Por Fernando Pequeño
Tuve oportunidad de compartir el acto por el Día Internacional de los Derechos Humanos y el aniversario del retorno democrático celebrado en la Universidad Nacional de Salta (UNSa) hace unos pocos días y me encontré en la paradoja de una tensión fundamental: la elección entre el refugio en el consenso histórico -por parte de la vicerrectora de la institución- y el compromiso explícito con las batallas políticas del presente, en el discurso de militantes de derechos humanos y otras autoridades universitarias.
El refugio en la abstracción: la cautela del discurso institucional
Escuché la intervención de la Vicerrectora, Dra. María Rita Martearena, como el ejemplo paradigmático de un discurso descriptivo, conceptual y conmemorativo que busca la neutralidad institucional. Su mensaje se centró en la celebración de hitos del pasado —la Declaración Universal de 1948 y la restauración democrática de 1983— y en la enumeración de las características abstractas de los DDHH (universales, inalienables). Al reafirmar el compromiso de la UNSa, lo hizo a través de sus funciones inherentes: la formación de profesionales críticos y la investigación comprometida. Sin embargo, eligió no abordar las tensiones del presente de forma explícita. Evitó nombrar a los actores ni a las políticas que hoy socavan esos mismos derechos: no hubo mención al negacionismo de Estado, a la represión de la protesta, ni a los ataques presupuestarios contra el sistema científico. Al limitarse a los valores universales, su discurso funcionó como un acto de despolitización, trasladando el compromiso del campo de batalla político al campo seguro de la ética y la academia, un mecanismo de evasión que diluye la urgencia de la coyuntura.
La paradoja de la despolitización: evasión y desinstitucionalización
El mecanismo de despolitización se activa cuando la
memoria se vacía de su carga de conflicto social, transformándose en una triste
herramienta de celebración. Al evitar la confrontación directa, el discurso
institucional busca la institucionalización del compromiso con la memoria, pero
logra el efecto contrario: la desinstitucionalización del rol político de la
universidad pública. En tiempos de crisis y ataque, la voz de la academia
debería ser la primera en nombrar y señalar las amenazas con precisión
política. Al no hacerlo, al refugiarse en un lenguaje que solo describe el
pasado y generaliza el presente, la institución corre el riesgo de volverse
inaudible en la disputa de poder real, relegando su compromiso histórico a una
función burocrática y protocolaria que carece de incidencia en la resistencia
política actual. Un compromiso real exige transicionar de un discurso que
describe valores a uno que diagnostica amenazas y prescribe la acción.
La voz de la trinchera: académicos y militantes frente a la crisis del presente
El contraste con esta postura precavida fue aportado por las
voces de la militancia activa, a la que se sumó una autoridad académica que sí
asumió el riesgo de la confrontación. La Decana Quiñones, al presentar el
programa, rompió con el tono de la Vicerrectora al denunciar directamente el "ataque
brutal, sistemático, frontal a las políticas de memoria", alineando la
universidad con los organismos que "han acompañado desde hace más de 50
años la construcción de una sociedad mejor". Junto a ella, David Leiva y
Eloisa Rivero expusieron una estrategia de combate explícita. Leiva propuso la repolitización
de las víctimas y el uso estratégico del concepto "Genocidio" para
combatir la falacia de la Teoría de los Dos Demonios. Rivero fue más allá,
identificando rasgos fascistas y de militarización en el gobierno actual y
concluyendo con la exigencia de movilización social como única herramienta
efectiva de resistencia. Estos discursos no solo reconocieron las tensiones,
sino que las nombraron, las juzgaron y demandaron una acción inmediata,
demostrando que para algunos actores, incluyendo autoridades académicas como la
Decana, el compromiso con la memoria implica la obligación de confrontar el
poder que hoy intenta borrarla.
El Programa de DDHH de la UNSa: un escenario para el antagonismo constructivo en la democracia
Habiendo marcado la diferencia de posiciones subjetivas
frente al escenario que nos convocaba, tengo que recuperar el lanzamiento
institucional del Programa "Democracia, Memoria y Derechos Humanos"
en el marco del acto académico. La construcción y anuncio de este Programa no
solo formalizó el compromiso de la UNSa con la defensa de estos valores, sino
que sirvió justamente; como escenario para evidenciar las diferencias
sustanciales en el modo de ejercer este compromiso político que pretendo iluminar.
Al incluir el panel de expertos y militantes junto a las voces de las
autoridades, el Programa -y el acto mismo- recuperó su sentido como un espacio
de tensión democrática, donde las aguas se dividen entre la prudencia
institucional (Vicerrectora) y el activismo político confrontativo (Decana,
Rivero, Leiva). Esta disposición de las voces me ha resultado de un valor
fundamental para la construcción democrática y las negociaciones políticas
reales, pues se opone a la tendencia de diluir las diferencias en un consenso
vacío. Al contrario, me parece a mí; la Universidad demuestra así la capacidad
de contener y de dar voz a los antagonismos constructivos: reconocer que la
diferencia y el conflicto de posturas son inherentes a la lucha por los
derechos humanos, y que solo al no destituir el valor de esa diferencia se
logra el objetivo de mantener la memoria y la defensa de los derechos humanos
como una agenda viva y políticamente urgente, y no como un mero recuerdo
protocolario.

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