A cincuenta años del asesinato del dirigente campesino Felipe Burgos, un acto en Campo Quijano reunió a sobrevivientes, familiares y organizaciones de derechos humanos en un ejercicio de memoria que trascendió el ritual conmemorativo. Fernando Pequeño Ragone, nieto del gobernador desaparecido Miguel Ragone, reconstruye en primera persona algunas tensiones: entre la sanación subjetiva de los deudos y la exigencia de convertir el recuerdo en herramienta de resistencia política; entre la intimidad conyugal que Marines, viuda de Burgos, rescata con ternura militante y las fracturas institucionales que amenazan con diluir el legado en disputas estériles. A través del análisis de testimonios, archivos familiares y masculinidades alternativas en la política revolucionaria, este ensayo explora cómo el proyecto reformista truncado en 1976 —reforma agraria, educación popular, sindicalismo rural— interpela un presente signado por el despojo neoliberal. No es solo un homenaje a un caído, sino una reflexión urgente sobre qué significa hacer memoria cuando el terreno político se vuelve cada vez más árido, y las semillas del pasado esperan condiciones para germinar nuevamente.
Por Fernando Pequeño Ragone asistido con IA NotebookLM y Claude
Contenidos:
Elpeso de los nombres en la plaza
LosAlbores del Conflicto: Ragone, Burgos y el Sueño Truncado
VocesSilenciadas: El Testimonio de Marines y la Pedagogía del Oprimido
LaConstrucción Colectiva de la Memoria: Artistas, Testigos y Militantes
ElArchivo como Refugio: Documentos, Silencios y Búsquedas Pendientes
TensionesInstitucionales: El Campo Fragmentado de los Derechos Humanos
MasculinidadesHegemónicas y Alternativas en la Política de la Memoria
ElLegado Archivado: Entre la Intimidad Familiar y la Estrategia Política
ReflexionesInstitucionales: El Partido y la Memoria
CincuentaAños Después: Lecciones y Fracturas
El peso de los nombres en la plaza
Cuando llegué a la plaza principal de Campo Quijano la tarde del 10 de febrero de 2026, el aire estaba cargado de una tensión que conocía bien. No era solo el calor seco característico del Valle de Lerma ya agotándose en los cerros de la cordillera, sino algo más denso: cincuenta años de silencio intentando romperse, de memorias subterráneas —como las llamaría Pollak (2006)— buscando finalmente su lugar en el espacio público. Venía como nieto de Miguel Ragone, último gobernador constitucional de Salta desaparecido por la dictadura, pero también como militante de derechos humanos que había aprendido, dolorosamente, que la memoria no es un objeto estático sino un campo de batalla permanente.
El acto conmemoraba medio siglo del asesinato de Felipe Burgos, dirigente de la Unión de Trabajadores del Campo (UST/FUSCA), secuestrado y ejecutado por grupos parapoliciales en febrero de 1976, apenas semanas antes del golpe que unos días antes, también se llevaría a mi abuelo. Burgos había sido funcionario del gobierno de Ragone, encargado de llevar adelante un proyecto de reforma agraria que amenazaba los cimientos mismos del poder terrateniente en el norte argentino. Su muerte, como la de tantos, no fue casual: fue el precio que pagó un proyecto político que imaginaba otro país posible.
Pero en 2026, mientras el gobierno nacional emprendía lo que muchos asistentes describían como una "demolición sistemática de derechos", aquel acto adquiría una resonancia particular. No éramos solo familiares y compañeros recordando a un caído; éramos sobrevivientes de un naufragio que se repetía, buscando en las raíces del pasado las herramientas para resistir el presente.
Las palabras de María, viuda de Burgos en el acto
Los Albores del Conflicto: Ragone, Burgos y el Sueño Truncado
Para comprender la magnitud de lo que se homenajeaba ese día, es necesario retroceder a principios de los años setenta. El gobierno de Miguel Ragone (1973-1974) representó en Salta una ventana breve pero intensa de transformación social. Como ha documentado Kindgard (2009) en sus investigaciones sobre el peronismo salteño, aquella gestión intentó modificar estructuras de poder que databan de la época colonial: el latifundio, la explotación de comunidades originarias, la precarización sistemática del campesinado.Felipe Burgos era la pieza clave de ese proyecto en su dimensión rural. Maestro formado en la Puna, había desarrollado una sensibilidad única hacia las necesidades de los trabajadores del campo. Como señalaba Marcelo Rodríguez Faraldo en su discurso durante el acto, Burgos se había "autoformado" en condiciones extremas, leyendo teatro y aprendiendo idiomas en Cata, una zona remota de la cordillera donde la ausencia estatal era absoluta. Esa formación no académica pero profundamente humanista lo convirtió en un organizador excepcional.
Yo recordaba, mientras escuchaba los testimonios, las páginas amarillentas que había encontrado años atrás en el placard de mi abuela. Eran documentos mecanografiados por Burgos, con recomendaciones sociales dirigidas a mi abuelo. Esas treinta o cuarenta páginas contenían el esqueleto de un programa de gobierno que la dictadura necesitó borrar: reforma agraria, educación popular, reconocimiento de derechos indígenas, fortalecimiento del sindicalismo rural. Como afirmé durante mi intervención en el acto, "se lo llevaron puestos a todos" —a Burgos, a Ragone, al proyecto mismo— porque representaban una amenaza existencial para las oligarquías provinciales.
La FUSCA (Federación Única de Sindicatos de Trabajadores Campesinos Argentinos), bajo el liderazgo de Burgos, había logrado organizar a casi 250,000 trabajadores rurales, conectando la lucha local con redes internacionales de agricultura familiar. Esta visibilización del campesinado, como destacaba Rodríguez Faraldo, era inédita en la historia salteña. Burgos no era el "gaucho de cartón" o de desfile folklórico que la cultura hegemónica promovía, sino un "auténtico gaucho solidario" cuya identidad estaba ligada a la praxis de recorrer parajes remotos, compartir mates, y construir colectivamente.
Voces Silenciadas: El Testimonio de Marines y la Pedagogía del Oprimido
El momento más intenso del acto llegó cuando María Inés "Marines", viuda de Burgos, tomó la palabra. A sus ochenta y tantos años, con la voz quebrada por la emoción pero firme en su mensaje político, Marines realizó una operación discursiva que Jelin (2002) llamaría "rehumanización del desaparecido". No presentó a Felipe como una cifra estadística del terrorismo de Estado, sino como un hombre de carne y hueso, con sus rituales domésticos, su humor, sus contradicciones.
| De iaq a der: María Inés viuda de Burgos, Marcelo Rodríguez Faraldo, Eloísa Rivero, Blanca Lescano, Sonia Alvarez. |
Lo que más me impactó fue su descripción del "noviazgo de taller". Marines narró: "Nuestro noviazgo no fue de salón, fue un noviazgo de taller porque nunca tuvimos tiempo de salir". Esta frase condensaba una concepción de la militancia donde lo personal y lo político eran indistinguibles. El afecto conyugal no existía separado del compromiso colectivo; el hogar no era un refugio del mundo, sino otro frente de construcción política.
Como trabajadora social, Marines había acompañado a Felipe en su trabajo territorial. Describió la metodología que empleaban en comunidades indígenas del Chaco salteño y Embarcación, basada en la pedagogía de Paulo Freire: usar franelógrafos, cuentos, dramatizaciones para que los campesinos se sintieran "capaces de pensar", para devolverles su estatus de sujetos políticos que el sistema les había negado sistemáticamente. El episodio de Yolanda Flores que Marines relató era paradigmático: una mujer indígena que, tras participar en las actividades de educación popular, afirmó ante su cacique que las mujeres "no solo estamos para mezclar la olla, también estamos para hablar lo que sentimos".
Aquí se manifestaba algo que Diana Maffía (2008) ha teorizado extensamente: la ruptura del espacio doméstico como único lugar asignado a las mujeres, la irrupción de una subjetividad política feminizada que desafiaba tanto el universalismo masculino del sindicalismo tradicional como las estructuras patriarcales de las comunidades. Burgos, según Marines, no solo permitía sino que incentivaba esta emancipación discursiva, lo cual lo alejaba de los modelos de masculinidad hegemónica que dominaban el movimiento obrero argentino.
Pero Marines también expuso un aspecto que considero fundamental para entender la ética política de Burgos: su rechazo absoluto al nepotismo. Siendo director del Ministerio de Bienestar Social durante el gobierno de Ragone, nunca nombró a Marines ni a ningún familiar, obligándola a volver a su trabajo como docente cuando finalizó su contrato temporario. "Su esposa volvió a la casa porque nunca me nombró, siendo él el director", afirmó con una mezcla de orgullo y nostalgia. En un contexto político argentino —y particularmente salteño— donde el empleo público funciona como moneda de intercambio y los funcionarios colocan sistemáticamente a sus allegados, esta actitud de Burgos era casi revolucionaria.
Analicé entonces, escuchándola, cómo esta transparencia en la función pública contrastaba brutalmente con el presente de 2026. El gobierno nacional había convertido la "motosierra" (metáfora del ajuste brutal sobre el Estado) en símbolo de gestión, despidiendo masivamente a trabajadores públicos mientras mantenía estructuras clientelares intactas. La ética de Burgos —despersonalizar el poder, no usar el Estado para beneficio propio o familiar— parecía pertenecer a otro universo político.
La Construcción Colectiva de la Memoria: Artistas, Testigos y Militantes
| Marcela Borla |
Esta metáfora —el militante que siembra vida incluso sin saberlo, cuya muerte no logra impedir la floración de su proyecto— era una respuesta estética al "silencio y olvido" que Pollak (2006) identifica como estrategia central del terrorismo de Estado. Los "milicos asesinos", como los llamó Borla sin eufemismos, habían intentado borrar física y simbólicamente a Burgos. Pero la materialidad de las flores, como la materialidad de la placa cerámica, como la materialidad de los cuerpos reunidos en la plaza, desmentían esa pretensión.
Nora "Norita" Leonard, militante histórica de la Juventud Universitaria Católica (JUC) y compañera de organización de Burgos, aportó otra dimensión crucial: la "paz interior" y la "mansedumbre" del dirigente. Norita destacó que Felipe "recorría fincas donde había patrones muy anticampesinos" y, sin embargo, "iba y caminaba detrás de poder llegar a todos los campesinos", desafiando directamente las estructuras de poder agrario en sus propios territorios. Esta "mansedumbre con autoridad" que varios oradores mencionaron plantea interrogantes sobre las masculinidades políticas.
Yo reflexionaba sobre cómo la figura de Burgos deconstruía el arquetipo del líder revolucionario como hombre agresivo, confrontativo, dominante. Su poder no emanaba de la imposición sino de la escucha, de la capacidad de tocar la guitarra y cantar con los campesinos, de compartir mates antes de hablar de organización sindical. Connell (1995), en su análisis sobre masculinidades, distingue entre formas hegemónicas y subalternas o cómplices del ser varón. Burgos parecía encarnar una masculinidad alternativa: ligada al cuidado del otro, a la construcción colectiva, alejada de los estereotipos del "macho revolucionario" tan presentes en la épica setentista.
El Archivo como Refugio: Documentos, Silencios y Búsquedas Pendientes
Durante el acto, tuve un intercambio que me provocó una "ansiedad de la puta madre", como le confesé a José González, el moderador. Un hombre de Quijano cuyo padre había sido militante, se me acercó con información sobre el posible paradero de los restos de mi abuelo Miguel Ragone.
| José Gozáles y Canela Alvarez, organizadores. |
En mi intervención durante el acto, había destacado la existencia de esos documentos amarillentos en el archivo familiar —las páginas mecanografiadas por Burgos con recomendaciones al gobernador Ragone— como prueba de un "programa de gobierno que la dictadura buscó invisibilizar". Este hallazgo documental funcionaba, en términos de Jelin (2002), como "marca territorial" de memoria: evidencia material que ancla el sentido del pasado en el presente y disputa la narrativa oficial del olvido.
Pero también reflexioné sobre lo que esos archivos revelaban sobre nuestras organizaciones de derechos humanos. Como le planteé a Blanca "Nenina" Lescano al día siguiente del acto, existía una tensión entre la "memoria de sanación" (que el acto había proporcionado a Marines y otros familiares) y la "memoria de lucha" que Nenina, a sus 82 años, exigía con vehemencia. Nenina había criticado duramente lo que percibía como "estatización" o "estetización" de la memoria: actos que consuelan subjetividades heridas pero no interpelan el poder presente, que "lloran muertos" sin construir resistencia política efectiva.
Tensiones Institucionales: El Campo Fragmentado de los Derechos Humanos
| Marcelo Rodriguez Faraldo y Fernando Pequeño Ragone |
Mi conversación con militantes de la memoria y de las organizaciones que estuvieron presente en el acto, me configuró fisuras profundas en el movimiento de derechos humanos salteño. Referentes con décadas de militancia, denunció "copia" o usurpación de tradiciones por parte de nuevos actores que carecerían de legitimidad histórica y estrategia política clara.
Este fenómeno de duplicación de identidades institucionales no es menor. Revela lo que he conceptualizado en mi análisis como una crisis de representatividad y cohesión en el campo de la memoria. Jelin (2002) entiende la memoria como un "campo de lucha" donde distintos actores compiten por el "capital simbólico de la verdad". En Salta, la fragmentación institucional es tan profunda que algunos sectores, incapaces de construir identidades propias con credibilidad, optan por mimetizarse con organizaciones históricas, generando confusión y diluyendo el impacto político. En el contexto de los 50 años del golpe, muchas instituciones se acercan a los organismos más tradicionales de derechos humanos buscando legitimarse.
Tomo como un ejemplo positivo la acción de José "Pepe" González, organizador del acto de Felipe Burgos. Su trabajo, aunque imperfecto, merece ser "sostenido e incentivado" en lugar de ser criticado. Sin embargo, para algunas de las viejas militantes cuyo horizonte ha sido siempre la lucha política de transformación, el acto no habría estado a la altura de las necesidades y urgencias del momento; si no se traducía en metodologías concretas de resistencia contra el "robo del país" que estaba ocurriendo bajo el gobierno de Milei. "Hoy la memoria es para la lucha. Hoy nos están robando el país", sentenciaron.
Esta tensión entre sanación subjetiva y estrategia política es constitutiva del campo de derechos humanos, pero se agudiza en contextos de crisis. El "dispositivo neoliberal", como lo analicé con junto a las compañeras de la memoria histórica, genera "parálisis" al atomizar a los actores sociales, haciendo que prioricen sus "pequeñas vidas institucionales" sobre la construcción de una unidad política sólida. Hoy más que nunca es necesario superar la "incapacidad de modificar el discurso" y adaptar las metodologías de memoria a un presente radicalmente distinto del de los años ochenta o noventa.
Como nieto de desaparecido y militante, me vi interpelado por esa crítica. ¿Era el acto en Quijano una reparación simbólica genuina o, como sugerían algunas compañeras, una ritualización vacía que no incomodaba al poder? ¿Podía la "intimidad de la memoria" —esa dimensión afectiva y sanadora que yo mismo había reivindicado— coexistir productivamente con la "memoria activa y viva" que exigen las viejas de la memoria?
Masculinidades Hegemónicas y Alternativas en la Política de la Memoria
Uno de los aspectos que más me interpelaron durante y después del acto fue el modo en que distintas masculinidades se manifestaban en el espacio político. Burgos, según múltiples testimonios, encarnaba una masculinidad no hegemónica: "manso", "con paz interior", capaz de tocar la guitarra y compartir afectos, pero simultáneamente firme en sus convicciones y efectivo en su organización sindical. Esta combinación desafiaba el modelo dominante del líder obrero como figura autoritaria, vertical, emocionalmente distante.
Connell (1995) ha teorizado sobre las "masculinidades cómplices" que, sin encarnar plenamente el ideal hegemónico del varón dominante, obtienen beneficios del patriarcado sin cuestionarlo estructuralmente. Burgos parecía representar algo distinto: una masculinidad que Maffía (2008) llamaría "ética del cuidado politizada", donde el poder se ejerce a través de la construcción colectiva y no de la imposición jerárquica.
Yo reflexionaba sobre mi propia posición como varón en el campo de los derechos humanos. El apellido Ragone me otorgaba un "capital simbólico" (Bourdieu, 1986) inmediato en Salta: era el nieto del gobernador mártir, lo cual me abría puertas institucionales y me confería autoridad moral casi automática. Pero esa autoridad heredada también implicaba una responsabilidad: no reproducir las lógicas masculinas hegemónicas que habían caracterizado históricamente al peronismo salteño y a muchas organizaciones políticas.
Durante el acto, había intentado validar públicamente la centralidad de Marines, de Marcela Borla, de Mirella Caanu (cuyo audio grabado desde Córdoba fue reproducido). "Marines, me conmueve tu presencia acá", le había dicho, buscando visibilizar que la autoridad sobre el relato de Burgos residía en ella, no en los varones que hablábamos sobre él. Pero ¿era suficiente esa validación discursiva? ¿O reproducía, sutilmente, una lógica paternalista donde el varón "permite" o "habilita" la voz femenina en lugar de cuestionar estructuralmente por qué esa voz necesita ser habilitada?
Maffía (2008) advierte sobre los peligros del "feminismo de varones" que se convierte en apropiación simbólica: hombres que hablan de género sin ceder poder real, que se presentan como aliados sin modificar prácticas institucionales concretas. Yo me preguntaba si mi participación en el acto, y en el campo de derechos humanos en general, no corría ese riesgo. ¿Estaba usando mi capital simbólico para amplificar voces históricamente silenciadas o, inadvertidamente, para reforzar mi propia posición en el campo político?
El Legado Archivado: Entre la Intimidad Familiar y la Estrategia Política
En mi intervención durante el acto, había propuesto una tesis que consideraba central: "las memorias de la intimidad funcionan como el plafón de lo que después van a ser las memorias públicas, políticas, las políticas públicas, los cambios". Esta idea —que la vivencia personal, la biografía familiar, son precondición para la transformación estatal— no era solo un argumento abstracto sino el resultado de mi propia experiencia con los archivos de mi abuelo.
Esas "30, 40 páginas amarillentas" con la letra mecanografiada de Burgos que había encontrado en el placard de mi abuela no eran solo documentos históricos; eran la evidencia material de un proyecto político compartido entre Burgos y Ragone, una prueba de que la reforma agraria, la educación popular, el fortalecimiento sindical rural no eran delirios de jóvenes idealistas sino políticas de Estado con formulación técnica, con presupuesto, con voluntad gubernamental. Y la dictadura necesitó eliminar físicamente a ambos —al funcionario y al gobernador— para frenar ese proyecto.
Jelin (2002) conceptualiza estos hallazgos como parte de los "trabajos de la memoria": procesos activos mediante los cuales individuos y grupos dotan de sentido al pasado traumático, transformándolo en herramienta política. El archivo familiar, en mi caso, funcionaba como refugio pero también como arma: refugio porque contenía fragmentos de la vida de mi abuelo que el Estado terrorista no había podido destruir completamente; arma porque esos fragmentos desmentían las narrativas negacionistas que en 2026, bajo el gobierno de Milei, reaparecían con fuerza (cuestionando los 30,000 desaparecidos, relativizando la sistematicidad del plan genocida, etc.).
Pero también reconocía la tensión que algunas de las compañeras había señalado: ¿de qué servía ese archivo, esa intimidad familiar preservada, si no se traducía en resistencia concreta contra el despojo presente? Ellas había sido brutal en su diagnóstico: "El país cambió y estos no se dieron cuenta", refiriéndose a actores que repetían fórmulas de memoria sin adaptar estrategias. Yo me había sentido interpelado. ¿Mi trabajo con los archivos de Ragone era nostalgia estéril o construcción política?
Había intentado responderle argumentando que necesitábamos "una estrategia donde se vayan sumando", donde la memoria de sanación (fundamental para familias como la de Marines) y la memoria de lucha (exigida por ellas) no se anularan mutuamente sino que se articularan dialécticamente. Pero no había quedado convencidad. Para ellas, el tiempo de "sumar sin romper" había pasado; el presente exigía definiciones más tajantes.
Reflexiones Institucionales: El Partido y la Memoria
Durante mi conversación con las compañeras al día siguiente del acto, había confesado mi "ansiedad" respecto al Partido Justicialista: "A mí me pone muy ansioso mi deseo de querer volver a comprometerme... No quiero meter la pata y volver a salir lastimado". Esta vulnerabilidad, expresada ante referentes que rondan los 80 años y que han dedicado su vida entera a la militancia, revelaba algo que considero estructural en mi generación: la relación ambivalente con las instituciones políticas tradicionales.
El PJ salteño había sido el espacio donde mi abuelo ejerció la gobernación, donde Burgos desarrolló su trabajo sindical. Pero también era una institución atravesada por lógicas clientelares, por disputas internas feroces, por una cultura política frecuentemente refractaria a la autocrítica y la renovación. Como nieto de Ragone, yo portaba un apellido que en el peronismo local funcionaba como "llave institucional", como había analizado en conversaciones anteriores. Pero esa llave abría puertas hacia un espacio que no estaba seguro de querer habitar.
La pregunta que me atormentaba era: ¿puede la agenda de derechos humanos y memoria infiltrarse productivamente en el PJ sin ser cooptada, neutralizada o instrumentalizada? ¿Puede mi posición como nieto de desaparecido funcionar como "escudo" —como me había dicho a mí mismo— para introducir temas que otros sectores considerarían ajenos a la gestión partidaria, presentándolos como parte de la identidad misma del peronismo salteño?
Recupero es esperado escepticismo anclado en las realidades tangibles de la política como herramienta y caos. Para muchos, el PJ era parte del problema, no de la solución. Pero yo no podía descartar tan fácilmente esa arena: ¿dónde más, si no en los partidos con capacidad de acceder al Estado, podía disputarse la posibilidad de políticas públicas de memoria? Las organizaciones autónomas de derechos humanos habían logrado avances judiciales enormes (los juicios por crímenes de lesa humanidad), habían construido lugares de memoria, habían preservado archivos. Pero no habían podido —no podían, por su propia naturaleza— transformar esos logros en políticas estatales sostenibles, con presupuesto, con institucionalidad.
Ahí residía, quizás, una de las tensiones irresolubles del campo de la memoria: la necesidad de mantener autonomía crítica frente al Estado (para no ser cooptados) pero también de incidir en ese Estado (para que las reparaciones no sean solo simbólicas sino materiales, sostenidas en el tiempo). Jelin (2002) ha analizado estas tensiones en distintos países del Cono Sur, mostrando cómo los movimientos de derechos humanos navegan permanentemente entre la denuncia desde afuera y la participación institucional desde adentro, con los riesgos que ambas posiciones conllevan.
Cincuenta Años Después: Lecciones y Fracturas
Cuando el acto finalizó y la placa quedó descubierta en la plaza —"Ni hombre sin tierra ni tierra sin hombres", rezaba la consigna de Burgos grabada en cerámica—, me quedé observando cómo los asistentes se dispersaban lentamente. Algunos se agrupaban en conversaciones; otros se acercaban a Marines para abrazarla; un grupo de jóvenes fotografiaba la placa con sus teléfonos. Yo me pregunté qué quedaría de ese momento: ¿una marca territorial efectiva que resignificaría la plaza como espacio de memoria? ¿O un monumento más que, con el tiempo, se volvería invisible para los transeúntes, naturalizado en el paisaje urbano de ese pueblo que alojó a Burgos?Pollak (2006) advierte sobre el riesgo de la "patrimonialización" de la memoria: cuando el recuerdo se convierte en objeto museístico, pierde su capacidad disruptiva, su potencial de incomodar al presente. La placa en Quijano podía funcionar como hito de reparación —y lo era, sin duda, para Marines y para quienes habíamos luchado cincuenta años por ese reconocimiento público— pero también podía convertirse en sustituto de la justicia material pendiente.
Porque, en 2026, los crímenes seguían impunes en su mayoría. La justicia que Marcelo Rodríguez Faraldo había celebrado —"la justicia empezó a caminar", aunque tardíamente con "mocasines manchados"— era frágil, como Nenina Lescano había señalado. El gobierno nacional había iniciado un proceso de revisión de condenas, cuestionaba públicamente los juicios por lesa humanidad, promovía indultos encubiertos. "Seguimos buscando genocidas, pero también para que no nos liberen los que pusimos en cana", había dicho Nenina con amargura.
Las lecciones de cincuenta años de lucha por memoria, verdad y justicia eran, entonces, contradictorias. Por un lado, habíamos logrado lo impensable: en un país latinoamericano, décadas después de la dictadura, seguían realizándose juicios contra perpetradores, se habían construido espacios de memoria, la narrativa sobre los crímenes de Estado estaba instalada en amplios sectores sociales. Por otro lado, esos logros eran reversibles, frágiles, dependientes de correlaciones de fuerza políticas que podían cambiar drásticamente —como estan cambiando en 2026.
La fractura central que el acto en Quijano había expuesto —esa tensión entre memoria como sanación personal y memoria como herramienta de lucha política— no tenía resolución sencilla. Ambas dimensiones eran necesarias; ninguna podía subordinarse completamente a la otra. Marines necesitaba ese espacio de reconocimiento público para sanar cincuenta años de duelo postergado. Las compañeras históricas necesitaban que ese reconocimiento se tradujera en resistencia efectiva contra el despojo presente. Y yo, desde mi posición de nieto, necesitaba encontrar modos de articular ambas urgencias sin romper lo que otros habían construido pacientemente durante décadas.
La Raíz que Permanece
Al finalizar aquel día, mientras conducía de regreso a Salta capital, pensaba en la metáfora que Marines había usado en su discurso. Había descrito a Burgos como "raíz" y a los asistentes al acto como "retoños" de esa raíz que había quedado. La imagen era potente: las raíces permanecen invisibles, subterráneas —como las memorias que Pollak estudia— pero sostienen toda la estructura vital de la planta. Sin raíces, no hay árbol; sin memoria del proyecto político de Burgos y Ragone, no había posibilidad de imaginar alternativas al presente de despojo.
Pero las raíces también pueden pudrirse si no encuentran terreno fértil. Y el terreno de 2026 —con un Estado que se retira sistemáticamente de sus funciones redistributivas, con organizaciones de derechos humanos fragmentadas por disputas internas, con un movimiento social debilitado tras años de derrotas— no parec particularmente fértil. La pregunta que me quedaba, entonces, es cómo nutrir ese terreno, cómo crear las condiciones para que los "retoños" pudieran efectivamente crecer y no marchitarse.
Había aprendido, en ese acto y en las conversaciones posteriores, que la memoria no es un patrimonio que se preserva automáticamente. Es un trabajo permanente, conflictivo, que exige decisiones políticas concretas sobre qué recordar, cómo recordar, para qué recordar. Burgos había sembrado, literalmente, flores en los senderos que recorría. Nosotros debíamos sembrar, metafóricamente, las condiciones institucionales, organizativas, políticas para que su proyecto —y el de mi abuelo— no quedara reducido a una placa hermosa pero inofensiva en una plaza del Valle de Lerma a los pie de Los Andes.
La integración entre intimidad y estrategia que yo había propuesto durante el acto no era solo una formulación teórica; era una necesidad práctica urgente. Como nieto, como varón, como militante, debía encontrar modos de usar el capital simbólico de mi apellido no para validar mi propia posición sino para abrir espacios a las voces históricamente silenciadas. Debía aprender de Marines cómo se construye poder desde la "mansedumbre", de Nenina cómo se sostiene la indignación sin parálisis, de Burgos cómo se organizan los de abajo sin reproducir las jerarquías de arriba.
Cincuenta años después de su asesinato, Felipe Burgos seguía interpelándonos. No como víctima pasiva que demanda compasión, sino como militante que exige consecuencia. La placa en Quijano era un comienzo, no un final. Las semillas que había sembrado —en los surcos de la Puna, en las asambleas campesinas, en las páginas que mecanografió para Ragone— seguían ahí, esperando condiciones para germinar. Nuestra tarea es crear esas condiciones, sabiendo que el terreno era difícil pero que, como Marines había demostrado con su persistencia de cincuenta años, la raíz permanece.
Referencias
Bourdieu, P. (1986). The forms of capital. En J. Richardson (Ed.), Handbook of Theory and Research for the Sociology of Education (pp. 241-258). Greenwood Press.
CONADEP (1984). Nunca Más: Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. EUDEBA.
Connell, R. W. (1995). Masculinities. University of California Press.
Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI Editores.
Kindgard, A. (2009). Alianzas y enfrentamientos en los orígenes del peronismo salteño, 1943-1955. Prohistoria Ediciones.
Maffía, D. (2008). Contra las dicotomías: Feminismo y epistemología crítica. En Universidad de Buenos Aires, Filosofía política contemporánea (pp. 89-115). CLACSO.
Pollak, M. (2006). Memoria, olvido, silencio: La producción social de identidades frente a situaciones límite. Ediciones Al Margen.
Rodríguez Faraldo, M. (2025). Felipe Burgos: Memoria de un sembrador. Ediciones CTA Salta.

