encuentro con un testimonio vivo. El segundo momento es la conmoción compartida: cuando una estudiante menciona el testimonio del secretario de gobierno de Ragone sobre su palabra empeñada, Fernando manifiesta abiertamente su propia emoción, consolidando con ese gesto una simetría afectiva que ninguna explicación teórica podría producir por sí sola. El tercer momento es la indagación intergeneracional: pregunta a los alumnos si hablaron del tema con sus padres o abuelos, estimulando que la tarea escolar se convierta en un puente hacia la memoria de sus propias familias. El cuarto momento es el registro compartido: cierra cada visita fotografiándose con los teléfonos de los estudiantes y comprometiéndose a difundir sus producciones en la página de la Asociación, otorgándoles un reconocimiento público que excede el aula.

Pilar Calveiro (2005) permite leer la primera de estas operaciones —la revelación progresiva del lazo de sangre— como un ejercicio de reelaboración subjetiva de la violencia estatal: Fernando convierte su propia biografía, marcada por la orfandad a los ocho años, en material pedagógico transmisible, sin que ese uso resulte impostado, porque se apoya en una experiencia efectivamente vivida. Jelin (2002) aporta la clave para entender por qué esta estrategia resulta más eficaz que la mera exposición de datos: sostiene que la memoria se transmite mejor cuando se encarna en relatos personales que activan la identificación afectiva, antes que cuando se presenta como información distante. Y Pollak (2006) permite leer el tercer momento —la indagación intergeneracional— como una intervención directa sobre las llamadas memorias subterráneas: aquellas que circulan en el ámbito familiar sin encontrar, hasta entonces, un canal público de expresión, y que la pregunta de Fernando ayuda a activar.

El propio material de la jornada ofrece una medida indirecta, pero elocuente, del resultado de esta metodología: los estudiantes de los seis grupos reconocen, de manera coincidente, que antes de la investigación asociaban el nombre de Ragone exclusivamente con el hospital psiquiátrico o con la noticia de su secuestro, y que el proceso les permitió descubrir su faceta de "médico del pueblo", su liderazgo en la Lista Verde de 1973 y su compromiso con los sectores más humildes. A esa evolución del diagnóstico se suma la recuperación de fuentes de archivo poco convencionales —una solicitud de informes al hospital vía redes sociales, entrevistas a padres y abuelos de setenta y cinco y ochenta y seis años— y la satisfacción explícita que los propios alumnos manifiestan por el acompañamiento afectivo recibido durante la recorrida.

En términos de Jelin (2002), este desplazamiento —de una memoria reducida a los hechos trágicos hacia una memoria compleja, biográfica y políticamente situada— es exactamente lo que se espera de un trabajo de memoria exitoso: no la sustitución de un relato por otro más cómodo, sino su ampliación. La metodología de Fernando no puede adjudicarse la totalidad de ese resultado, que también depende del trabajo previo del profesor Juan José Vargas, de Ciencias Políticas e Historia; y de la propia curiosidad de los estudiantes, pero sí puede reconocérsele haber sido la mediación afectiva que permitió que ese trabajo de investigación se completara con un encuentro humano, y no solo con un informe escolar.

Tomados en conjunto, los cuatro ejes descritos —el encuadre narrativo de la vida sobre la muerte, la horizontalidad relacional, la validación crítica de la tecnología y la estrategia de generación empática basada en el propio testimonio— configuran algo más que un estilo personal de Fernando Pequeño Ragone: constituyen una metodología replicable, con reglas identificables, para el trabajo de memoria activa en contextos escolares. Su aporte principal al campo de los estudios sobre memoria y transición democrática en la Argentina es haber demostrado, en los hechos y no solo en la teoría, que es posible sacar a una víctima del terrorismo de Estado del lugar del "prócer de bronce" sin renunciar por ello a la gravedad histórica de lo ocurrido: se puede hablar de un desaparecido sin que la desaparición sea la única palabra que quede.

Corresponde, sin embargo, señalar dos límites que la propia jornada permite advertir y que enriquecen, más que debilitan, la valoración de este modelo. El primero es que la horizontalidad relacional se sostiene sobre una autoridad heredada —el lazo de sangre— que no todas las mediaciones pedagógicas de la memoria podrán reproducir: la eficacia empática de esta metodología depende, en buena medida, de un recurso biográfico que no es transferible a cualquier docente ni a cualquier organización. El segundo es que la centralidad del testimonio personal, si se vuelve la única vía de acceso al pasado, corre el riesgo señalado por Beatriz Sarlo (1994) de sustituir el análisis histórico por la empatía narrativa; la propia insistencia de Fernando en la investigación de archivo, la bibliografía y el trabajo docente previo sugiere que él mismo es consciente de ese riesgo y lo compensa deliberadamente. Con esos matices, la metodología observada en el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio merece ser documentada y compartida como un aporte concreto —nacido en Salta, pensado desde la sociedad civil y no desde el Estado— a la pregunta, todavía abierta en el campo de la memoria, de cómo transmitir a las generaciones que no vivieron la dictadura un pasado que, pese a todo, sigue estructurando el presente.

  1. Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Grupo Editorial Norma.
  2. Grimson, A. (2019). ¿Qué es la grieta? Ilusiones y realidades de la polarización argentina. Siglo Veintiuno Editores.
  3. Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores.
  4. Maffía, D. (2016). Feminismos y epistemologías críticas: Debates para pensar la desigualdad. CLACSO.
  5. Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
  6. Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Editorial Ariel.

Volver al patio, volver a la memoria activa

 

Volver al patio, volver a la memoria activa

Devolución analítica de la jornada pedagógica sobre Miguel Ragone en el Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio



 Sintesis auditiva


Contenidos:

Parte I. El recorrido por los stands: la memoria activa puesta en escena

Florentino y el profesor de Ciencias Políticas e Historia: el marco institucional

Grupo 1 — Camila Sol, Yanina y su compañera: el médico del pueblo y la imagen restaurada

Grupo 2 — Mijael Burgos, Lara Paz, Montaña, Torres Tomás, Génesis García Mir y Lucrecia: geopolítica y la historieta giratoria

Grupo 3 — Julia, Milena, Evelin, Micael, Morena y Candela: prensa, gobernación e intervención federal

Gloria Abraham: pluralismo pedagógico y autogestión institucional

Daniel, el docente: ampliar la agenda de los derechos humanos

Grupo 4 — Leandro, Elianca, Matías Chávez y Leonel Sánchez: la Lista Verde y la legitimidad de las calles

Grupo 5 — Nahuel, Tomás, Santiago, Benjamín 1 y Benjamín 2: salud mental y la crítica al encierro

Grupo 6 — Ivana, Montela, Alan y Alex: militancia, juego y hallazgo generacional

La conversación itinerante: el "embronzamiento" y la disputa por el orden

Parte II. El panel en el salón de usos múltiples

Juan José Vargas: la moderación y el reconocimiento del trabajo estudiantil

Fernando Pequeño Ragone: vida sobre muerte, superación de la grieta, transparencia

Andrés Gauffín: el estado de excepción y el desmontaje del estereotipo

Daniel Escotorín: honestidad política y sustento social del liderazgo

Raquel Espinosa: la literatura, el tiempo solapado y las huellas que no desaparecen

Los estudiantes panelistas: Samuel Maguna, Santiago, Gonzalo, la alumna de quinto año, Sebastián y Thiago

Conclusión

Referencias

 

El presente texto es una devolución que la Asociación Miguel Ragone elabora para los estudiantes del Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio que investigan, exponen y discuten en sus stands la vida y obra de Miguel Ragone; para las autoridades y docentes que hacen posible el encuentro; y para los panelistas que acompañan a Fernando Pequeño Ragone en el salón de usos múltiples de la institución. No se trata de una calificación ni de un veredicto, sino de un ejercicio de lectura crítica en el que cada proposición formulada durante la jornada es recuperada y puesta a dialogar con la teoría argentina sobre memoria, transición democrática y violencia política que la Asociación viene trabajando en otras actividades. El ensayo se organiza en dos partes: la primera recorre los stands del patio escolar, con sus seis grupos de investigación y las autoridades institucionales; la segunda reconstruye el panel del salón de usos múltiples, con sus expositores y las preguntas de los estudiantes que allí participan. La intención no es agotar el sentido de lo dicho, sino abrir preguntas: sobre la memoria activa y sus riesgos de idealización, sobre la grieta y las formas de superarla sin negarla, sobre el lugar del orden y la seguridad en un discurso de derechos humanos, y sobre la responsabilidad de la escuela en la transmisión intergeneracional de un pasado que todavía duele.


La jornada tiene lugar en el patio del Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, donde los estudiantes de nivel secundario exhiben en distintos stands sus investigaciones sobre Miguel Ragone. La actividad se enmarca en el mandato ministerial de trabajar la Memoria, la Verdad y la Justicia, aunque se concreta más tarde en el año que el tradicional 24 de marzo. Fernando Pequeño Ragone recorre los stands como nieto mayor del exgobernador y como presidente de la Asociación que lleva su nombre, en diálogo con Juan José Vargas, profesor de Ciencias Políticas e Historia que impulsó el proyecto desde el aula. Elizabeth Jelin (2002) advierte que la memoria no es un dato fijo del pasado sino un trabajo, una elaboración siempre inconclusa y disputada entre distintos actores sociales; el patio del Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio es, en ese sentido, un espacio donde ese trabajo se hace visible en tiempo real, con adolescentes que reconstruyen desde cero una figura que hasta hace poco solo asociaban a un hospital o a una desaparición.

Florentino y el profesor de Ciencias Políticas e Historia: el marco institucional

El director Florentino sostiene que la inteligencia artificial debe entenderse como un medio de apoyo al aprendizaje y no como un sustituto del pensamiento propio, y valora que los alumnos se hayan interesado en vincular la historia de Ragone con el análisis político actual. El profesor Juan José Vargas a cargo del proyecto es quien diseñó la propuesta pedagógica y facilitó la bibliografía. Ambas posiciones habilitan el uso de Gemini y NotebookLM como herramientas de investigación, siempre auditadas por un criterio docente previo.

La incorporación de la IA a la reconstrucción de la memoria histórica no es un dato menor. Beatriz Sarlo (1994) advirtió tempranamente sobre los riesgos de una cultura mediática que privilegia la imagen restaurada, veloz y accesible, por sobre el trabajo lento de archivo; el desafío de esta escuela es sostener, como pide Florentino, que la herramienta module la investigación sin reemplazar la lectura crítica de fuentes. Que la validación tecnológica venga acompañada, en este caso, de visitas a bibliotecas y de entrevistas familiares sugiere que el equilibrio buscado por la institución es, al menos en su formulación, el correcto: la IA como prótesis y no como oráculo.

Grupo 1 — Camila Sol, Yanina y su compañera: el médico del pueblo y la imagen restaurada

El primer stand, a cargo de Camila Sol, Yanina y una tercera integrante, presenta a Ragone como el "médico del pueblo", subrayando su honestidad y su compromiso directo con los sectores más desfavorecidos. El grupo utilizó inteligencia artificial para mejorar la resolución de fotografías históricas sin modificar los rasgos fisonómicos del exgobernador, y reconstruyó su paso por la medicina en Buenos Aires, su función como secretario privado de Ramón Carrillo y su dirección del hospital psiquiátrico en Salta, fundado por él como un hospital general en sus inicios. Señalan además que Ragone intentó construir una posición diferenciada y de debate interno dentro de su propio partido.


Ese último dato —la disidencia interna dentro del peronismo— es más relevante de lo que su brevedad sugiere. Alejandro Horowicz (1986) mostró que el peronismo nunca fue un bloque homogéneo sino la superposición de al menos cuatro tradiciones en tensión permanente; leer a Ragone como una voz diferenciada dentro de ese universo, y no como una anomalía, permite a los estudiantes salir de la lectura mítica del "líder bueno" para entender la complejidad de las luchas internas que explican, en parte, su posterior aislamiento político. La restauración fotográfica, por su lado, puede leerse en clave de lo que Michael Pollak (2006) llama el encuadramiento de la memoria: toda selección de rasgos a preservar —incluidos los de un rostro— es también una decisión sobre qué versión de una persona se transmite a las generaciones siguientes.

Grupo 2 — Mijael Burgos, Lara Paz, Montaña, Torres Tomás, Génesis García Mir y Lucrecia: geopolítica y la historieta giratoria

Este grupo construyó una historieta giratoria —la llaman "crack buera"— para explicar el contexto internacional de la Guerra Fría y la Revolución Cubana de 1959 como telón de fondo de la gestión de Ragone. Consultaron bibliografía histórica, entre ella el libro del periodista Andrés Gauffín, y el sitio institucional de la Asociación Miguel Ragone. El proyecto se trabajó de forma transversal entre Ciencias Políticas e Historia del Pensamiento.


El mérito del dispositivo es sacar a Salta del aislamiento provinciano y ubicarla en la disputa geopolítica global. Guillermo O'Donnell (1972) explicó cómo la modernización económica de posguerra en América Latina generó regímenes que, ante el avance de movimientos populares, recurrieron a formas cada vez más autoritarias de contención; ese marco ayuda a entender por qué un gobernador provincial elegido democráticamente podía representar, a ojos de sectores concentrados, una amenaza de escala continental. El riesgo pedagógico, en cambio, es que el relato de bloques (Este contra Oeste) diluya el conflicto interno, de clases y de facciones, que Luis Alberto Romero (2012) describe como el verdadero motor de la violencia política argentina de esos años: no todo se explica por la geopolítica externa, buena parte se decide en la disputa doméstica por el poder provincial y sindical.

Grupo 3 — Julia, Milena, Evelin, Micael, Morena y Candela: prensa, gobernación e intervención federal

El tercer stand trabaja la cobertura mediática de la gestión de Ragone en diarios como El Tribuno y El Intransigente, que destacaban su carisma y su trayectoria médica. El grupo documenta que la gobernación duró un año, cinco meses y veintidós días, y finalizó el 23 de noviembre de 1973 por la intervención federal decretada por María Estela Martínez de Perón. Investigaron en la Biblioteca Provincial y recuperan el testimonio sobre el secretario de gobierno de Ragone como ejemplo de rectitud y palabra empeñada.


Que la intervención provenga de un gobierno peronista contra un gobernador peronista es un dato que conviene subrayar en el aula: confirma que la fractura no era todavía, en 1973, la "grieta" bipartidista que describe Alejandro Grimson (2019) para la Argentina contemporánea, sino una fractura interna al propio movimiento, entre sus alas de izquierda y derecha. Marina Franco (2012) documenta cómo, en el tramo previo al golpe de 1976, el propio aparato estatal —incluso bajo gobiernos constitucionales— fue erosionando garantías y deslegitimando experiencias provinciales de raíz popular; la intervención a Salta puede leerse como un antecedente de ese proceso, un ensayo de la "democracia tutelada" que anticipa formas más brutales de control político.

Gloria Abraham: pluralismo pedagógico y autogestión institucional

Gloria Abraham, coordinadora institucional del Colegio Betania del Sagrado Corazón Nº 8009 en Villa 20 de Junio, sostiene que la escuela promueve la democracia y la incorporación de posturas diversas, y que si hubiera existido un sesgo partidario la institución no habría abierto sus puertas a la muestra. Valora que los alumnos comprendan el legado en vida de Ragone y aclara que la inteligencia artificial se usó como dispositivo comparativo y no como fuente única. Describe además la estructura de financiamiento: el colegio integra la red de dieciséis instituciones del Arzobispado, cuenta con un convenio estatal que cubre exclusivamente los sueldos docentes, y sostiene con la cuota estudiantil los costos de infraestructura y los salarios del personal de maestranza, cinco ordenanzas en total. Recuerda que la institución nació en 1965 con talleres impulsados por la monja Blanca Conde y los salesianos, y que incorporó el nivel secundario con orientación en Humanidades y Ciencias Sociales recién en 2023.

La afirmación de neutralidad ("formación de criterio", no "adoctrinamiento") es, en sí misma, una posición política que merece ser leída con cuidado, sin necesidad de impugnarla: toda escuela que aloja la memoria de una figura peronista desaparecida por el propio Estado toma, lo declare o no, una posición. Elizabeth Jelin (2002) distingue entre la memoria oficial que administran las instituciones y la memoria social que circula por fuera de ellas; el gesto de Gloria Abraham puede entenderse como un esfuerzo legítimo por sostener ambas a la vez, sin que la segunda quede subordinada a la primera. Vale la pena que estudiantes y docentes sigan preguntándose, más allá de esta jornada, si es posible enseñar la vida de un militante político sin nombrar la política que lo llevó a esa vida.

Daniel, el docente: ampliar la agenda de los derechos humanos

El profesor Daniel plantea que las nuevas generaciones demandan incorporar temáticas contemporáneas urgentes —la ecología, el medio ambiente, la soberanía alimentaria— a la agenda clásica de derechos humanos, y expresa su desilusión por la escasa convocatoria de referentes de organismos formales a un esfuerzo pedagógico de esta magnitud. Coincide en que la juventud actual no comparte la postura antiestatal rígida de generaciones anteriores y busca canales concretos de participación.

Diana Maffía (2016) argumenta que los marcos de derechos humanos ganan potencia política cuando logran articularse con otras luchas —de género, ambientales, territoriales— en lugar de mantenerse como compartimentos estancos; la propuesta de Daniel va en esa dirección y anticipa, sin saberlo, buena parte de lo que más adelante, en la conversación itinerante hacia el salón de actos, Fernando y sus interlocutores llamarán el "embronzamiento" de las organizaciones tradicionales: estructuras que, al no renovar su agenda, terminan ausentes justamente en los espacios —como este colegio— donde la memoria se está construyendo de nuevo.

Grupo 4 — Leandro, Elianca, Matías Chávez y Leonel Sánchez: la Lista Verde y la legitimidad de las calles

Este grupo de cuarto año reconstruye la base social de la gestión de 1973: la juventud, los trabajadores y las organizaciones populares que respaldaron a Ragone y ejercían la política en las calles. Documentan el triunfo electoral de la Lista Verde, con el 57 % de los votos —121.500 sufragios—, y reconocen la figura del "médico del pueblo" desde la cercanía social. Identifican, además, tensiones y divisiones internas entre los sectores de izquierda y derecha del peronismo de la época, y admiten no haber conocido antes a Ragone, habiendo llegado a él a través del juicio por su desaparición.

La cifra electoral no es un dato decorativo: es la evidencia de una legitimidad de origen que ninguna intervención federal ni ningún relato posterior puede borrar del todo. Horowicz (1986) vuelve a ser aquí una llave de lectura imprescindible para entender que esas "tensiones entre izquierda y derecha" que detecta el grupo no eran un defecto del movimiento sino su estructura misma; y O'Donnell (1972) permite entender por qué un triunfo tan claro en las urnas resultó, paradójicamente, en una intervención siete meses después: cuanto mayor la movilización popular por canales democráticos, mayor la reacción de los sectores que veían en esa legitimidad una amenaza al orden que pretendían preservar.

Grupo 5 — Nahuel, Tomás, Santiago, Benjamín 1 y Benjamín 2: salud mental y la crítica al encierro

El quinto stand reconstruye la trayectoria médica de Ragone: nacido el 15 de enero de 1921 en San Miguel de Tucumán, graduado como neurocirujano en la Universidad de Buenos Aires en 1948, impulsor junto a Ramón Carrillo del centro neuropsiquiátrico que en Salta llevó primero el nombre de Cristofredo Jacob y que en 2003 fue rebautizado Hospital de Salud Mental Miguel Ragone. El grupo destaca que Ragone propuso reemplazar el esquema manicomial por una atención multidisciplinaria con psicopedagogos, psiquiatras y contención familiar, y documenta cómo obtuvieron el informe institucional solicitándolo por la página de Facebook del hospital. En sus consultas familiares, el abuelo de 75 años de uno de los alumnos recordó a Ragone como un "médico bueno", mientras otros familiares solo registraban el dato de su secuestro.

Pilar Calveiro (2005) invita a pensar las instituciones de encierro —cárceles, manicomios, centros clandestinos— como tecnologías emparentadas de control sobre los cuerpos, aun cuando sus fines declarados sean opuestos; leído con esa lupa, el gesto de Ragone de desarmar el manicomio tradicional adquiere una coherencia política más amplia que la meramente sanitaria: es también una forma de desconfiar del encierro como respuesta social. Por otro lado, la brecha entre el abuelo que recuerda a un "médico bueno" y los familiares que solo registran el secuestro ilustra con precisión lo que Elizabeth Jelin (2002) describe como la fragmentación intergeneracional de la memoria: cada generación retiene una porción distinta del mismo pasado, y es tarea de la escuela —como está ocurriendo aquí— volver a coserlas.

Grupo 6 — Ivana, Montela, Alan y Alex: militancia, juego y hallazgo generacional

El sexto stand, liderado por Ivana junto a Montela, Alan y Alex, diseñó una trivia con caramelos para atraer a sus compañeros hacia el estudio de la militancia política de Ragone, su ayuda a los sectores trabajadores y la persecución que sufrió por sostener sus ideales. Generaron con inteligencia artificial una ilustración de Ragone asistiendo a familias de bajos recursos. Reconocen que antes de investigar solo vinculaban su nombre al hospital psiquiátrico o a la desaparición, y constatan que sus abuelos de 86 años recuerdan el impacto social de la desaparición con una intensidad que sus padres, más jóvenes, no comparten por no haber vivido el período.

La ludificación de la memoria —convertirla en trivia, en premio, en caramelo— puede generar la incomodidad que anticipa Beatriz Sarlo (1994) frente a una cultura que tiende a espectacularizar el pasado; pero conviene no apresurar el juicio, porque el resultado que el propio grupo declara —el "descubrimiento" de una faceta política antes desconocida— es exactamente el efecto que Michael Pollak (2006) atribuye a los dispositivos de transmisión exitosos: lograr que una memoria antes privada, fragmentaria y dolorosa, se vuelva socialmente compartible. El contraste entre los tres tramos etarios —abuelos, padres, estudiantes— confirma, una vez más, que esa transmisión no es automática y requiere mediaciones activas como la que este stand construyó.

La conversación itinerante: el "embronzamiento" y la disputa por el orden

Camino al salón de usos múltiples, Fernando conversa con el historiador Daniel Escotorín, el periodista Andrés Gauffín y la representante legal del colegio. Fernando sostiene que las organizaciones de derechos humanos de Salta Capital se "broncearon", convertidas en estatuas autorreferenciales que paralizan la gestión política real; denuncia el centralismo capitalino que ignora al interior provincial y a la juventud, y la cooptación burocrática de organismos que delegan en el Estado su agenda propia. Sostiene, además, que en 2026 mantener una postura dogmáticamente antiestatal y tener "alergia" a las palabras orden y seguridad constituye una ingenuidad que regala esas demandas a los sectores conservadores, y llega a mencionar, como ejemplo de sociedades organizadas en torno a un orden firme, a China, Vietnam, Cuba y Corea del Norte. Daniel Escotorín coincide en la necesidad de renovar la agenda de derechos humanos hacia la ecología y la soberanía alimentaria, y lamenta la apatía institucional; Andrés Gauffín acompaña el diagnóstico y señala la contradicción de dirigencias que se proclaman federalistas y están ausentes del interior. La representante legal aporta el dato del financiamiento institucional y evoca al Padre Martearena como un gestor que "pateaba puertas" ante el Estado.

Esta es, probablemente, la intervención que más exige ser problematizada, y se la devuelve aquí con el mismo respeto con que fue dicha, sin transformarla en caricatura ni en verdad indiscutida. La crítica al inmovilismo de ciertos organismos de derechos humanos tiene sustento: Diana Maffía (2016) y el propio testimonio de Daniel sobre la agenda ambiental coinciden en que estructuras verticalistas y poco permeables a lo nuevo terminan reproduciendo, puertas adentro, las mismas lógicas autoritarias que dicen combatir puertas afuera. Pero la mención de regímenes como Corea del Norte o Cuba como modelos de "orden" es un salto que la teoría sobre memoria y transición democrática obliga a mirar con lupa. Sofía Tiscornia (2004) mostró que, en la historia argentina, el reclamo de "orden y seguridad" ha operado muchas veces por fuera —y hasta en contra— del imperio del derecho, legitimando prácticas policiales y estatales que luego resultaron difíciles de contener; reclamar esas palabras sin fijarles un límite explícito en los derechos humanos no es un gesto neutro, es reabrir una discusión que la propia historia de Ragone —perseguido precisamente por un aparato estatal que invocaba el orden— vuelve especialmente delicada. Guillermo O'Donnell (1972) agrega que los regímenes autoritarios latinoamericanos del siglo XX se legitimaron, en buena medida, apelando al mismo binomio orden-desorden que aquí se recupera como bandera progresista; y Alejandro Grimson (2019) permite ver la ironía de fondo: al mismo tiempo que se denuncia el maniqueísmo de "la grieta", se propone una nueva línea divisoria —embronzados contra vitales, antiestatales contra realistas— que corre el riesgo de reproducir la misma lógica binaria que se quiere superar. Ninguna de estas objeciones invalida la pregunta de fondo que Fernando formula —¿por qué ceder el monopolio del orden a la derecha?—; simplemente exige que la respuesta se construya con los mismos límites de derechos humanos que Ragone encarnó, y no a pesar de ellos.

El recorrido por los stands, tomado en conjunto, muestra una escuela que decidió no reducir a Miguel Ragone al lugar de la víctima, sino investigar su vida, su profesión, su base electoral y sus contradicciones internas. Los seis grupos, cada uno desde un ángulo distinto —lo médico, lo geopolítico, lo mediático, lo electoral, lo sanitario y lo militante—, construyen entre todos una figura más completa que la que ofrece cualquier relato único. La conversación itinerante final, en cambio, recuerda que esa memoria activa no está exenta de tensiones políticas propias, actuales, que merecen el mismo tratamiento crítico que se aplica al pasado.


El conversatorio "Recuperar la vida y la obra del Dr. Miguel Ragone" reúne en el flamante polideportivo escolar a estudiantes de tercero, cuarto y quinto año con un panel integrado por Fernando Pequeño Ragone, el periodista Andrés Gauffín, el historiador Daniel Escotorín y la escritora Raquel Espinosa, bajo la moderación del profesor Juan José Vargas. El objetivo declarado es evaluar las investigaciones escolares y reflexionar sobre la trascendencia de la vida y obra de Ragone, desplazando el eje de la victimización trágica hacia la ética pública y superando las lógicas de la polarización estéril que Alejandro Grimson (2019) describe bajo el nombre de "la grieta".

Juan José Vargas: la moderación y el reconocimiento del trabajo estudiantil

El profesor Juan José Vargas organiza el encuentro y destaca la dedicación de los estudiantes de cuarto año, que acudieron a archivos, bibliotecas y hospitales para indagar la historia local de manera responsable, y agradece a los invitados y al equipo docente y directivo por hacer posible la actividad.

Ese gesto de reconocimiento institucional no es menor: Elizabeth Jelin (2002) subraya que la transmisión intergeneracional de la memoria depende de mediaciones —docentes, escuelas, rituales escolares— que legitimen el trabajo de investigación de los jóvenes como un aporte válido y no como una simple tarea escolar más.

Fernando Pequeño Ragone: vida sobre muerte, superación de la grieta, transparencia

Fernando sostiene que el verdadero valor histórico de su abuelo radica en su potencia vital y en su trabajo con los sectores humildes, no en su condición de víctima; que ubicar a Ragone dentro de la grieta política equivaldría a destruirlo por segunda vez, porque su legado promueve el diálogo democrático; que la transparencia es un ejercicio cotidiano que exige valentía y constituye el homenaje más genuino que puede rendírsele; y que la orfandad, el miedo y la dispersión ideológico-económica que atravesó su propia familia tras el secuestro encontraron una salida en la educación pública y en el trabajo desde la sociedad civil. Agrega que las marchas del 24 de marzo evocan el límite ético del "no matarás", y que haber pasado por el Estado le permitió comprender el funcionamiento del poder, aunque su permanencia en la sociedad civil es lo que garantiza su independencia para decir la verdad.

La operación de sacar a Ragone de la grieta es, en términos de Jelin (2002), un intento de construir una "memoria ejemplar": aquella que, sin negar el dolor, lo transforma en una lección transferible a cualquier signo político. Es un gesto valioso y, a la vez, delicado: Grimson (2019) advertiría que declarar a una figura "por encima" de la grieta es también una posición dentro de la grieta, en la medida en que implica decidir qué lecturas quedan legitimadas y cuáles no. Pilar Calveiro (2005), por su parte, permite leer el relato de la orfandad y el trabajo posterior en la sociedad civil como un ejemplo de reelaboración subjetiva de la violencia estatal: el paso del duelo paralizante a la acción organizada es, en su análisis, una de las formas en que los sobrevivientes y sus descendientes logran restituir sentido a una historia que el terrorismo de Estado quiso volver ininteligible.

Andrés Gauffín: el estado de excepción y el desmontaje del estereotipo

Gauffín caracteriza a Ragone como un dirigente "terco", de convicciones firmes, y explica que su investigación buscó desarmar la versión estereotipada que circulaba sobre el exgobernador acudiendo a archivos y testimonios directos. Encuadra la intervención federal y el posterior secuestro de Ragone bajo la categoría de Estado de Excepción: un período en que los derechos estaban formalmente reconocidos mientras el estado de sitio los declaraba, de hecho, no garantizados. Advierte, además, que la desvalorización actual de la palabra "derechos" en el debate público reactiva riesgos institucionales comparables a los del pasado predictatorial, y recuerda que las evidencias del juicio de 2011 fueron determinantes para sistematizar su investigación.

El concepto de Estado de Excepción que Gauffín recupera dialoga directamente con el análisis de Guillermo O'Donnell (1972) sobre los gobiernos burocrático-autoritarios latinoamericanos, que combinaban legalidad formal con suspensión efectiva de garantías; leídos juntos, ayudan a entender que 1976 no fue un quiebre sin antecedentes sino la radicalización de mecanismos —interventores federales, estados de sitio, proscripciones— que ya operaban desde antes. La alerta de Gauffín sobre el vaciamiento del lenguaje de derechos encuentra respaldo en Marina Franco (2012), quien documenta cómo la erosión discursiva de esas garantías, antes de cualquier golpe, prepara culturalmente el terreno para la violencia estatal posterior.

Daniel Escotorín: honestidad política y sustento social del liderazgo

Escotorín destaca la honestidad e integridad de Ragone como contraejemplo frente a la corrupción pública, y sostiene que ningún líder —ni Ragone, ni Salvador Allende, ni Martín Miguel de Güemes— transforma la realidad de manera aislada: su significación histórica proviene del respaldo de miles de ciudadanos que sostienen su palabra empeñada. Afirma que investigar la historia local demuestra que Salta no es una sociedad pasiva sino un pueblo con tradición de lucha, y relata que el acceso a fuentes de época se vio dificultado por la quema o destrucción de documentación por parte de familias y sindicatos atemorizados. Concluye que la política es una actividad inevitable y necesaria para curar las desigualdades sociales.

La comparación entre Ragone, Allende y Güemes construye una genealogía de liderazgos populares regionales que, en términos de Pollak (2006), cumple una función de encuadramiento: ofrece a los estudiantes un relato coherente y transmisible, aunque selectivo. Luis Alberto Romero (2012) permite matizar esa genealogía situándola en la larga serie de ciclos de movilización y represión que atraviesan la historia argentina del siglo XX, de modo que el caso salteño se lea no como excepción sino como variante regional de un patrón nacional. El dato sobre la quema de documentos por temor, finalmente, es un testimonio directo de lo que Franco (2012) describe como el clima de autocensura social que antecede y acompaña a la violencia estatal.

Raquel Espinosa: la literatura, el tiempo solapado y las huellas que no desaparecen


Raquel Espinosa explica que la ficción literaria no se opone a la verdad histórica sino que se nutre de la inmersión subjetiva del investigador, tomando como ejemplo el testimonio de Daniel Escotorín, quien llegó a soñar en blanco y negro por su trabajo con los periódicos de 1976. Sostiene que la literatura permite que pasado, presente y futuro se reflejen en un presente continuo, evitando que hechos de 1973 o 1976 queden relegados a un archivo muerto. Comparte su propia memoria: a los quince o dieciséis años, en Cerrillos, presenció los operativos policiales nocturnos que buscaban al gobernador ya desaparecido por el propio Estado. Afirma, como convicción teórica, que "nadie desaparece totalmente sin dejar huellas", y sostiene que la literatura aporta una dimensión afectiva que el dato historiográfico por sí solo no logra transmitir, funcionando como antídoto contra la monumentalización y como pedagogía de la esperanza frente al duelo social.

La intervención de Espinosa es, de las cinco voces del panel, la que más explícitamente pone en juego la relación entre memoria y narrativa que Jelin (2002) coloca en el centro de sus "trabajos de la memoria": no hay memoria sin relato, y todo relato —también el literario— es una forma legítima de elaboración del pasado. Sarlo (1994) matizaría esa afirmación recordando que la empatía narrativa, cuando reemplaza por completo a la explicación histórica, puede volver el pasado más consumible pero menos comprensible; el propio planteo de Espinosa, sin embargo, evita ese riesgo al proponer la literatura como complemento del dato duro y no como su sustituto. Pollak (2006) ofrece, finalmente, la clave conceptual para entender la frase central de la escritora: las huellas que "nadie puede borrar totalmente" son, en su vocabulario, la memoria subterránea que sobrevive a la represión y que tarde o temprano encuentra un canal —una investigación escolar, una novela, un stand con caramelos— para volverse memoria pública.

Los estudiantes panelistas: Samuel Maguna, Santiago, Gonzalo, la alumna de quinto año, Sebastián y Thiago

Cierran el panel las preguntas de los estudiantes, quienes indagan sobre las dificultades de investigar en archivos, el peso simbólico de llevar el apellido Ragone, el legado que corresponde transmitir a las generaciones siguientes y el sentido que tiene, para su propia generación, conmemorar el 24 de marzo y participar políticamente.

Que sean los propios estudiantes quienes formulen estas preguntas —y no solo las reciban ya respondidas— es el mejor indicador de que la jornada cumplió su propósito. Jelin (2002) insiste en que la memoria solo se sostiene en el tiempo si cada generación la retoma con preguntas propias, no si la repite como fórmula heredada; las preguntas de Samuel, Santiago, Gonzalo, la alumna de quinto año, Sebastián y Thiago muestran a una generación que no se conforma con la versión recibida y que empieza a construir su propia relación, crítica y activa, con esta historia.

Leído en conjunto, el recorrido por los stands y el panel del salón de usos múltiples configuran dos registros complementarios de un mismo esfuerzo: sacar a Miguel Ragone del lugar de la víctima estática para devolverle la complejidad de una vida política concreta. Ese movimiento encuentra respaldo en Elizabeth Jelin (2002) que entiende la memoria como trabajo inacabado, en Michael Pollak (2006) que explica cómo se encuadran y transmiten las memorias subterráneas, y en Pilar Calveiro (2005) que permite pensar la reelaboración subjetiva de la violencia estatal sin reducirla a un relato de horror sin salida. Al mismo tiempo, tanto la conversación itinerante sobre el "embronzamiento" como la propia apelación de Fernando a superar la grieta muestran que ninguna memoria activa está libre de tomar posición: Alejandro Grimson (2019) y Guillermo O'Donnell (1972) sirven aquí de advertencia sobre los riesgos de sustituir un binarismo por otro, o de reclamar el orden sin fijarle límites de derechos humanos, algo que Sofía Tiscornia (2004) documentó como una tensión históricamente peligrosa en la Argentina. Marina Franco (2012) y Luis Alberto Romero (2012) ofrecen el marco histórico general que permite situar el caso de Ragone —su triunfo electoral, su intervención, su secuestro— dentro de un proceso nacional de erosión democrática que no comenzó en 1976. Alejandro Horowicz (1986) recuerda que esa historia no puede narrarse sin las tensiones internas del propio peronismo, y Diana Maffía (2016) invita a que la agenda de derechos humanos que se construye en este colegio siga ampliándose hacia las nuevas demandas —ambientales, de género, territoriales— que los propios estudiantes ya empiezan a nombrar. Beatriz Sarlo (1994), por último, funciona como un llamado a la cautela: ni la imagen restaurada por inteligencia artificial ni la trivia con caramelos ni la empatía narrativa deben reemplazar el trabajo paciente de leer, archivar y discutir. Esta escuela, con sus seis grupos y su panel, demostró que es capaz de sostener ese trabajo paciente.

A los estudiantes de los seis grupos, a Florentino, a Gloria Abraham, al profesor Juan José Vargas de Ciencias Políticas e Historia, a Daniel, a Andrés Gauffín, a Daniel Escotorín y a Raquel Espinosa, la Asociación Miguel Ragone agradece el espacio compartido y devuelve este ensayo como lo que es: no un cierre, sino una invitación a seguir investigando, discutiendo y, sobre todo, preguntando.

  1. Calveiro, P. (2005). Política y/o violencia: Una aproximación a la guerrilla de los años 70. Grupo Editorial Norma.
  2. Franco, M. (2012). Un enemigo para la nación: Orden interno, violencia y "subversión", 1973-1976. Fondo de Cultura Económica.
  3. Grimson, A. (2019). ¿Qué es la grieta? Ilusiones y realidades de la polarización argentina. Siglo Veintiuno Editores.
  4. Horowicz, A. (1986). Los cuatro peronismos. Editorial Legasa.
  5. Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo Veintiuno Editores.
  6. Maffía, D. (2016). Feminismos y epistemologías críticas: Debates para pensar la desigualdad. CLACSO.
  7. O'Donnell, G. (1972). Modernización y autoritarismo. Editorial Paidós.
  8. Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
  9. Romero, L. A. (2012). Breve historia contemporánea de la Argentina, 1916-2010 (3.ª ed.). Fondo de Cultura Económica.
  10. Sarlo, B. (1994). Escenas de la vida posmoderna: Intelectuales, arte y videocultura en la Argentina. Editorial Ariel.
  11. Tiscornia, S. (2004). Entre el imperio del "Estado de policía" y los límites de la ley: Seguridad ciudadana y policía en la Argentina. Nueva Sociedad, 191, 78-89.

Conmemoramos la Masacre de Palomitas en el sitio de memoria de la ruta 34

El 6 de julio de 1976, doce militantes políticos fueron ejecutados en el paraje Palomitas, sobre la ruta 34, bajo el simulacro de un intento...