martes, 10 de marzo de 2026

Mil Pasos por Ragone: Si hemos servido, volveremos

 


Por Fernando Pequeño Ragone,
Asistido con NotebookLM y Claude [i]
Salta, 10 de marzo de 2026

Contenidos

 Introducción:El mapa que caminamos

I.Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no puede ser estática

II.Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El espacio íntimo como archivo político

III.En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de Arredez: Donde cayó

IV.Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico: Memoria, burocracia y futuro

Conclusión:Cincuenta años no son nada si la memoria se trabaja

 

 

Introducción: El mapa que caminamos


Hoy es martes 10 de marzo de 2026. Mañana se cumplen cincuenta años del secuestro y desaparición forzada de mi abuelo, Miguel Ragone, exgobernador de Salta. Caminamos. No marchamos. No desfilamos. Caminamos, que es distinto. Caminar es reconstruir con los pies lo que la memoria tiene el riesgo de archivar y olvidar.

La caminata que llamamos Mil Pasos por Ragone convoca hoy, un día antes de la conmemoración oficial, a militantes, periodistas y miembros de organizaciones de derechos humanos. El itinerario no es caprichoso: es una cartografía del crimen y de la resistencia. Comenzamos en las escalinatas del Monumento a Güemes, frente al Juzgado Federal 3, donde la justicia debería ser el testigo permanente de lo que ocurrió. Desde allí avanzamos hacia el Pasaje Puló 146, la casa donde vivió mi abuelo, la casa de mi familia. Luego el corazón del recorrido: el Pasaje del Milagro, frente al almacén del fallecido Arredez, el sitio exacto donde Miguel Ragone cayó. Y cerramos al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973, en el Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero.

Este recorrido no es solo un homenaje. Es una herramienta. Una herramienta de auditoría ética y política en un momento histórico que nos exige la mayor claridad: vivimos bajo un gobierno nacional que transitó del negacionismo abierto a la reivindicación explícita del terrorismo de Estado. Vivimos bajo un gobierno salteño que impulsa el extractivismo —particularmente la actividad minera— como modelo de desarrollo, entregando el territorio a unos pocos, alineado completamente con esa lógica nacional de vaciamiento institucional. En este contexto, caminar por donde caminó Ragone no es nostalgia. Es resistencia.

Llevo veinte años en este trabajo de memoria y reconstrucción. "Yo estoy hace 20 años en esta memoria y reconstruyendo y todos los días también de alguna manera haciendo un duelo, ¿no? porque nunca termina de pasar". Eso digo cuando alguien me pregunta cómo llevo esto. No termina de pasar porque no está terminado. El régimen que mató a mi abuelo no está liquidado; se transformó. Y nosotros, hoy, lo nombramos.

I. Al pie del Monumento a Güemes: La memoria que no puede ser estática

Las escalinatas del Monumento a Güemes tienen una gravedad particular esta mañana. El cielo salteño es limpio, de ese azul intenso que parece indiferente a lo que ocurre bajo él. A mis espaldas está el Juzgado Federal 3: el edificio donde se procesó, décadas después, una parte de la responsabilidad jurídica por lo que ocurrió con mi abuelo. Frente a mí, la gente que eligió estar aquí. Eso me sostiene.

Andrés Gauffin, periodista y docente de la Universidad Católica de Salta, miembro de la Asociación de Periodistas, toma la palabra. Escucharlo siempre me genera algo parecido a la gratitud intelectual: Andrés no habla de Ragone como si lo lamentara; habla de él como si lo analizara, y esa diferencia es fundamental para nosotros, para los que no queremos un panteón sino una comprensión.

Su núcleo argumental es claro: "La memoria que tenemos que guardar la tenemos que recrear, renovar... no puede ser algo estático, sino que se tiene que reverdecer siempre". La imagen del reverdecimiento me parece exacta. Una planta que no se riega se seca aunque haya sido poderosa. La memoria es un ser vivo que requiere trabajo, presencia, cuestionamiento. Gauffin propone el método periodístico de Rodolfo Walsh —volver al lugar de los hechos— como el motor de esa renovación. Ver con los propios ojos, pisar la baldosa, mirar el almacén que todavía existe. Eso genera preguntas nuevas sobre una historia que, aunque tenga condenas judiciales, sigue abierta políticamente.

Vincula el crimen de mi abuelo con un cambio estructural en el mapa político de Salta y subraya la necesidad de entender este magnicidio en conexión con los asesinatos previos de otros militantes: Fronda, Burgos. No fue un hecho aislado. Fue una cadena. En términos de Elizabeth Jelin, Gauffin actúa aquí como un emprendedor de la memoria: alguien que realiza un trabajo constante de actualización de sentidos, que se niega a que la figura de Ragone sea una pieza estática del pasado. Gauffin no construye un monumento; construye un mapa dinámico para las nuevas generaciones.


También interviene Blanca Lescano, referente histórica de los derechos humanos en Salta, hija de un desaparecido del Operativo Independencia. Su interlocución tiene la autoridad de quien también carga una herida. Blanca introduce una exigencia analítica que el documento de la caminata registra con nitidez: "Si no ligamos los dos golpes de estado y los años... en el medio, no vamos a entender realmente por qué en esa etapa... se mató tanta gente". El secuestro de mi abuelo ocurrió en democracia, el 11 de marzo de 1976, catorce días antes del golpe. Comprender eso exige mirar el período 1973-1975 con la misma intensidad con que miramos la dictadura.

El Operativo Independencia, el Pozo de Vargas en Tucumán —treinta metros de profundidad, entre ciento diez y ciento veinte restos identificados, aproximadamente veinte sin identificar—, las brigadas clandestinas que operaban con la anuencia del Estado: todo eso ya existía. La represión no empezó el 24 de marzo de 1976. Empezó antes, y el crimen de Ragone es parte de esa prehistoria que el relato oficial ha preferido silenciar. Michael Pollak diría que estos silencios son memorias subterráneas que la historia oficial intenta estabilizar. Hoy, al pie del Monumento a Güemes, las sacamos a la superficie.



II. Frente a la casa del Pasaje Puló 146: El espacio íntimo como archivo político


Llegar a la casa de mi abuelo en el Pasaje Puló 146 es siempre una experiencia contradictoria. Me sucede lo mismo que cuando intento explicar lo inexplicable: hay una satisfacción al ver que la gente viene, que el recorrido tiene sentido colectivo; y hay una angustia que no cede, un duelo permanente que se mitiga con la compañía pero que nunca desaparece. Esta casa fue construida hacia fines de la década de 1950. Antes de 1976, era un espacio de reuniones masivas, festejos de hasta cincuenta personas, principalmente de la familia extendida de origen italiano. Después del golpe, esas reuniones cesaron definitivamente.

Andrés Gauffin guía la reflexión con una herramienta pedagógica que reconozco como eficaz porque la he visto funcionar con estudiantes: el Peugeot amarillo. "Yo siempre me imagino cuando hago la actividad con los alumnos, yo les digo que Ragone es con un Peugeot amarillo". Un auto cotidiano, concreto, con color. No una estatua. Un médico que conducía un Peugeot amarillo por las calles de Salta y que tenía, además, una vocación de poder clara y legítima. Eso es lo que los procesos represivos intentan borrar: la humanidad política del sujeto que eliminan.

Porque mi abuelo no era solo una víctima. Era un político con proyecto. Gauffin señala que apenas cuatro días antes de su desaparición, Ragone había decidido presentarse en las elecciones internas del partido, buscando recuperar la presidencia del PJ salteño para proyectarse nuevamente hacia la gobernación. "Él tenía vocación de poder... quería volver a ser presidente del PJ o ser presidente del PJ para después ser gobernador en ese proyecto. Ahí lo matan". Ahí lo matan. Esa secuencia temporal —cuatro días— es la prueba más contundente del carácter estrictamente político del crimen.

La composición ideológica del entorno de Ragone era notable en su diversidad: militantes del PRT como Chicho Gallardo, integrantes de Montoneros, sectores de la derecha peronista tradicional, funcionarios institucionales como Hortensia Porcel. Esa capacidad de articular fuerzas diversas era, según Gauffin, tanto su fortaleza como su peligrosidad para los poderes establecidos. Un político que tendía puentes entre sectores contrapuestos era un político difícil de contener.

Esta casa recibió también, en años más recientes, visitas que marcaron la historia política argentina. Néstor Kirchner estuvo aquí, en calidad de presidente, y utilizó el comedor de la casa para hacer declaraciones sobre el cambio institucional del país. También Eduardo Luis Duhalde visitó esta sala. La casa de un gobernador desaparecido se convirtió, con el tiempo, en un sitio de memoria y de política viva. Siguiendo a Ludmila Catela da Silva, la territorialización de la memoria ocurre precisamente en este desplazamiento: el espacio físico se transforma en un documento que ancla la subjetividad política de quienes lo habitan y lo visitan.

Hay una memoria que se teje en paralelo a la del gobernador y que merece ser nombrada en este mismo espacio: la de Lucía Ragone, su hermana. Elena, licenciada en Trabajo Social y excolega de Lucía en el área de salud pública, la evoca durante la caminata con una precisión que sacude. En los años ochenta, cuando el VIH/SIDA era todavía un estigma sin nombre oficial en Salta, cuando el miedo paralizaba a los equipos de salud y la falta de protocolos dejaba a los enfermos sin asistencia ni atención, Lucía Ragone estaba allí. Elena lo dice sin adornos: "Nosotros somos el equipo que hemos encontrado la gran cantidad de personas que no estaban siendo asistidas ni atendidas". Esa frase condensa una ética que no necesita panfleto. Lucía recorría los márgenes de la provincia —sus suburbios, sus silencios sanitarios— para llegar a quienes el sistema no quería ver. La ética médica de Miguel Ragone no murió con él en el Pasaje del Milagro; sobrevivió en su hermana, en los pasillos de los hospitales públicos, en la disposición de dar la cara cuando el miedo dominaba. Diana Maffia diría que esta es una subjetividad política construida desde la ética del cuidado: una forma de resistencia que no ocupa las tribunas pero que sostiene el tejido social desde adentro, desafiando las lógicas de poder que durante la represión y también en la democracia prefirieron mirar hacia otro lado.

Marcelo López Arias, exfuncionario judicial y estrecho colaborador del proyecto político de Ragone en 1973, aporta una dimensión que me parece crucial para entender a mi abuelo más allá de la victimología: la reforma institucional como práctica política. Ragone lo nombró Defensor Oficial Penal con una misión estratégica explícita: "Yo quiero que usted se haga defensor oficial penal para que me ayude a controlar la policía con todas las cosas que han hecho". López Arias describe esa labor como inspecciones a las comisarías a medianoche, una auditoría permanente sobre el aparato represivo. Él mismo lo define, retrospectivamente, como "la antesala del comité para la prevención de la tortura". Mi abuelo estaba construyendo, en 1973, un mecanismo de control democrático sobre la violencia policial, décadas antes de que eso se convirtiera en política nacional.

III. En el Pasaje del Milagro, frente al almacén de Arredez: Donde cayó

Estamos parados en el lugar exacto. Frente al almacén que perteneció al fallecido Arredez, en el Pasaje del Milagro. Este almacén sigue aquí, como un testigo mudo que no puede hablar pero tampoco puede irse. Aquí fue donde el Peugeot 504 gris de mi abuelo quedó detenido el 11 de marzo de 1976. Aquí fue donde lo interceptaron.

Yo digo lo que sé y lo que siento: "Donde estamos parados es justamente el lugar en el que él cayó". Y agrego lo que más importa: "Miguel Ragone sí lo mataron, pero todos los que estamos nosotros presentes acá... sembramos cosas permanentemente". La presencia aquí es un acto político. No estamos de visita. Estamos ocupando el espacio que el crimen quiso vaciar.

Un cronista de noticiero me intercepta. La entrevista se produce en este punto geográfico de alta carga simbólica. Describo mis sensaciones como contradictorias. Por un lado, la satisfacción profunda de ver que la memoria sigue viva, que caminar junto a compañeros permite recrear el recorrido cotidiano de mi abuelo como una forma de pregunta desde el presente. Por otro lado, la persistencia de un duelo permanente y una angustia que solo se mitiga con la compañía colectiva.

El periodista me pregunta por la figura jurídica de mi abuelo: ¿asesinado o desaparecido? Navego esa complejidad con honestidad. Como asesinado, soy tajante: a Miguel Ragone lo mataron. Esa certeza se apoya en los relatos de testigos que vieron el ataque en esta esquina, que vieron el cuerpo herido del comerciante Arredez cuando intentó ayudarlo. Como desaparecido, reconozco que política y jurídicamente Ragone sigue siendo esa figura, la que en Argentina posee un valor simbólico fundamental: el cuerpo ausente que genera una necesidad permanente de búsqueda y de duelo.

Esa condición me llevó a buscar un sitio para el duelo, independientemente de la resolución judicial. Y encontré algo. Pude cerrar muchas cosas gracias al testimonio de un testigo arrepentido, un policía que tenía veinte años en el momento del operativo. Su relato: tras abandonar el auto en Cerrillos, se formó una caravana que avanzó hacia el Dique Cabra Corral. El cuerpo de mi abuelo habría sido colocado en un cajón de cemento. Ese cajón fue desplazado desde una de las orillas del puente y arrojado al fondo del espejo de agua. Critico que el exjuez Medina descartó este testimonio de la investigación oficial. Para la justicia, ese relato no tiene validez jurídica. Para mí, representó un hito que me permitió vincular la vida con la muerte en ese paisaje. A veces la verdad judicial y la verdad humana no coinciden.

Blanca Lescano interviene para ampliar el encuadre político de la desaparición. Ella vincula lo ocurrido con mi abuelo directamente con el Operativo Independencia: "La hipótesis realmente de lo de Ragone en el contexto político de Argentina... pertenecía a lo que era el operativo de independencia". Lo que ocurrió aquí, en este Pasaje del Milagro, no fue un hecho local y aislado. Fue parte de una gestión represiva que ya se había legalizado formalmente en 1975 bajo el mando de figuras como Antonio Domingo Bussi.

Blanca habla también de su propio padre. Desapareció apenas dos días después del golpe, con características idénticas a las de Ragone. Pero a diferencia del caso salteño, los investigadores en Tucumán lograron identificar sus restos en el Pozo de Vargas. Para Blanca, ese sitio es el símbolo de lo que la identificación puede significar frente a la incertidumbre de la desaparición. Y dice algo que me resuena hondo: la falta de un cuerpo no anula la identidad política del sujeto desaparecido. La hace permanente.


Desde la perspectiva teórica que venimos trabajando, la esquina del Pasaje del Milagro es lo que Catela da Silva llamaría una huella que ancla la subjetividad política de la comunidad. El poste, las placas, el almacén: son objetos que materializan la historia y resisten el olvido. Michael Pollak diría que estos espacios físicos son los soportes materiales de las memorias subterráneas que el sistema intentó enterrar. Que sigamos aquí, de pie, frente al almacén de Arredez, es la demostración de que esas memorias no se dejaron enterrar.

Marcelo López Arias interviene con la dimensión político-institucional del colapso del gobierno de Ragone en 1974-1975. Identifica al diario El Tribuno y a sectores de la derecha peronista como actores que deslegitimaron activamente al gobierno antes de la intervención federal. Nombra a Roberto Romero como uno de los principales beneficiarios políticos de la caída de Ragone. Y critica la hipocresía del decreto de intervención que alegaba "acefalía" cuando el poder había sido activamente socavado: "El decreto de intervención de la provincia tiene la hipocresía... de decir que se decreta la intervención de la provincia por la acefalía". No hubo vacío de poder. Hubo despojo.

IV. Al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico: Memoria, burocracia y futuro


Llegamos al Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero, al pie de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973. Gauffin ya había señalado en el Monumento a Güemes que este Congreso, realizado un año y medio antes del crimen de Ragone, debe entenderse como uno de los elementos que prepararon el terreno político y simbólico para lo que vino después. La cruz es, entonces, un signo ambivalente: religioso en su forma, político en su historia.

Este último tramo de la caminata se carga de una tensión diferente. Blanca Lescano expresa lo que muchos sentimos pero no siempre decimos con esta claridad: la institucionalización de la memoria en la Subsecretaría de Derechos Humanos ha vaciado de contenido político la lucha, convirtiéndola en una "lectura lavadita y romántica" que ignora a los familiares vivos. Critica la falta de firma política de las nuevas generaciones de gestores, que prefieren el refugio de lo académico sobre el compromiso militante: "Todo lo académico, pero no la firma política". Y lanza una frase que duele porque es exacta: "Parece que como ya no pueden cobrar no les sirve la memoria".

Yo también expreso lo que observo con inquietud: algunos de los sujetos históricos que encarnan esta memoria institucional están desapareciendo junto con su salud física. Esa dureza del testimonio directo "posiblemente esté en un proceso de pérdida de memoria". Y me preocupa la estética de los actos: no quiero que esta marcha parezca "un cortejo fúnebre", un cementerio itinerante. La memoria debe ser viva y pedagógica. Propongo que hagamos cosas para que la gente sepa quiénes fueron los desaparecidos. Para que los transeúntes que no vinieron a la caminata también se enteren. Para que la calle sea un aula.

El diálogo en este punto final revela lo que Elizabeth Jelin llamaría una disputa por el capital simbólico de la memoria: entre quienes la gestionan desde el Estado y quienes la exigen desde la familia y la militancia. Los primeros buscan una memoria que trascienda a los familiares —lo que en los hechos significa despojarlos de su centralidad y de su exigencia de justicia—. Los segundos sostenemos que la memoria sin exigencia ética es decoración. Pollak diría que la gestión institucional del silencio busca precisamente neutralizar las memorias subterráneas de los familiares para imponer una narrativa estatal controlada.

También en este punto Gauffin cierra su aporte pedagógico con una síntesis que me parece justa: mientras Blanca Lescano y yo lidiamos con la parálisis burocrática y el deterioro físico de los testigos históricos, Gauffin apuesta a la difusión masiva y al relevo generacional. Su discurso integra la anécdota biográfica con el análisis macropolítico, asegurando que la figura de mi abuelo no sea solo un recuerdo de mayores, sino un motor de conciencia ciudadana para el futuro.

Conclusión: Cincuenta años no son nada si la memoria se trabaja


Cuando termina la caminata y la gente se dispersa lentamente por el Paseo Güemes, quedo unos minutos parado mirando la Cruz. Pienso en lo que significa estar aquí hoy, en 2026, cincuenta años después. Pienso en lo que Gauffin dijo al comienzo: la memoria debe reverdecerse. No puede ser un monumento. No puede ser una fecha en el calendario. Debe ser una praxis, un método, una pregunta que se renueva.

La caminata de los Mil Pasos por Ragone es exactamente eso. Es la aplicación concreta de lo que Gauffin llama el retorno al lugar de los hechos: volver físicamente, pisar la tierra, mirar el almacén de Arredez, pararse frente a la casa de Puló 146, recorrer con el cuerpo lo que el crimen quiso clausurar. Cada paso es una pregunta. Cada parada es una respuesta provisoria que genera nuevas preguntas. Así funciona la memoria activa, según la tradición que venimos trabajando: no como un archivo sino como un proceso, no como un dato sino como una interpretación que se actualiza.

La importancia de este acto se multiplica en el contexto que vivimos. Un gobierno nacional que pasó del negacionismo a la reivindicación explícita del terrorismo de Estado convierte cada acto de memoria en un acto de resistencia política. Un gobierno salteño que entrega el territorio a la minería y el extractivismo, alineado completamente con esa lógica nacional, reproduce la misma estructura que denunciaba mi abuelo: pocos que concentran la riqueza mientras la pobreza se socializa. La dicotomía que Ragone planteaba entre liberación o dependencia, alineado con el programa de gobierno de Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima, no es historia antigua. Es el mapa del presente.


El régimen desaparecedor de los años setenta no fue liquidado. Se transformó. Hoy se manifiesta en la degradación institucional, en el vaciamiento de los mecanismos de control democrático, en el pragmatismo de jóvenes profesionales del derecho y el periodismo que "negocian con el poder" como si eso fuera una virtud. La democracia "maquillada" que yo denuncio es aquella que tiene las formas pero no los contenidos, que celebra los cincuenta años del golpe con actos protocolares mientras desmantela los organismos que deberían garantizar que eso no vuelva a ocurrir.

Por eso volvemos. Por eso caminamos. Por eso nos paramos frente al almacén de Arredez y decimos en voz alta: aquí cayó. Porque nombrar es el primer acto político. Porque como dijo Fernando Pequeño —que soy yo, que es mi nombre completo cuando hablo para la historia—, "Miguel Ragone sí lo mataron, pero todos los que estamos nosotros presentes acá... sembramos cosas permanentemente".

La caminata de los Mil Pasos por Ragone es una semilla. Una semilla que se planta en la ciudad de Salta, en las baldosas de sus pasajes, en el asfalto de sus avenidas, en la memoria de quienes la caminaron y en la de quienes todavía no saben que deberían hacerlo. Cincuenta años no son un cierre. Son una convocatoria. Si hemos servido, volveremos.





[i] Orden Claude: Construye un ensayo extenso (máximo de 5000 palabras) basado en el documento adjunto sobre la "Caminata de los Mil Pasos por Ragone". Escribe en primera persona y tiempo presente, desde la perspectiva del narrador Fernando Pequeño Ragone, con un tono reflexivo, militante y conmemorativo. El objetivo principal es difundir la caminata como acto de memoria activa, en el contexto de los 50 años del golpe militar de 1976 en Salta y Argentina. Enfatiza el contraste con el gobierno nacional actual, que pasó del negacionismo a reivindicar el terrorismo de Estado, y el gobierno salteño, que impulsa el extractivismo (especialmente minero) para enriquecer a unos pocos, alineándose totalmente con el nacional.

Estructura obligatoria del ensayo:

1.        Introducción (300-400 palabras): Presenta la caminata del martes 10 de marzo de 2026 como respuesta viva a la memoria de Miguel Ragone, un día antes de la conmemoración de su asesinato. Contextualiza la espacialidad simbólica del recorrido en Salta: inicia en las escalinatas del Monumento a Güemes (frente al Juzgado Federal 3), pasa por la casa de Ragone en Pasaje Puló 146, el sitio del secuestro en Pasaje del Milagro (frente al almacén de Arredez), y concluye a los pies de la Cruz del Congreso Eucarístico de 1973 (Paseo Güemes, frente al Club 20 de Febrero). Vincula esto al panorama político actual de negacionismo y extractivismo.

2.       Desarrollo extenso de cada encuentro: Dedica una sección a cada parada, narrando en primera persona lo vivido. Para cada una:

o    Describe el sitio con detalle sensorial y simbólico (espacialidad histórica y urbana).

o    Identifica a los interlocutores clave (nombres, roles: militantes, periodistas, DDHH, etc.).

o    Desarrolla extensamente sus intervenciones: cita diálogos literales o parafraseados del documento, incorpora teorías citadas (e.g., estudios de memoria, masculinidades, derechos humanos), y comparaciones discursivas presentes.

o    Integra emociones, memorias colectivas y mi perspectiva personal como narrador.

o    Monumento a Güemes: Enfoca intervenciones iniciales.

o    Casa de Ragone (Pasaje Puló 146): Detalla recuerdos íntimos y alocuciones.

o    Pasaje del Milagro (frente al almacén de Arredez): Recupera extensamente la entrevista a Fernando Pequeño con Blanca Lescano. Contextualízala en el secuestro ("caída") de Ragone; incorpora alusiones a la línea teórica trabajada (humanidades, derechos humanos, masculinidades post-hegemónicas).

o    Cruz del Congreso Eucarístico: Cierra el ciclo con reflexiones eucarísticas y políticas.

3.       Conclusión (300-400 palabras): Reflexiona sobre el valor de la caminata en los 50 años del golpe: como práctica de memoria activa contra el olvido oficial. Alude a la propuesta de Gauffin sobre cómo trabajar y evocar la memoria (detalla si está en el documento). Termina con una llamada a la acción militante, proyectando hacia futuras resistencias al extractivismo y negacionismo.

Estilo y requisitos generales:

  • Lenguaje vívido, narrativo y analítico; usa metáforas urbanas y referencias locales salteñas.
  • Integra citas textuales del documento entre comillas o en cursiva.
  • Mantén coherencia temporal en presente; incluye transiciones fluidas entre secciones.
  • Evita repeticiones; enfócate en profundidad emocional e intelectual.
  • Formato: Títulos de secciones con headers (e.g., ### Encuentro en el Monumento a Güemes).

Usa solo información del documento adjunto; no inventes datos.

 

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